Unas horas antes de que en el Teatro Monumental comenzase el concierto número 5 de la temporada Raíces de la Orquesta Sinfónica de Radio Televisión Española saltaba la noticia: María Dueñas no tocaría esa noche el concierto de Chaikovski, tal y como estaba planificada, por causa de enfermedad. En su lugar, sería otro joven talento, Javier Comesaña, quien tocaría junto a la orquesta dirigida por el maestro Pablo González.

Más de un abonado mostró su disgusto por este cambio, sin embargo, estoy seguro que a muchos otros, al igual que a mí, nos picó la curiosidad por ver cómo Comesaña iba a abordar un concierto de la intensidad del de Chaikovski sin apenas ensayos, directo al escenario. Aquello podría ser un desastre o ser una prueba de fuego para demostrar el talento del joven violinista. Desgraciadamente, se inclinó más bien hacia lo primero, pero no por el cambio de solista, sino porque la orquesta no funcionó. La sección de violines primeros estuvo imprecisa desde la entrada inicial y los vientos, salvando flautas y fagotes, no ofrecieron una interpretación propia de una orquesta profesional con fallos en afinación, cohesión y entradas. Se le planteaba a Comesaña una situación compleja que solventó gracias a unos nervios de acero, una agilidad asombrosa y precisión en las notas agudas.

La Orquesta de RTVE y el director Pablo González
© Orquesta de Radio Televisión Española

En el Andante Comesaña supo transmitir un carácter profundo, casi filosófico, dando al tenuto el peso y la duración necesaria, González supo mantener a las cuerdas en un segundo plano permitiendo así un mayor lucimiento de la melodía del solista. En general, fue un movimiento en el que la orquesta supo adaptarse bien a la propuesta que nos hacía el joven Comesaña, justo lo contrario de lo que ocurriría en el Allegro vivacissimo. González tuvo que lidiar con una orquesta que constantemente le tiraba el tempo hacia adelante (quizás replicando lo ensayado con María Dueñas). En prácticamente todos los tutti de este tercer movimiento se notó como los vientos echaron a correr adelantándose al violinista, quien incluso se giró hacia ellos quizás tratando de tirar de unas riendas que a Pablo González se le escaparon.

Este caótico concierto de Chaikovski nos hacía presuponer lo peor para la segunda parte en la que la orquesta se incrementaba hasta sobrepasar la centena. La sorpresa fue mayúscula cuando escuchamos a una orquesta impecable y de una precisión casi absoluta en La consagración de la primavera. En la cuerda brillaron los graves con una precisión mecánica y un sonido redondo que permitió al resto de la orquesta acoplarse y crear un buen sonido cohesionado. La articulación estaba bien trabajada y los músicos parecían saltar con cada acento. Excelentes estuvieron también los vientos. A destacar el sonido brillante y nasal del fagot en el solo inicial, el cuerpo del corno inglés y del requinto, el timbre de las trompetas, el sonido compacto de una enorme sección de trompas y la afinación y buena cohesión que se escuchó en la sección de flautas. La percusión tuvo también un papel muy importante y estoy seguro que sin la potencia del timbal y el bombo esos potentísimos tutti no hubieran sonado en absoluto con la contundencia con la que lo hicieron. Pablo González se esforzó por marcar el contraste en los matices con unos fortissimo bien marcados y unos silencios absolutamente súbitos.

Unas notas agridulces para un concierto típico de cualquier orquesta y que busca atraer al público –algo que, sin duda, consiguió. No obstante, una selección de piezas tan conocidas tiene también su riesgo, y es que el público tiende a esperar una interpretación impecable, como la que está acostumbrado a escuchar a en los discos y no ofrecer un concierto digno de grabación es, en estos casos, imperdonable. 

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