Hay algo de magia en el ambiente cuando uno se prepara para ver sobre el escenario a aquellos hombres de los que, casi de manera legendaria, ha escuchado hablar por parte de sus profesores de literatura, cuyas obras han levantado tantos y tantos vítores y suspiros. Lorca, Alberti, Miguel Hernández... los grandes genios de la Generación del 27 reunidos de nuevo sobre un escenario. Eso es lo que nos propone Luis de Pablo en su ópera El abrecartas que adapta a este formato la novela epistolar del mismo nombre escrita por Vicente Molina Foix en 2006. El argumento, aunque prometedor, en seguida decepciona al ser el libreto una recopilación de fragmentos cuya conexión brilla por su ausencia. La dificultad para identificar los personajes y el movimiento escénico brutalmente estático no ayuda a generar atracción por seguir el argumento. Sin embargo, hay una notable excepción a estas críticas: la escena quinta. Es esta, sin duda alguna, la mejor parte de la ópera.

Escena de El abrecartas en el Teatro Real
© Javier del Real | Teatro Real
Transcurre entre una comisaría franquista y un cementerio y el libretista consigue trazar en este caso una escena ágil y muy variada; con toques de humor, pero también con cierta solemnidad en el momento del entierro de Ortega y Gasset. La escena de Albertí en este caso, aunque sin perder la sobriedad, consigue impactar al espectador con un original pase de grandes fotografías y un entierro que consigue un exquisito equilibrio entre lo religioso y la ironía. En esta misma quinta escena pudimos apreciar el que fue el papel más brillante de la velada, el de Ramiro Fonseca interpretado por Vicenç Esteve. Esteve caracterizó al delator franquista con un grado de perfección tal que convirtió al villano en el personaje más interesante del reparto, superando a los grandes poetas. Un personaje que se mueve entre la envidia, la venganza y los deseos de grandeza. Todo ello supo expresarlo Esteve con su voz y su impecable dicción, pasando de confesiones más estrechas a una gran potencia en, por ejemplo, su loa al Generalísimo.

El barítono Vicenç Esteve (Ramiro)
© Javier del Real | Teatro Real

Aunque Esteve destacó especialmente, también pudimos ver una gran caracterización de los personajes de Federico García Lorca y Miguel Hernández, interpretados por Airam Hernández y José Antonio López respectivamente. Federico fue caracterizado como la leyenda que le precede le describe: natural, con una aureola de grandeza siguiéndole como si de una figura mítica se tratase. Así sonó Airam Hernández, potente, natural y muy seguro de sí mismo. Miguel Hernández sonó más militar y solemne de lo que me hubiera imaginado. Emulando el carácter de los líderes de las milicias republicanas, José Antonio López recordó más a un personaje como Enrique Líster que al sonriente Miguel Hernández. No obstante, encajó la voz potente y ronca con el rol otorgado al personaje y por ello daremos la licencia por válida. Por el contrario, no convenció la voz de Borja Quiza en el papel de Vicente Aleixandre. No por fallo del cantante gallego, sino porque exige una voz con mayor peso y solemnidad que, hoy por hoy, el barítono acostumbrado al repertorio rossiniano y de zarzuela, aún no tiene.

Airam Hernández (Federico García Lorca) y Borja Quiza (Vicente Aleixandre) en primer plano
© Javier del Real | Teatro Real
No tuvieron tanto protagonismo las voces de Alfonso, Manuela y Setefilla –interpretados por Mikeldi Atxalandabaso, Magdalena Aizpurua y Ana Ibarra respectivamente– ya que la historia de su triángulo amoroso no se terminó de entender y la propuesta escénica estática hasta la médula no ayudó a ello. Sin embargo, nos dejaron momentos reseñables como el dúo final entre Atxalandabaso e Ibarra. También en otros números de conjunto brilló la pluma de De Pablo mucho más sobresaliente que en los momentos solistas. Es excelente el motete que se escucha en el entierro de Ortega y Gasset o el inicio para coro de niños en el que consigue crear un ambiente para meter al espectador completamente en la historia.

El tenor Mikeldi Atxalandabaso (Alfonso)
© Javier del Real | Teatro Real

He dejado, a propósito, lo mejor de la ópera para el final, que no es otra cosa que la excelente música de Luis de Pablo. La obra está repleta de variedad, pero a la vez uno siente que todo está conectado. El compositor bilbaíno usa una gran paleta de recursos para crear diferentes escenas, ambientes y sonoridades. Por ejemplo, mezcla timbres para crear sonoridades oníricas, nostálgicas o alegres a voluntad que se trasladan con precisión al oyente; incluye ritmos que nos recuerdan ora a la infancia, ora a la guerra. O, de repente, crea una escena en la que, aun usando instrumentos diferentes nos es imposible no pensar en las Saetas del silencio. En El abrecartas se puede apreciar también la maestría que Luis de Pablo fraguó poniendo banda sonora a las películas de Carlos Saura. Muchas veces podemos escuchar cómo no nos damos cuenta de que la música instrumental sigue ahí hasta que se vuelve especialmente relevante. Es un gran talento el saber destacar en ciertos momentos y en otros pasar a un segundo plano. Luis de Pablo hace gala de él en El abrecartas, pero no hubiera sido posible sin la excelente dirección de Fabián Panisello, en la que se aprecia el profundo conocimiento del director tanto de la obra como del estilo compositivo del que fuera su maestro.

En resumidas cuentas nos encontramos con una partitura excelente para un libreto que no lo es tanto. Quizás algo más de dinamismo en la dirección de escena hubiera ayudado a estar a la altura de lo que se espera de una de las generaciones más ilustres de poetas y artistas.

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