El año Beethoven no ha concluido todavía. Como saben, este año 2020 celebrábamos los 250 años del nacimiento del compositor y presuponíamos amplios ciclos dedicados a su música. No le faltaron medios al genio de Bonn, entre privaciones y percances de todo tipo, para esquivar las adversidades y producir obras de gran impacto, sin titubear. Ahora más que nunca nos es dado seguir el ejemplo del maestro y encarar las privaciones con el optimismo que nos proporciona la música, y particularmente la suya, que es abundante en bromas, alegría y desparpajo, y que está concebida en su mayor parte a ofrecer consuelo a las personas.

No cabe duda de que nos hemos aprendido la lección, y hemos asimilado que si se puede componer una gran obra como la Novena sinfonía estando sordo, también se puede interpretar estando “mudo”; y así fue como se nos presentó el conjunto vocal e instrumental en el escenario del Teatro Real, pertrechados con mascarilla y presentando una separación interpersonal inaudita, que resultó especialmente llamativa entre los miembros del coro. Impactante la imagen, qué duda cabe. Imaginamos que tampoco habrá pasado desapercibida para la formación la estampa de un público enmascarado al que solo se le ven los ojos.  

El director Gustavo Dudamel © Smallz + Raskind
El director Gustavo Dudamel
© Smallz + Raskind

Pero todos estos asuntos se postergaron en cuanto entró en la escena Gustavo Dudamel, precedido, como siempre, de una intensa expectación por parte de su auditorio. Muchos se preguntaban de qué manera podría afectar al devenir del concierto la sustitución de la Mahler Chamber Orchestra por la Orquesta Titular del Teatro Real (Orquesta Sinfónica de Madrid). De ninguna, podríamos decir. Dudamel sabe cómo extraer lo mejor de cada formación, y la nuestra es una orquesta extraordinaria que cuenta con grandes solistas. Uno lleva ya varias Novenas como oyente y no puede dejar de aplaudir, en la que hoy nos ocupa, las intervenciones de las trompas, del flautín, de los fagotes o del timbal, por citar solamente algunas que en otras orquestas suelen producir notables desajustes derivados de despistes individuales.

¿Pero cómo podría alguien despistarse con un director que se sabe la obra como si la hubiera compuesto él mismo? Si algún melómano se ha preguntado alguna vez cuál es la utilidad de un director de orquesta, o qué significan los gestos y movimientos que estos realizan ante un conjunto de músicos, no tiene más que procurarse una entrada para ver dirigir a Dudamel, y sus dudas quedarán disipadas para siempre. No se aprecia ningún gesto que no tenga un significado inmediato en el contenido musical y que no llegue con toda claridad al oyente; cada vez que señala a un instrumentista se escucha su entrada y su intervención sin sobrepasar al conjunto y sin que este le abrume con el peso orquestal. Muy liberados debieron sentirse frente a un director que no se limitaba a dejar fluir su música a través de la orquesta, sino que además daba a pie a la expresión individual de sus componentes. Claro que en el aspecto sonoro, que por esto destaca también generalmente la dirección de Dudamel, se percibió una suerte de carencia de impacto, tan necesaria en las obras de Beethoven, que indica siempre su alborotadora presencia. ¿Consecuencia, tal vez, de la irregular distribución de la orquesta por cumplir con las normas de distanciamiento social? Creemos que sí.

En el asunto vocal, y sin estar particularmente desacertados los solistas, nos pareció que en ocasiones se perdía el equilibrio sonoro en favor de la soprano Susanne Elmark y del barítono José Antonio López, muy eficaces ambos en el aspecto individual. Akhmetshina y Leonardo Capalbo se mostraron algo más comedidos en sus intervenciones, y eso que a los solistas les fue dado el cantar sin mascarillas. Naturalmente, el coro, distanciado y enmascarado, no pudo proyectar esa potencia especial que uno espera de una Oda a la alegría, pero al menos interpretó su parte de memoria y sin establecer jerarquías vocales, ofreciendo por tanto esa sensación de unidad que se presupone en la Sinfonía.

Entonces, ¿la mejor Novena? Inolvidable, tal vez, y aún más para quienes este era el primer concierto en siete meses de silencio, pero quizás debamos esperar a otra ocasión para elevar un juicio tan severo, cuando los músicos puedan volver a sentir la cercanía de sus compañeros y la audiencia disfrutar de un concierto sin mirar desconfiada al que tiene al lado. Eso sí, casi podemos afirmar que nos hemos librado definitivamente de las toses.

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