Pocas son las oportunidades que tiene un ballet clásico de quitarse el polvo acumulado con los años, lavarse la cara y vestir ropas nuevas. Pero, según la experiencia ganada, menos son las veces que, una vez hecha la "renovación", algún aire nuevo se mece entre pas de deux y masa coral.

<i>El corsario</i> de la Ópera de Viena © Ashley Taylor
El corsario de la Ópera de Viena
© Ashley Taylor

"Esta vez, tampoco hubo suerte", se suele decir en España cuando algo no resulta lo esperado y, con el estreno de El corsario ¿renovado? de la Wiener Staatsballett, aplicamos la misma frase. La esperada coreografía, firmada por Manuel Legris, no deja de ser una revisión a la baja del clásico conocido, que a su vez se basa en un texto de Byron. Los cambios y retoques no han sido capaces de eliminar esa especie de dulzura demasiado azucarada que caracteriza a casi, por no decir todos, los ballets clásicos. Los elementos novedosos tampoco le imprimen dinamismo y credibilidad al argumento, que discurre con saltos entre espacios y culturas. Y, para colmo, se le han quitado los momentos de virtuosismo. Sabemos que esto último, a pesar de estar continuamente tildado de entretenimiento para el gran público, no deja de ser reclamo y hasta sello de muchas coreografías. Sin embargo, en el nuevo Corsario, Legris ha eliminado la aclamada participación del esclavo Alí en el famosísimo pas de deux. Si bien esta variación tiene alguna lógica argumental, definitivamente le suprime un sello de identidad. Otro desacierto ha sido la escenografía, demasiado clásica, demasiado conservadora y con algunos elementos que desconciertan o, simplemente, no encajan en la historia que se cuenta.

Sin embargo, no todo ha sido gris. La revisión de la redacción musical resulta un trabajo excelente que se aprecia y se agradece desde el primer segundo hasta la última caída del telón, algo que el público supo recompensar junto con la ejecución de la partitura por parte de la orquesta titular del Teatro Real. No siendo así la interpretación de la reconocida compañía de danza vienesa. Sin bien las bailarinas María Yakovleva y Nina Tonoli, en Médora y Gulnare respectivamente, estuvieron impecables; Robert Gabdullin deslució estrepitosamente en su técnica y dramaturgia al darle vida a Conrad. Este bailarín, con grandes limitaciones en la ejecución, no supo transmitir la fuerza que su personaje requiere y casi arrastra consigo la función. En cambio la salvación vino de la mano de un cuerpo de baile sincronizado que llenó los vacíos con un danzar colorido y armónico. Probablemente algo más de recorrido para esta versión de El corsario ayude a perfilar detalles que engrandezcan la coreografía y, definitivamente, haga meritoria su revisión.