La apuesta escénica de Barrie Kosky para este montaje era, indudablemente, arriesgada. Sobre el escenario un panel de madera pintado de blanco con algunas plataformas móviles que van girando para mostrarse al público u ocultarse. El panel ejerce de pantalla para un homenaje al cine mudo de primer orden, un espectáculo proyectado y metarreferencial que nos lleva al Buster Keaton de El colegial, al Harold Lloyd de El hombre mosca o al Nosferatu de Murnau. Los cantantes interactúan con las imágenes que brotan, resbalan o explotan sobre ellos y reaccionan a sus movimientos de forma milimetrada. La película es una sucesión de situaciones de marcado perfil estético y lejos de cualquier argumento más allá de la imagen en sí misma, usando todos los elementos propios del cine mudo: la gestualidad acentuada, el piano de acompañamiento y los sobretítulos entre las escenas. Pero, más allá de todos estos guiños en mayor o en menor medida acertados, el reto del montaje era de otro tipo: se trataba de hacer sentir al espectador el prodigio de aquellos primeros pasos en el cine, reproducir la fascinación del público por la imagen en movimiento y participar de sus juegos y trampantojos privados. Y el resultado es excelente. No profundo, si se quiere, pero sí excelente.

La soprano Sophie Bevan (Pamina) y el barítono Joan Martín-Royo (Papageno) © Javier del Real | Teatro Real
La soprano Sophie Bevan (Pamina) y el barítono Joan Martín-Royo (Papageno)
© Javier del Real | Teatro Real

Hay una pretendida candidez en las imágenes que se proyectan en la pantalla que cala en el espectador, al que acompaña un viaje al mundo de la inocencia muy bien planificado (siempre y cuando se esté dispuesto a emprender dicho viaje). Si entendemos lo ocurrido en el Real como una traslación de importancias y lenguajes, donde lo más destacado no es la música de Mozart, sino las proyecciones ideadas de Suzanne Andrade y Paul Barritt, se entiende que el reparto fuera solvente y adecuado sin mayores añadidos. Destacó la Pamina de Sophie Bevan, que supo aprovechar ese regalo impagable que es el aria "Ach, ich fühl's" y transmitir color al blanco y negro de su personaje. Su voz tiene proyección suficiente y la potencia no emerge a costa de la musicalidad. Sus intervenciones dejaron sensación de frescura y sencillez en la línea del canto, sumándose al delineado superficial de la Pamina que proponían las ilustraciones de la pantalla. El Tamino de Joel Prieto fue empático y un punto más vigoroso de lo esperado, muy limpio en el pasaje y procurando dotar a su rol de un perfil aristado, como los propios gestos de cine mudo de su registro dramático. Para el papel de Reina de la noche, llevado inevitablemente al maniqueísmo en el montaje (una araña malvada, a medio camino entre el Ýgramul de La historia interminable y la Bruja del Norte de El mago de Oz), la voz metálica y un tanto inexpresiva de Ana Durlovski se ajustaba a la perfección, resolviendo su infernal coloratura con afinación impoluta y algo carente de alma.

Joel Prieto (Tamino), Copons, Coma-Alabert, Weissmann (Tres damas) y Joan Martín-Royo (Papageno) © Javier del Real | Teatro Real
Joel Prieto (Tamino), Copons, Coma-Alabert, Weissmann (Tres damas) y Joan Martín-Royo (Papageno)
© Javier del Real | Teatro Real

El Papageno de Joan Martín-Royo tenía la melancolía a su favor. El perfil nostálgico de Buster Keaton y el desamor salpicado de añoranza que emana el personaje se gana inmediatamente las simpatías del público. Si a eso se le suma una voz ágil que no se resiente en el paso a los agudos y que esconde bien unos graves menos seguros, tenemos un pajarero completo y tierno. Christof Fischesser dibujó un Sarastro de entidad suficiente y buen sentido del legato pero sin efusiones, acompañando al Monostatos de Mikeldi Atxalandabaso, de rendimiento excelente y con las proyecciones más impresionantes de toda la noche. Completaban el reparto una Papagena (Ruth Rosique) de timbre bello y enormes dosis de desparpajo, y dos buenos tríos, el de damas y el de niños, con la suficiente ironía como para no tomarse en serio a sí mismos.

Extrañó algo el rendimiento de Ivor Bolton y de la Orquesta Sinfónica de Madrid. No por bajo, sino por no acabar de dar con la tecla del sonido mozartiano que tan bien conocen. La obertura, y en general toda la primera parte, se resintieron de la falta de conexión con el espíritu voluble de esta música, que se difumina si se la somete a un trazo demasiado grueso en el fraseo. En la segunda parte ya voló más la imaginación sonora de la orquesta, se mejoró el empaste tímbrico y se animó el sentido dramático gracias a un coro especialmente intenso y emotivo que nos recordó a las mejores noches wagnerianas. Gran trabajo de Andrés Máspero.

En definitiva, una experiencia agradable y sin enveses, del tipo lascia la spina, cogli la rosa, donde obviar la espina y abandonarse a la rosa es la única forma de disfrute. Un montaje que anima a dejarse llevar al otro lado del espejo de la mano de una Alicia disfrazada de maquinista de la general.