Creo que todos los que conocemos –y admiramos– la voz del tenor peruano Juan Diego Flórez nos quedamos algo sorprendidos al recibir el programa de su recital en el Teatro Real. ¿Comenzar con lied? ¿Canciones napolitanas de Tosti? Sin duda Flórez quería probarse, hacer un alarde de flexibilidad vocal y de capacidad para aportar su toque personal a cualquier género que se le presente.

El tenor Juan Diego Flórez
© Javier del Real | Teatro Real
Efectivamente, no era ninguna broma, el recital comenzó con tres lieder de Schubert en los que Flórez dejó claros sus talentos: su hermoso timbre, su facilidad y seguridad en el paso al agudo y un gran fiato. Sin embargo, nos ofreció su mejor voz a costa de sacrificar algo de musicalidad. Ni el fraseo fue el mejor de la noche debido a cierta falta de dirección –que sí supo imponer el pianista Vincenzo Scalera, haciendo que se notase menos– ni me convencieron los prolongados finales de las frases de Ständchen, D.957d (Serenade), que creo que le restaron musicalidad a la obra. Bellini convenció más. En la Composizione da Camera “Per pietà, bell’idol mio” supo demostrar una gran inteligencia en el aprovechamiento de los matices para dotar de emoción a la partitura. Esta capacidad la llevó al extremo en cuanto a intensidad en la segunda parte del recital, en el aria de Il duca d’Alba de Donizetti: uno de los mejores momentos de la velada.

Uno de los mejores, pero no el mejor. Como no podía ser de otra manera, Juan Diego Flórez destacó –¡y de qué manera!– con las dos obras que escogió de Rossini. En “Deh! Tu m’assisti amore” de la ópera Il signor Bruschino pudimos escuchar delicadísimos pianos, adornos muy bien ejecutados, especialmente en el registro agudo, y una espectacular y potente subida al agudo en el final a capella. Con “La sperenza più soave” disfrutamos aún más de unos floreos perfectamente ejecutados y que tan grácilmente se engarzan en el timbre del registro agudo de Juan Diego Flórez. Marcó muy bien los cambios de carácter de este aria, quizás exagerándolos de más, lo que, si bien le restó algo de naturalidad, nos permitió escuchar un piano extremo y una amplia paleta de matices. La parte de Rossini se completó con la Danse sibérienne, núm. 12 que interpretó a solo el pianista Vincenzo Scalera. El americano esgrimió unas melodías cristalinas y un amplio repertorio de dinámicas, cualidad que le convierte, sin duda alguna, en un gran acompañante.

Juan Diego Flórez en el recital del Teatro Real
© Javier del Real | Teatro Real
En la segunda parte del recital, con la excepción de Donizetti, Flórez ofreció una voz menos ligera y más lírica. Una pena para aquellos que tanto disfrutamos con sus “Rossinis” pero toda una muestra de su versatilidad. Si bien no lució tanto con las canciones de Tosti en las que predominó el registro medio, sí pudo demostrar su flexibilidad en el “Je veux encore entendre ta voix” de la Jérusalem de Verdi y su gran capacidad lírica y potencia vocal en el “Torna ai felici dì” de Le Villi de Puccini.

Una vez terminada la parte oficial del recital en la que el tenor andino quiso hacer un alarde de su versatilidad vocal y de que nos puede hacer disfrutar con mucho más que Rossini, Flórez sorprendió al Teatro Real con nada menos que siete propinas, algunas a petición del público, como “Una furtiva lagrima” y otras preparadas a conciencia como Core n’grato, Cucurrucucú paloma y los fragmentos de canciones de Chabuca Granda que el tenor interpretó acompañándo con la guitarra. Todo un alarde de destreza que mereció la pena y logró encandilar a un público que, tras escuchar algunas de las obras más conocidas del repertorio de tenor, se puso en pie y aplaudió a rabiar a un intérprete que supo, de manera inteligentísima, demostrar en un solo recital capacidad vocal y capacidad de encandilar y conectar con el público.

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