Giselle ha despertado de su tumba para reinventar la Era Romántica con un montaje de claridad dramatúrgica excepcional, especiado con tintes hindúes y de esencia contemporánea. El estilo de Akram Khan integra lenguajes más allá de lo estético, por la necesidad sagrada de contar historias. Tamara Rojo, como directora artística del English National Ballet, ha sabido abrazar esta pieza clave del repertorio y promover el nacimiento de un ballet que permite emocionar en la integridad de su gesto.

Es el Teatro Real de Madrid quien ha acogido la obra durante cuatro funciones, que terminaron con las localidades agotadas y cierta irritación entre parte de la audiencia. Si esta versión sobrecoge es porque el equilibrio entre sus componentes ha llegado al idilio armónico, aun en la ruptura del canon.

Tamara Rojo (Giselle) y bailarinas (amigas  de Giselle) © Javier del Real | Teatro Real
Tamara Rojo (Giselle) y bailarinas (amigas de Giselle)
© Javier del Real | Teatro Real

La oscuridad sonora de la obra musical de Vincenzo Lamagna atraviesa los tímpanos, pero no tanto por los elevados decibelios de su potencia, sino por hacer vibrar hasta las entrañas. Es el estruendo doloroso del drama lo que estalla para dañar con su aguijón en los crescendos extremos, espejo del dolor de quien es seducida y traicionada. El silencio, brusco e inesperado, recupera el eco de un paisaje rítmico en el que se integra la armonía electrónica con la melodía orquestal. Sus ondas irradian a cada rincón de la sala y el cuerpo de los bailarines no enmudece en sus paréntesis. El torrente emocional transporta una dinámica en la que música y coreografía fluyen en continuo movimiento, conversando sobre la capacidad de amar, la maternidad, el perdón incondicional, el abuso de poder, la injusticia, la rebelión o la resignación. Los motivos líricos de la partitura de Adolphe Adam se superponen con todo tipo de sonidos: maquinaria industrial, bocinas estridentes y estruendos de aquello que se asemeja a un combate aéreo. Gavin Sutherland, logra con su trabajo en la orquestación hacer emerger leitmotiv reconocibles, de forma que el lirismo de la viola o del violonchelo asoman sobre la marea ecléctica acechante como bálsamo para distender la angustia que oprime el pecho.

El fulgor del llanto humano en lejanos cantos corales y el percutir violento de las varas de las Wilis en ostinato hipnótico, contribuye a la atmósfera fantasmal. La vara ahoga, entrelaza cuerpos, crea geometría, punza y en su morder, hiere. El pizzicato de las cuerdas pellizca la piel y los timbres heterogéneos de la percusión son el corazón ancestral de los trabajadores de la fábrica.

Un gran muro sepulcral se eleva desde la Tierra: frontera, abandono, genocidio, abuso. Su aparente rigidez separa grupos sociales, pero también el mundo terrenal del espiritual, prototipo del ballet romántico. Los parias han sustituido a los campesinos de Théophile Gautier, y son los surcos de sus manos los que impregnan el bloque de hormigón, huella de la desigualdad. La dramaturga Ruth Little mantiene la estructura original, pero le confiere una ambientación distinta que permite actualizar la pieza. El carácter de los personajes se redondea, además de hacer de ellos “piezas” de un engranaje industrializado, en el que la traición de amor es análoga a la insidia moral de los terratenientes. Sus vestidos, de corte isabelino diseñados por Tim Yip, parecen extraídos de otro tiempo, gracias a la iluminación de Mark Henderson que llega a cegar cuando el muro gira su bisagra.

Tamara Rojo (Giselle) y James Steeter (Albrecht) © Javier del Real | Teatro Real
Tamara Rojo (Giselle) y James Steeter (Albrecht)
© Javier del Real | Teatro Real

La turbación fluye en el dibujo de los cuerpos en el espacio: linealidad, desorden, manada. La contracción muscular retuerce las vísceras y, su energía, corre con naturalidad en pasajes donde el cuerpo contorsiona, se distiende en grandes extensiones, tiembla, se deja arremolinar por tour en l’airs y por elevaciones animalizadas que desafían la gravedad. Jeffrey Cirio en el papel de Hilarion rasga el aire en saltos potentes, que dejan entrever su carisma. Los agudos entrechat del cuerpo de baile, se equiparan al alarde gestual que la técnica del kathak le asigna a manos y brazos. Sus bellas formas crean símbolos con la misma fuerza que la pantomima. Los sautés sobre el relevé baten sobre el pavimento a ritmo orientalizado y los giros de Giselle recuerdan al magnetismo de los derviches.

La atmósfera espectral del segundo acto nos muestra los pas couru de unas Wilis que vuelan suspendidas por el escenario. Se recupera su posición de brazos característica, no por capricho, sino porque en su recoger interno se habla de una maternidad arrebatada. Sin duda, el broche de oro es el pas de deux entre Giselle y Albrecht, interpretado por James Streeter, de una intensidad admirable, siempre bajo la incisiva presión de una soberbia Myrtha, por Stina Quagebeur.

Los reproches a una obra de esta envergadura son las murmuraciones de quienes no admiten la evolución de las formas clásicas, de quien acude al Teatro con la estrechez artística del purista, ajeno a la riqueza de la interferencia cultural en la danza, y de aquel que censura la deconstrucción de estilos y lenguajes. El ballet que ha protagonizado Tamara Rojo, con una interpretación delirante, bella en un mover sutil a la vez que enérgico, y transparente en emociones, es una joya coreográfica. Una pieza comprometida con el siglo XXI, que mira a la tradición con los ojos de quien respeta las raíces manteniendo viva la narrativa de la obra original, pero creando otra con entidad propia. Es esta adaptación un trabajo rotundo, con premisas tradicionales de gran riqueza, procedentes del ballet fantastique de Jean Coralli y Jules Perrot, pero cuya aureola artística ha mudado de piel.

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