Uno de los términos más estudiados por cualquier músico durante sus años de formación es el de "silencio expresivo", un tipo de recurso que no responde a necesidades arquitectónicas ni estructurales de una obra en concreto, sino que aporta un valor intrínseco por cuanto tiene de pausa antes de la tormenta. Pocos silencios tan expresivos se pueden vivir en lo musical como, por desgracia, el emotivo minuto de silencio que levantó a todo el Real en homenaje a las víctimas de París antes de comenzar el concierto.

El tenor Juan Diego Flórez © Javier del Real | Teatro Real
El tenor Juan Diego Flórez
© Javier del Real | Teatro Real
Acostumbrados a otro tipo de programas cuando se trata de un piano y un cantante, el hilo argumental en esta segunda cita del ciclo Las voces del Real brilló por su ausencia, siendo la velada una sucesión de arias y canciones elegidas por el tenor y dispuestas en modo catártico. Si bien la elección no es censurable, un poco más de trabajo en ese sentido da como resultado un producto que suele trascender hacia otros significados con mayor facilidad, y no se corre el riesgo de pasar todo el concierto haciendo quinielas sobre los bises. El recital empezó con tres piezas francesas de Henri Duparc de corte mucho más intimista que todo lo que vendría después. Sirvieron, por un lado, para demostrar que la capacidad para el matiz y el gusto por el detalle evocador de Flórez siguen allí: que apiana el sonido cómo y cuando quiere, que puede acercarse a otros repertorios que no finalizan en sobreagudo triunfal con garantías de éxito. También sirvieron para comprobar que, en cuanto a volumen, se estaba reservando para la segunda parte.

El breve paso por Mozart (con "Il mio tesoro" y "Un aura amorosa") funcionó mejor en lo estético que en lo dramático: el tenor abordó el repertorio como si fuera una meta volante en su carrera hacia el bel canto, sin excavar medio metro en la superficialidad de la retórica clasicista pero con sotto voce magníficamente ejecutados y buenas ideas de fraseo. En ese momento más que en ningún otro se echó en falta el acompañamiento orquestal, perdiéndose los guiños tímbricos y los jardines secretos del viento madera en la panoplia del piano.

El recital empezó, al menos en cuanto a implicación del cantante y vínculo con su público, con Il turco in Italia y el aria de Lucia de Lammermoor "Tombe degli avi miei", mucho más trabajada en su control dinámico y en la matización de los acentos expresivos. El trabajo de cara al inminente estreno de su Edgardo en el Liceu tuvo posiblemente que ver con la madurez en la caracterización del personaje, siempre complicada en los conciertos de arias.

© Javier del Real | Teatro Real
© Javier del Real | Teatro Real

Uno de los aciertos de Flórez en los últimos años está relacionado con su manera de incorporar repertorio popular al ambiente casi siempre reacio del melómano tradicional. Donde antes han fracasado tantos, el tenor peruano introdujo a Tosti con total normalidad e incluso en los bises, el vals de Chabuca Granda José Antonio, bien cantado y acompañado con su guitarra. Con un sentido del humor creciente y mayor complicidad que al principio con el pianista Vincenzo Scalera, el recital finalizó con una desbordante demostración de brillo vocal y proyección de armónicos con "T'amo qual s'ama" de la Lucrezia de Donizetti. Aunque claro, la mayor parte del público llevaba tiempo esperando que empezara la sucesión de bises, donde Flórez se desenvuelve con idéntica naturalidad que Sokolov. Cinco fueron en total, casi todos demostrando lo ya demostrado (la facilidad del paso al agudo, el timbre casi hedonista, su vibrato natural, etc.), para provocar un delirio que se intuía desde el minuto uno con el aria (tan predecible como disfrutable) "La donna e mobile". Con simpatía y cercanía se despidió Juan Diego Flórez del público madrileño que, al igual que al principio del concierto, estaba puesto en pie al completo. Pero qué distintos los motivos…