Luisa Miller es una de las obras menos programadas de Verdi y una de sus primeras de madurez. El Teatro Real nos ha ofrecido en estos días dos únicas representaciones en concierto, una oportunidad para disfrutar y analizar sus aspectos puramente musicales y descubrir las grandezas ocultas de una obra recientemente recuperada para el repertorio, muy interesante como precursora de los elementos verdianos que se verán completamente desarrollados en sus siguientes óperas–Rigoletto, Traviata e Il Trovatore. Algunos todavía la consideran una obra menor pero en todo caso se trata de Verdi por lo que, especialmente en su versión concierto, requiere excelentes cantantes, un sexteto de artistas de primer nivel.

Vincenzo Costanzo (Rodolfo), Lana Kos (Luisa Miller) y Leo Nucci (Miller) © Javier del Real
Vincenzo Costanzo (Rodolfo), Lana Kos (Luisa Miller) y Leo Nucci (Miller)
© Javier del Real

El papel de la desdichada Luisa Miller es de soprano dramática de coloratura y necesita capacidades tanto para las agilidades como para los pasajes más intensamente descarnados. Unas de esas combinaciones endiabladas que suponen un sueño para cualquier cantante, pero que son muy difíciles de ejecutar convincentemente. Lana Kos es una cantante completa, posee un color algo metálico y liviano, uniforme en todo el rango, buena línea melódica y un estupendo dominio de las dinámicas. Es el suyo un canto claro, delicioso e íntimo, pero no le sobran caudal ni squillo, esa capacidad de proyectar la voz y llenar un gran teatro con independencia del volumen al que se cante. Así, su Luisa resulta indefensa, desbordada por los acontecimientos, creíble dramáticamente, pero también algo superada por la partitura, y nos deja con ganas de una exhibición de gran canto verdiano más potente.

Su contrapartida, el joven Vincenzo Costanzo construye un Rodofo atípico pero lleno de interés. Nos fascina por momentos para acto seguido hacernos fruncir el ceño. Tiene la personalidad y el magnetismo necesario para recrear un joven enamorado creíble. Siempre al límite, se deja la piel sobre el escenario y exhibe unas notas altas impecablemente brillantes. El papel de Rodolfo le viene todavía algo grande, se acusa en los pasajes de fuerza, y su canto presenta por otro lado algunas dificultades en la zona de paso. Reservó sus mejores dotes vocales para su pieza estrella “Quando le sere al placido…”, un momento de gran musicalidad y buen gusto en el canto. La ejecutó con empeño y acierto técnico pero, algo forzado, no incidió en el carácter appassionatisimo que Verdi indica en la partitura. Es un cantante muy prometedor que, en todo caso, queremos ver evolucionar.

No fue pasión lo que faltó en la actuación de nuestra mezzo Maria José Montiel. El papel de Duquesa no ofrece demasiadas oportunidades de lucimiento pero ella, con su actuación, lo engrandeció. En su escena del primer acto prestó infinita atención a cada nota, retardándolas y llenándolas de dramatismo y recreándose en el color oscuro de su voz. Estuvo imponente y elegante en todos sus números –incluido el cuarteto- y especialmente atenta con una Luisa de mucho menos caudal vocal.

Leo Nucci encarna a Miller. Y como suele ser habitual en este italiano inimitable, el artista engulle al personaje. Sobre el escenario, aunque parezca utilizar la garganta, canta con su leyenda. Es admirable comprobar cómo a su edad y con esa larga carrera a sus espaldas, todavía conserva una zona alta brillante, fresca, afinada y sólida. Ahí mantiene y exhibe sus notas largas, con descaro y orgullo, complementándolas con esa patetismo dramático que vuelve locas a las audiencias. Frente a eso poco importa, que el centro y la zona baja no se sostengan, que no haya rastro de legato y que en realidad ya poco quede de aquel barítono verdiano de referencia. Nucci marca sus propias las reglas, exhibe maneras de estrella, exageradas y algo cínicas, que sus incontables admiradores esperan ansiosos y aceptan enloquecidos. A los demás nos produce una sonrisa cómplice y una cierta simpatía desde la certeza de que la ópera, además de canto, es espectáculo.

El sexteto protagonista lo completaron dos bajos extraordinarios. Dmitry Beloselskiy, como conde de Walter fue el cantante más impecablemente redondo de la noche. Combina la potencia y firmeza de un buen bajo, que hace retumbar toda la sala, con un canto elegante, medido y un emotivo preciosismo en los detalles, los pianos y las medias voces. Su “Il mio sangue la vita darei” del primer acto marcó la cima vocal de la noche. John Relyea interpretó al malvado Wurm. Es un cantante con aspecto de dios nórdico y canto rotundo, con una voz de un color oscurísimo y noble, por lo que encarna un villano paradójicamente empático, tan solo inquietante por la atención a las consonantes -a la alemana- explosivas y silbantes.

El director James Conlon tuvo un buen comienzo en la “Sinfonía”, vibrante y encendida, y continuó con una orquesta pujante, en ocasiones a costa de los cantantes protagonistas. Todavía resuenan en oídos de los aficionados sus inmensas y memorables Vísperas sicilianas de hace dos años, también en versión concierto, también en este teatro. En esta ocasión el nivel no ha sido tan alto, pero por esos elementos sobresalientes, sobre todo de mano de los secundarios, la visita ha merecido la pena.

***11