Regresa (una vez más) Madama Butterfly al Teatro Real. Los 110 años transcurridos desde el estreno en Madrid, el 20 de noviembre de 1907 –113 desde la première en La Scala de Milán, el 17 de febrero de 1904–, dan sobrada muestra de su materia incombustible. Trastocando la fórmula de Italo Calvino –“un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”–, cabe sostener: un clásico es un libro -una ópera en nuestra coyuntura- que dice siempre lo pertinente. En este sentido –y atendiendo no solo al contenido, sino también al modo en que se ofrece– huelga la duda; (esta) Madama Butterfly es acreedora del ínclito marbete.

Mario Gas dirige una inteligente producción de <i>Madama Butterfly</i> en el Real © Javier del Real | Teatro Real
Mario Gas dirige una inteligente producción de Madama Butterfly en el Real
© Javier del Real | Teatro Real

La escena de Mario Gas se inserta en el racimo de adaptaciones –las 5 versiones de Puccini, el libreto de Giuseppe Giacosa y Luigi Illici, la novela de Pierre Loti, la obra teatral de David Belasco o el relato de John Luther Long– que revisten la historia de Cio-Cio-San, recreando un rodaje hollywoodiense en la década de los años treinta. Si bien la realización se aproxima al montaje televisivo, es preciso encarecer el empleo del close-up y del blanco y negro, proporcionando al espectador una experiencia doble: por una parte, la posibilidad de encarnar el rol de dirección, tomando la retransmisión en directo como, mutatis mutandis, imagen de un video assist anacrónico; por otra -y en esto radica el mayor logro de la apuesta-, la sublimación de la geisha mediante el detalle de su rostro.

La soprano albanesa Ermonela Jaho © Javier del Real | Teatro Real
La soprano albanesa Ermonela Jaho
© Javier del Real | Teatro Real

Así, figurines y atrezo fintan el exotismo desmesurado y funcionan en un segundo plano, privilegiando la interpretación de las dramatis personae. Y todo ello, a su vez, se supedita a la hegemonía de Ermonela Jaho. La soprano albanesa cautivó desde la perfección técnica y la coherencia, desgranando primorosamente el drama y la música plasmados en la página pucciniana. Abanderada con las mejores virtudes del registro lírico –como quedó de manifiesto en una impecable "Un bel dì, vedremo"– y desplegando dotes de actriz mayúscula -el arrobo final en "Con onor muore" se saldó con la sobriedad desgarrada de una Falconetti-, Jaho cantó y vivió la prolija urdimbre psicológica de Madama Butterfly, Madama Pinkerton y, finalmente, Cio-Cio-San.

A tal resultado, además, contribuyó de manera insoslayable una orquesta inmensa, contando en esta ocasión con la colaboración de Marco Armiliato en el podio y de Mauro Rossi como concertino invitado –mención especial para todas las intervenciones solistas–. El director italiano correspondió desde el foso a la intensidad y la calidad exigidas por la partitura y el escenario, elaborando un sonido equilibrado, rico y siempre empastado con el elenco vocal. También hay que destacar la labor de Enkelejda Shkosa en una Suzuki voluntariosa (gran dúo junto a Jaho en "Già il sole! Cio-Cio-San") y la notable dupla conformada por Jorge de Léon y Ángel Ódena como B. F. Pinkerton y Sharpless respectivamente. Scott Wilde (Tío Bonzo), Francisco Vas (Goro), Tomeu Bibiloni (Príncipe Yamadori) y Marifé Nogales (Kate) ejercieron el contrapunto adecuado en cada número y el Coro Intermezzo brindó dos momentos sublimes: "Ah! Ah! quanto cielo! quanto mar!" y el esplendoroso Coro a boca chiusa tras el segundo acto.

Ermonela Jaho, Enkelejda Shkosa y Saúl Esgueva © Javier del Real | Teatro Real
Ermonela Jaho, Enkelejda Shkosa y Saúl Esgueva
© Javier del Real | Teatro Real

El 14 de febrero de 2007 aparecía en The Telegraph un artículo firmado por Amy Iggulden reseñando las declaraciones de Roger Parker sobre Madama Butterfly, realizadas el día anterior con motivo de una representación en la Royal Opera House. El reputado profesor del King´s College de Londres reflexionaba sobre la presencia de elementos racistas en la obra de Puccini y sembraba la polémica en Covent Garden. Independientemente de la lectura por la que se abogue, debemos reconocer en toda su complejidad el tratamiento pucciniano de los personajes, distinguiendo los sutiles matices que vinculan y separan tres conceptos: adaptar, aculturar y conquistar. El mérito de Gas reside en una puesta en escena inteligente que no renuncia a ninguno de estos estratos; la verdadera conquista, en el hechizo enhebrado por Jaho y una producción sobresaliente. 

Tal es el poso que ofrenda esta Madama Butterfly, sobreponiéndose incluso al regusto amargo del último número. Una bandera ondea, dando la espalda al cadáver de Cio-Cio-San, y el texto nos provoca (de nuevo):

Dovunque al mondo / lo Yankee vagabondo / si gode e traffica / sprezzando i rischi -En cualquier lugar del mundo, / el Yanqui errante / disfruta y especula / despreciando riesgos-.

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