Agarrados de la cintura, abrazados en una suerte de espiral manierista, mirándose a los ojos con una complicidad que tiene sus raíces en la intimidad, presentado una estampa que parecía reivindicar un “juntos hasta el fin”, así comenzó uno de los recitales que más tiempo llevaban esperando los aficionados madrileños. Anna Netrebko, la soprano más celebrada y mediática de la última década, llegaba al teatro Real acompañada de su esposo Yusif Eyvanzov. Disculpen si parece que nos estamos introduciendo en terreno de la prensa rosa, pero el detalle del parentesco no es, es este caso, algo que podamos obviar. Los días anteriores al concierto las redes sociales ya preparaban el terreno para recibirlos de modo bien diferenciado: a ella, con los brazos incondicionalmente abiertos; a él, con la sospecha de que no viene por méritos propios.

Yusif Eyvazov y Anna Netrebko durante el recital en el Teatro Real © Javier del Real | Teatro Real
Yusif Eyvazov y Anna Netrebko durante el recital en el Teatro Real
© Javier del Real | Teatro Real

El dúo de amor de Otello con el que comenzó la velada fue un intento de nivelar el terreno. Los dos cantantes exhibieron músculo e instrumento, chorro de voz y caudal. Afirmaron poseer dos grandes voces, aunque esto supusiera una traición al carácter dulce y delicado que la escena requiere. Y, a partir de ese momento, sus caminos se separaron.

Netrebko demostró en sus escasas intervenciones en solitario –tan solo tres, y hubiéramos querido treinta– por qué ella es lo más parecido que existe a una superestrella de la ópera. Al caudal, squillante, descomunal y por momentos excesivo, le falta teatro para llenar. El timbre es cálido, oscuro, pero repleto de sensuales y luminosas irisaciones, algo que las grabaciones son incapaces de recoger. En el mejor momento de la velada, con “Tu che le vanità…” construyó una Elisabetta regia, pero también doliente y espiritual. Si en cualquier soprano anhelamos los agudos, en el caso de la rusa, además, los poderosos y bien colocados graves suponen una experiencia imposible de olvidar. Tras ello, ya en la segunda parte, una Wally magníficamente caracterizada le permitió demostrar sus dotes dramáticas. Y para finalizar, un “O mio babbino caro” de lucimiento: esos pianos impecablemente proyectados, con las dos últimas frases unidas y los dos calderones alargados hasta lo imposible, muestran una técnica y capacidad de las que crean leyenda.

El barítono Christopher Maltman © Javier del Real
El barítono Christopher Maltman
© Javier del Real

Con Eyvanzov el asunto fue por otros derroteros. Sabedor de lo que se jugaba, empezó cada intervención con una respiración profunda y unos segundos de meditación; como el tenista que habiendo llegado por sorpresa a la final de un Grand Slam, se juega una bola de partido. Hay que reconocerle un gran volumen y un fiato larguísimo –algo que fue muy celebrado por la audiencia–, pero de canto, vamos justos. La emisión, siempre a plena voz. El fraseo es plano, casi declamatorio y, definitivamente manca finezza para el repertorio italiano; más que cantar, parecía estar anunciando algo. Sus maneras funcionaron mejor en el verismo estereotipado de Cavalleria que con los matices Verdi y Puccini.

La sorpresa positiva de la noche vino en forma de barítono. El británico Christopher Maltman sí estuvo a la altura de Netrebko. Su versatilidad le permitió resolver por igual la vileza paranoica de Macbeth en “Pietá, rispetto, amore” que la nobleza reflexiva de Gérard en “Nemico della patria”. Vistas sus capacidades y habiendo revisado sus últimas actuaciones, Maltman pudiera convertirse en el Rigoletto de referencia de los próximos años –si la alargada sombra de Nucci así lo permite.

Los dúos y tríos se sucedieron entre las intervenciones de los solistas, sin criterio dramático o musical aparente, siempre amenos y resultones, pero nunca memorables. Y si todavía conservábamos alguna esperanza de asistir a algo histórico, el único bis de la noche se la llevó por delante. Un “Oh sole mio” simpático y desenfadado, pero también algo vulgar, confirmó que lejos de ofrecer una lección completa de ese arte pluscuamperfecto del que la protagonista es capaz, Netrebko tan solo nos procuró un entretenimiento para para disfrutar con (su) familia y amigos.

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