Más de veinticuatro horas después de la representación, les confesaré que abordo la escritura de esta reseña todavía con una cierta sensación de incredulidad, de expectativas garantizadas, pero no cumplidas. El Ocaso que nos ocupa no es una obra que pueda ni deba analizarse como un elemento aislado, sino como la culminación de un ciclo que comenzó solvente con el Oro, continuó convincente con la Valquiria, y emocionó sin paliativos en Sigfrido. Tras ello, esperábamos una culminación que continuara esta trayectoria in crescendo, algo que desgraciadamente se ha quedado lejos de la realidad.

El ocaso de los dioses en el Teatro Real
© Javier del Real | Teatro

No falla la propuesta escénica de Robert Carsen que, muy apropiadamente, culmina en este capítulo lo mostrado en los anteriores. Se nos desvela el traspaso involuntario de poder de los dioses hacia los hombres y la decadencia irreversible plasmada con acierto en esa oscura y polvorienta escena que, a modo de alegato social, protagonizan unas nornas-limpiadoras. Hay una épica totalitaria en la corte de Gibich que fascina y atrae, Carsen muestra un buen entendimiento de lo que significa la propaganda en su vertiente visual. Como en las entregas previas, la crisis medioambiental se muestra en unas contaminadas orillas del Rin, un cuadro recurrente y evocador que no termina de explorarse en profundidad. La pesada idea de un destino oscuro e inevitable inunda la sala desde la escena, algo que unido a una sólida dirección de actores logra sostener las más de cuatro horas de acción de esta obra. El problema es que, en muchas ocasiones lo hace en solitario, sin el apoyo imprescindible de foso.

Andreas Schager (Siegfried)
© Javier del Real | Teatro Real

Y aquí llega la sorpresa de este Ocaso. Se echa en falta la tensión narrativa de la partitura, la comunión con el drama que se desarrolla sobre las tablas. Los motivos se exponen con claridad, pero sin demasiada carga teatral y, sobre todo, sin entrelazarse para tejer la tragedia de la historia. Así, las nornas no suenan misteriosas ni insondables, el oro del Rin no es térmico ni amenazador, y el vertebrador motivo del destino no nos sostiene el alma congelada. En el lado más positivo se encuentran las grandes piezas orquestales, el amanecer, el viaje de Sigfrido, el coro de guibichungos y, por supuesto la marcha fúnebre; ejecutadas a través de una combinación de precisión, ambición y soltura, aunque con un evidente problema de balance orquestal. Los imperativos del covid han situado a los metales en los palcos de platea y sus momentos en forte o en solitario resultan irritantemente ensordecedores, al menos desde la zona del patio de butacas. Las comparaciones son inevitables y resulta difícil saber qué ha pasado con el sobresaliente y minucioso trabajo que Pablo Heras-Casado realizó en año pasado en Sigfrido y que ahora se ha desvanecido.

Ricarda Merbeth (Brünnhilde), Michaela Schuster (Waltraute)
© Javier del Real | Teatro Real

En el terreno vocal nos encontramos, por el contrario, con una mejora sustancial en la Brunilda de Ricarda Merbeth. Entiendo que, consciente de sus limitaciones como soprano dramática, aplicó una mayor dosis de contención que ayudó a controlar en instrumento; en su vertiente actoral es imponente y rotunda. Andreas Schager confirma su idoneidad para el endiablado papel de Sigfrido. Muestra versatilidad y resuelve con igual calidad los momentos heroicos y los íntimos. También como actor, creíble como aventurero invencible y en su despedida como héroe moribundo. El resto del reparto resuelve sus respectivos papeles con decoro, pero se echa en falta el empuje superlativo que, por momentos, Wagner requiere. Debemos hacer, eso sí, una notabilísima excepción con la canónica Michaela Schuster como Valtrauta, una lección de buen canto wagneriano.

Uno de los numerosísimos clichés que circulan contra la obra de Wagner, repetido hasta la saciedad, nos llega de Rossini: dice que su música tiene “buenos momentos, pero malos cuartos de hora”. Una afirmación facilona y completamente errada en su dimensión universal pero que, en esta ocasión, por desgracia, ha resultado ser una verdad innegable.

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