El Teatro Real cierra la temporada con una obra imprescindible en repertorio belcantista pero, paradójicamente, no muy representada. Nos trae una coproducción transatlántica, estrenada en Teatro Municipal de Santiago de Chile, con un reparto principal mediático y estelar: Camarena, el actual señor de los bises, y Damrau, una todoterreno que es capaz de salir airosa incluso de una Traviata en la Scala. El segundo reparto, que tan solo cantará tres funciones, tiene también un interés por encima de la media.

El tenor Celso Albelo y la soprano Venera Gimadieva durante la representación © Javier del Real
El tenor Celso Albelo y la soprano Venera Gimadieva durante la representación
© Javier del Real

La propuesta escénica de Emilio Sagi para estos Puritani tiene un enfoque eminentemente ornamental. Su lenguaje escenográfico, que hemos visto en muchas ocasiones en este teatro, se basa en los grandes elementos: los arquitectónicos lo son por tamaño y los decorativos, como las lámparas en este caso, por repetición. Crea cuadros de buen gusto, que proporcionan cierto sentimiento de atemporalidad mediante la combinación de estéticas presentes y pasadas. Pero parece no haber mucho fondo detrás de estas imágenes efectivas, concebidas para agradar. Uno tiene la sensación de contemplar el lobby majestuoso del último hotel de moda, impresionante, pero formal y vacío de tragedia. La dirección de escena se convierte así en un excelente diseño de interiores y, seguramente de modo intencionado, la responsabilidad dramática se delega por completo a las voces de los artistas.

La rusa Venera Gimadieva interpreta a la protagonista, Elvira. Es una cantante de la compañía del Bolshoi a la que tuvimos oportunidad de escuchar como una de las Violettas de La Traviata en la pasada temporada en este mismo teatro. No empezaron bien las cosas para ella en su noche de estreno, su comienzo estelar, “Son vergin vezzosa”, esa exhibición efervescente de casi todas las técnicas ligeras, no le acabó de funcionar. Anduvo incómoda por las agilidades, poco marcadas, y la voz se adelgazó. La emisión mejoró notablemente en sus episodios de locura, más pausados, cuando pudo perfilar bien los adornos e hizo un uso emotivo de las dinámicas. Más creíble como lunática que como virgen ilusionada, sus mejores momentos fueron sin embargo los dúos con Arturo. Consiguieron un magnifico ensamblaje que potenció las virtudes de ambos protagonistas y que silenció sus limitaciones. Como en toda buena historia romántica, los amantes sufren al separase y brillan al máximo cuando están unidos.

Albelo, como Arturo, basó su interpretación en dos elementos que le caracterizan vocalmente: la belleza de su instrumento y esa pasmosa facilidad para los agudos y sobreagudos. Al igual que su compañera, su actuación mejoró según avanzó la velada. Desde un “A te, o cara” inicial algo atropellado y al que no le sobró lirismo, hasta un espectacular y redondo tercer acto. Los puristas, entre los que me encuentro en algunas ocasiones, podrán decir que lo suyo no es bel canto, que la línea melódica no es lo suficientemente suave y que le falta legato. Pero Albelo pudo responder a estas acusaciones con la hermosura de sus lamentos en el tercer acto, llenos de profundo sentimiento y, por supuesto, con la resplandeciente potencia de la zona alta. En su “Credeasi misera”, puro espectáculo, llegó a atreverse con el legendario fa sobreagudo, esa nota inexplicable, herencia de una época en la que se cantaba de otro modo. Esa nota que muchos evitan sabiamente, que otros dan en falsettone y que a los demás les suena inoportuna, pero que en su caso supuso un cierre inapelable para un tercer acto plagado de bravos.

Pero si de belcanto ortodoxo hablamos, este reparto tiene un ejemplo inmejorable en el cantante Roberto Tagliavini, que interpreto a Sir Giorgio. Es uno de estos bajos con voz amplia, buen caudal y magnífica emisión. Tiene además un timbre complejo y fascinante, oscuro pero con matices luminosos. Pero lo sobresaliente es su delicada manera de cantar y el fraseo, perfectamente ligado y profundamente sentido. En su magnífica “Cinta di fiori”, Tagliavini nos demuestra que en la parte grave del registro se puede ser recio y, a la vez, exquisitamente fluido. George Petean hizo un Riccardo solvente, muy meritorias las agilidades, aunque algo falto de emoción en sus intervenciones en solitario. Al igual que le pasó a la pareja protagonista, su mejor momento vino en compañía, la de Tagliavini  en su caso, con quien construyó un memorable dúo final en segundo acto, mezcla de melodía, fuerza y complicidad.

El maestro Evelino Pidò optó por la discreción en el foso. La partitura tiene una complejidad armónica y unas texturas orquestales más ricas de lo que es habitual en Bellini. El italiano no abusó de ellas, casi pareció no valorarlas, con una lectura eficaz pero sin demasiados detalles. Una orquesta siempre en segundo plano, tiempos rígidos en los números concertados y mucho más flexibles, sobre todo, en los solos de Albelo.

En definitiva, una noche de espectáculo, de esas que hacen abandonar el teatro con una sonrisa, una ligera subida de adrenalina y pocas ideas rondando la cabeza. Buen canto para todos los públicos y un segundo reparto que, salvo excepciones, bien pudiera haber sido un primero.