"¿Tú crees que lo hará?". En los instantes previos al estreno, el público y los profesionales del Teatro Real no hablaban de otra cosa. Y es que seis años después del histórico primer bis de la nueva era del coliseo, con una sala repleta de políticos y grandes empresarios, en un evento social patrocinado por el mayor de nuestros bancos, y por todo lo alto, Nucci volvía con Rigoletto.

Escena de <i>Rigoletto</i> en el Teatro Real © Javier del Real | Teatro Real
Escena de Rigoletto en el Teatro Real
© Javier del Real | Teatro Real

No nos engañemos, el protagonista de esta obra, al menos en su primer reparto, no es Rigoletto, ni siquiera Verdi, es Leo Nucci. Tras más de 500 funciones encarnando al bufón, es un claro caso de artista que transciende al personaje y sabe bien lo que hay que hacer. Vuela libre y, a estas alturas, decide e interpreta a su manera qué es lo mejor para la producción, con independencia de lo que pueda pensar el director oficial, David McVicar. El resultado fue un Rigoletto personalista, que en los momentos corales, donde hay un proyecto escénico en común, hizo que Nucci estuviera en desconexión con el resto de la escena. Pero en los dúos y momentos en solitario, por supuesto, el bufón se hizo rey. Hay que reconocer la increíble potencia de su voz a los 73 años, y la intensidad dramática de los pasajes declamados, la firma de la casa. Algo que también utilizó para las partes más líricas, abandonando el canto y la partitura, donde el peso de la edad ha pasado ya mayor factura. Y por supuesto llegó el momento del bis: una repetición nada espontánea, casi inevitable, y no especialmente demandada por el público. Con la "vendetta", Nucci cumplió su anunciado destino.

Le acompañó Olga Peretyatko, una artista completa de grandes medios vocales. Su Gilda no es inocente y virginal, ni su bel canto excesivamente delicado, pero presenta por contra un personaje apasionado, cimentado en una voz brillante, precisa y luminosa. Algunos momentos para el recuerdo incluyen los ataques en las agilidades del final de "Caro nome" y sobre todo, los sentidos arcos de intensidad –esos messa di voce– especialmente en la agonía final. Para el celebrado bis, Peretyatko rebajó el volumen, y cortó la emisión con generosidad para ceder todo el protagonismo a Nucci. No es solo una excelente artista y el descubrimiento vocal de la velada, sino también una elegante señora.

El barítono Leo Nucci (Rigoletto) y la soprano Olga Peretiatko (Gilda) © Javier del Real | Teatro Real
El barítono Leo Nucci (Rigoletto) y la soprano Olga Peretiatko (Gilda)
© Javier del Real | Teatro Real

El norteamericano Stephen Costello encarna al Duque de Mantua en el reparto principal. Joven y atractivo, tiene la planta para el personaje, posee un magnífico legato además de un precioso timbre, brillante y dorado, que completaría la estampa de perfecto rompecorazones. Aunque el agudo es espectacular, la voz no es muy grande y administra convenientemente sus fuerzas para evitar riesgos. Apostó por la exhibición del instrumento frente a la atención al fraseo y las dinámicas, por lo que la lectura del personaje resultó algo plana, sin la credibilidad psicológica que bien se le puede dar a un tirano vividor como el Duca. El reparto se completó con un solvente plantel de secundarios entre los que destaca el rotundo y tenebroso Sparafucile de Andrea Mastroni.

Olga Peretiatko (Gilda) y Stephen Costello (Duque de Mantua) © Javier del Real | Teatro Real
Olga Peretiatko (Gilda) y Stephen Costello (Duque de Mantua)
© Javier del Real | Teatro Real
A pesar de las circunstancias de la noche, Rigoletto no es un ópera de momentos en solitario, sino sobre todo de dúos en complicidad. Convenció la exhibición de brillo y juventud de los amantes en el primer acto y, a pesar de un Nucci casi ausente, el cuarteto del tercer acto, con un perfecto empaste que creó el momento musical más sublime de la velada. Este instante marcó además la cima del trabajo del maestro Nicola Luisotti, quien tras un comienzo discreto, pero siempre generoso con las voces, mejoró su interpretación según se sucedían los actos.

La producción de McVicar es ya bien conocida por los aficionados tras estrenarse hace más de una década en Covent Garden y estar disponible en DVD. Es explícita en las escenas sexuales que ilustran la decadencia de la corte de Mantua: hay carnes y movimiemnto. Este descaro, el vestuario y el abuso del claroscuro le dan al conjunto aires a Caravaggio, que funcionan bien con la historia. Además, el escenario utiliza un decorado rotatorio que, a modo de alegoría, muestra las miserias que se escoden tras una noble fachada. Un buen planteamiento inicial que sin embargo, tras unas cuantas vueltas sin novedades, termina por hacerse un tanto transparente. 

Un evento con un protagonista como este provoca debate, noticias y en definitiva, crea afición. Bienvenido sea. Entramos en el terreno de lo social, del fenómeno, donde conviene olvidar un análisis estrictamente artístico. Hagámoslo así, a los mitos no se les puede juzgar con el mismo baremo que a los mortales.

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