Indudablemente Rusalka aporta frescura a la presente temporada del Teatro Real: por ser una nueva producción, por ser la primera ópera en condiciones de normalidad y también porque rompe una cierta monotonía de títulos a los que estamos más acostumbrados. Pero esta ópera de Dvořák, la penúltima del autor checo, debería estar presente en nuestros teatros con más frecuencia que una vez por siglo. Lejos de los melodramáticos libretos decimonónicos y más cercana al universo wagneriano, pero con el color del imaginario popular eslavo, esta ópera cuenta la historia de un amor imposible entre dos mundos que apenas tienen un pequeño margen para entrar en contacto. Es una historia sutil, que rehúye de los estereotipos de los roles y las pautas habituales del drama, como en el caso, por ejemplo, de la protagonista que cuando comparte escena con su príncipe no puede cantar a causa del hechizo. 

Olesya Golovneva (Rusalka) y Okka von der Damerau (Jezibaba)
© Monika Rittershaus | Teatro Real

Todo ha de realizarse en esos puntos de conexión entre el mundo humano y el mundo mágico, haciendo verosímil un imaginario fantástico. Y ahí está ante todo la tarea de Christof Loy: dar vida a un mundo que no está del todo presente ni ausente, que vive de su liminalidad. La puesta en escena ha sido sobria, marcada por la circularidad entre los actos externos (ambientados en el reino de Vodník) y el acto central (en el castillo del Príncipe), con un fondo que se mantuvo igual y en el que variaron solamente algunos elementos decorativos y la iluminación, puede que demasiado diáfana para representar algunos momentos del mundo de Rusalka. La intención parece ser la de mostrar como en realidad esos dos mundos tan distintos comparten un mismo escenario, el de un teatro, donde las cosas funcionan mientras nada cambie, como si la escena protegiera a sus intérpretes bajo el halo de la ficción que representan. En tal sentido, esta continuidad escénica, si bien resultó algo monótona, parece decirnos que incluso estos universos que a veces se ignoran y a veces chocan, llegan, al fin y al cabo, a compartir la misma desdicha. 

En el respecto musical y, más concretamente, en el instrumental, Ivor Bolton demostró ser una batuta segura e inteligente, ofreciendo un sonido rico en color y matices, un fraseo bien articulado y una atención constante hacia la escena. En particular destacaron los vientos, tanto la madera como el metal, y la percusión y las arpas que tuvieron su protagonista en una partitura generosa de detalles tímbricos. 

Olesya Golovneva (Rusalka) y Andreas Bauer Kanabas (Vodník)
© Monika Rittershaus | Teatro Real

Cabe decir que el reparto vocal tuvo una buena calidad en su conjunto. Empezando por Rusalka, la soprano Olesya Golovneva, hay que destacar su buena afinación, su cuidado fraseo, así como su capacidad dramática y escénica, aguantando incluso en los momentos en los que no canta. No se puede decir que tenga una voz muy caudalosa, pero mejoró a lo largo de la obra, con momentos de rara intensidad en el segundo acto en el dúo con Vodník o en el propio final de la obra, cuando logra recuperar la voz frente a su amado imposible. El Príncipe, David Butt Philip, aun poseyendo una voz agradable, cumplió con el papel de manera suficiente. Ni en las escenas en solitario, ni con Rusalka o la Princesa extranjera, dejó demasiado la huella, apareciendo a menudo bastante esforzado. Andreas Bauer Kanabas (Vodník) es un bajo rotundo, de buena potencia e impacto, aunque es cierto que en el primer acto no destacó por la nitidez tímbrica, aunque regaló mejores momentos posteriormente. Okka von der Damerau plasmó una Ježibaba de medios expresivos ricos, con una voz muy presente y una caracterización del personaje muy lograda, grotesca y eficaz. Rebecca von Lipinski se mostró como una figura muy carismática, con buen despliegue de cualidades canoras, a pesar de no tener intervenciones muy numerosas.  

Rebecca von Lipinski (La princesa extranjera) rodeada de bailarines
© Monika Rittershaus | Teatro Real

Si bien el primer acto nos da la entonación general (y contiene la célebre Canción a la luna –Měsíčku na nebi hlubokém), es, sin embargo, en el segundo acto donde las tensiones se hacen más acuciantes y donde se muestran mayormente las cualidades dramáticas de los intérpretes, así como la puesta en escena, donde asistimos a la fiesta (brillante en la coordinación de la coreografía), cargada de los excesos del mundo humano, donde Rusalka descubre ser rechazada, pero donde el Príncipe también descubrirá que su mundo, el de las pasiones cambiantes, es sólo un espejismo. Y en el acto final, volviendo a las sombras de su mundo, Rusalka descubre todo su esplendor (y Golovneva se crece interpretativamente), aunque ya sea solo como un espíritu capaz de dar muerte. 

En definitiva, se trató de una función de muy buena calidad en su conjunto. Escénicamente, tal vez se hubiera agradecido un poco más de discontinuidad, pero en todo caso, resultó coherente. Por otro lado, es cierto que no ha sido un reparto de voces deslumbrantes (aunque ha habido momentos excelentes), pero la dirección musical ha sabido hilar muy atentamente el discurso, potenciando las capacidades dramáticas de cada intérprete y devolviendo una representación compacta y bien integrada, en la que nunca se perdió el rumbo.

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