Usando como hilo argumental (algo confuso, hay que decir) una selección de obras inspiradas en comedias y dramas de Shakespeare compuestos a lo largo de los siglos XVII y XVIII, Les Talens Lyriques y Maria Grazia Schiavo ofrecieron un recital conmemorativo en el Teatro Real que caminaba entre la fogosidad contagiosa de H. Purcell y el claroscuro difuso G. A. Benda, con alguna parada intermedia de indudable trascendencia (Giulio Cesare in Egitto) pero de irregular rendimiento.

Christophe Rousset © Javier del Real | Teatro Real
Christophe Rousset
© Javier del Real | Teatro Real
Empezando por lo mejor, Les Talens Lyriques fue, y sigue siendo, una formación excepcional. Su principal baza no es el empaste (que lo tiene) o la tímbrica (que la trabaja), sino su discurso expresivo y su capacidad para transmitir a su sonido dinámicas complejas que subrayan los affetti barrocos. Tanto en Purcell como en Handel, Veracini, Graun o Benda, el grupo de Rousset dio una envoltura exquisita a la voz de Schiavo, con unos ataques intensos pero sin avasallamientos y una claridad expositiva de primer orden. Con todo, sus mejores momentos llegaron cuando pudo rendir sin la servidumbre de la voz (como en la obertura de Giulio Cesare in Egitto), donde se pudo desatar el volumen (hasta entonces comedido para no afectar a la soprano) y se reivindicó ese maravilloso color de la orquesta handeliana que tan pocas veces se consigue bien, con plasticidad en las texturas, enorme vuelo lírico y una planificación dinámica digna. Si bien la orquesta estuvo especialmente acertada en Handel, el carácter danzable que aplicó Rousset a Purcell llenó de nuevas luces una partitura que se mueve difícilmente entre fronteras: la del sentido del ritmo francés, la de la percepción melódica italiana y la de la articulación prosódica inglesa... Ya en la segunda parte su rendimiento había de ser por fuerza más discreto, porque la música de Graun y de Benda se defiende bien a nivel emotivo pero da para muchos menos fuegos de artificio.

Por contra, la primera parte fue una trampa para la soprano Maria Grazia Schiavo. Tanto Purcell como Handel manejan un microcosmos de aparente simplicidad en su escritura melódica, pero es una sencillez disfrazada de aviso para navegantes: el despliegue técnico que requieren algunas arias es sobresaliente, en parte porque es en la expresividad donde está volcado casi todo el talento y el nivel de exigencia dramática es máximo. El resultado fue poco conmovedor, tratándose de lo que se trataba. Si el aria de Cleopatra "Se pietà di me non senti" es una de las más bellas escritas en la historia de la ópera, la cosa quedó sólo en bonita. Si el aria de bravura posterior exigía de gran dominio de la coloratura, el asunto se resolvió sin grietas reseñables pero tampoco resplandores.

Les Talens Lyriques y Christoph Rousset © Javier del Real | Teatro Real
Les Talens Lyriques y Christoph Rousset
© Javier del Real | Teatro Real

Sin embargo, la segunda parte supuso un cambio absoluto en el rendimiento de la soprano: sin el asomo de fatiga de los primeros minutos, con buena proyección y lejos de las tiranteces iniciales, su Coriolano de Graunn y Romeo und Julie de Benda recibieron lecturas soberbias, por cuanto la escritura más galante de estas obras las alejaban de las dificultades tardo-barrocas. El aria "Mio dolce sposo" acabó siendo lo mejor de la noche no sólo por lo bien cantada que estuvo, sino por lo que tiene de descubrimiento hacia un nuevo repertorio.

El resultado del concierto fue irregular, sin la dimensión heroica o el refinamiento que a veces imponían las obras, pero con lecturas válidas, principalmente en toda la música relacionada con los albores del clasicismo. A falta de un buen hilo conductor, buenas fueron las tormentas de la orquesta y las nubes y los claros de la cantante.