Existe entre los amantes de la lírica, y en especial entre los wagnerianos, un sentimiento generalizado de nostalgia hacia el canto. Como si el buen arte se hubiera perdido para siempre, como si cualquier tiempo pasado fuera mejor. Hay algo satisfactorio en ello, al fin y al cabo las leyendas forman parte de la experiencia musical. Pero de vez en cuando nos confrontamos en directo con algunos artistas extraordinarios que nos regalan aquí y ahora fragmentos del mejor canto imaginable. La joven Lise Davidsen es una de estas joyas vivientes que nos demuestra la irresistible potencia del presente.

Lise Davidsen
© Javier del Real | Teatro Real

Confieso mi inicial reticencia al formato de recital de lieder con piano, para la que ha sido con justicia calificada de la voz wagneriana más importante del momento; los grandes instrumentos como el suyo suelen entenderse mal con la sutileza y la introspección necesarias para las canciones clásicas. Pero en Davidsen encontramos una artista capaz de dominar con comodidad y excelencia los extremos del canto, de alzarnos del asiento con la categórica potencia de sus agudos dramáticos o sobrecogernos con la etérea delicadeza de una nota que se extingue.

En la primera parte del recital, Davidsen nos descubrió el poco conocido mundo de las canciones de Grieg, que conforman su último disco. En su “Saludo” inicial exhibió ya potencia, una vocalidad afinada y esa rara cualidad que hace vibrar los cuerpos de la audiencia al son de un canto. Le siguieron sólidos graves, trágicos e impecablemente colocados. Y tras ello, llegó el volátil refinamiento del canto del ruiseñor en “Die verschwiegene Nachtigall”. Todo ejecutado sin tacha alguna. Con el sencillo y breve ciclo de Seis canciones, la noruega demostró el extensísimo alcance de una técnica con la que otros solo pueden soñar.

Leif Ove Andsnes y Lise Davidsen en el Teatro Real
© Javier del Real | Teatro Real

Y es precisamente esa técnica la que le proporcionó el confort y naturalidad necesarios para narrar creíblemente la historia de Haugtussa. Nos adentramos aquí en una pantonera de emociones, del júbilo efervescente del enamoramiento a la oscuridad del abandono. Cantó en noruego, apoyándose en largas vocales sobre las que ejecutó exquisitas dinámicas y filados recurrentes llenos de una tensión extraordinaria. Hay que agradecer además su cercanía con la audiencia, explicando las piezas menos conocidas y reconociendo el valor de la presencia en las salas en estos interminables tiempos de pandemia.

Tras un Strauss energético, le llegó el turno a lo que prometía ser el plato fuerte del programa: los Wesendonck Lieder de Wagner, su compositor de referencia. El pianista Leif Ove Andsnes había realizado hasta el momento un excelente acompañamiento, resaltando eficazmente los estados de ánimo de las piezas y mostrando una coordinación que parece espontánea, pero se sabe fruto del intenso trabajo que acompaña una grabación comercial. En los Wesendonck, sin embargo, a las teclas le faltaron drama y la precisión del relojero sustituyó al lirismo del artista. Davidsen compensó con aires de teatro y tragedia, con la voz erguida como una diosa nórdica y una teatralidad corporal que llenó el gris escenario que el teatro había preparado para la ocasión.

Con unos tiempos de prórroga mesurados –hay algo definitivamente fallido en los recitales donde las propinas son las protagonistas– se cerró una noche en la que una joven artista compartió con los aficionados madrileños el triunfo indiscutible del canto presente. 

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