Hay mitos que sobreviven siglos, modas y fobias. A los humanos, en nuestra basta imperfección, nos gustan los moldes, los patrones identificativos para guiar nuestra existencia. Por ello, desde tiempos oscuros, nos iluminamos con creaciones que vienen a clasificarnos en buenos, malos, o mezclas de ambos. Electra es uno de estos patrones que, más allá de su propia historia, ha servido de marco para el desarrollo de teorías del comportamiento. Pero hoy no es día de hablar de Jung y sus estereotipos, por el contrario, es buen momento para celebrar la aparición de un nuevo ballet que recrea la quimera de la venganza protagonizada por dos hijos despechados.

Sandra Carrasco (cantaora) Inmaculada Salomón y Bailarinas del BNE © Jesús Robisco
Sandra Carrasco (cantaora) Inmaculada Salomón y Bailarinas del BNE
© Jesús Robisco

El Ballet Nacional de España sube a escena una versión particular de tamaña historia, ubicándola en la ruralidad racial de la península ibérica. No ha importado que el argumento diste más de dos milenios, el Mediterráneo, el nuestro, se apropia de cada partícula de la historia y la transforma hasta hacerla muy suya a la par de creíble. Con un prólogo, siete cuadros y un epílogo, la coreografía, a cargo de Antonio Ruz y Olga Pericet, nos introduce en el mundo trágico que una vez se desarrolló en otros lares. La historia no ha cambiado mucho, tras deshacerse de Agamenón, Clitemnestra vela por mantener alejada a su hija Electra de las ideas de venganza que le acechan. Para ello la casa con un humilde campesino que, sabiéndose no correspondido, no consume el matrimonio. Electra se encuentra con su hermano Orestes y deciden vengar la muerte de su padre, Agamenón, asesinado por su madre Clitemnestra y Egisto, su amante.

Los bailarines Esther Jurado, Antonio Correderas y Antonio Najarro en <i>Electra</i> © Jesús Robisco
Los bailarines Esther Jurado, Antonio Correderas y Antonio Najarro en Electra
© Jesús Robisco

En un escenario oscuro que se ilumina inteligentemente con la agradable conspiración musical de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, la trama se teje como si de una trenza se tratara. Los protagonistas, arropados por un cuerpo de baile armónico, pero aún verde en la sincronía, se deslizan para contarnos sus motivos y decisiones. Tanto Electra, en el cuerpo de Inmaculada Salomón, como Orestes, Sergio Bernal, dan color dramático a la puesta con una cúspide en esa especie de pas de deux con el que pactan sus destinos frente a la tumba Agamenón. También brilla el propio director de la compañía, Antonio Najarro, en su racial y virtuoso Egisto. Mas fue Esther Jurado, quien no escatima duende al encarnar Clitemnestra, la merecedora de los mayores halagos. Esta monumental artista se eleva en cada aparición por encima del resto, sin  crear un cisma con el conjunto, pero distinguiéndose. Tampoco ha pasado desapercibida la voz y dramatismo escénico de la cantaora invitada Sandra Carrasco, guía-oráculo que nos lleva de la mano en cada momento.

Con esta Electra el Ballet Nacional de España vuelve reivindicar su lugar en la escena española. Como si un texto del gran Lorca fuera, Electra irrumpe, gira, no se quiebra. Con ella, quizá, sea menos notoria la ausencia de aquella Medea, hoy perdida.