Mahler es el compositor que como ningún otro ha sabido bordear el abismo, dejándonos con la duda de si precipitaba en él o accedía a alguna forma de salvación. Su breve y concitada vida lo dejó apenas a unos pasos de la descomposición de una cierta Europa y su producción musical adelanta algunas de las rupturas más radicales que acontecerán solamente unos años más tarde. Esta conjunción de lo personal y lo musical en el compositor austriaco es fundamental para entender piezas como las que sonaron anoche de la voz y las manos de Christian Gerhaher y Gerold Huber.

La selección de Lieder se articuló como un círculo con sabor a despedidas, desencuentros y matices erráticos, como si “un artista hubiera esparcido polvo de jade sobre los finos pétalos”, según nos dice Der Einsame im Herbst, que abrió el recital. Y es que desde las primeras notas de Huber, nos sentimos ya transportados hacia un mundo de rarefacción, de motivos lejanos (la artificial y al mismo tiempo original China musical de Mahler) pero de incertidumbre y angustias muy humanas. Así lo deja entender Gerhaher a partir del primer verso cantado, con una afinación exquisita y con un fraseo y modulación expresivos. Blicke mir nicht in die Lieder y Ich atmet’ einen linden Duft mostraron otro registro del barítono alemán, más resuelto y vivaz, donde brilló por una notable dicción y la recreación de un mundo de encanto; volvieron los tonos más sombríos en Um Mitternacht donde Gerhaher supo imponerse en la estrofa final, sobre los grandes acordes del piano, con una voz firme y contundente. Igualmente se ofreció una lectura refinada y sutil de Liebst du um Schönheit y Ich bin der Welt abhanden gekommen, construidos con gran equilibrio y serenidad. Revelge y Der Tamboursg’sell mostraron la faceta grotesca de Mahler y los momentos más pujantes de Gerhaher, así como la pericia de Huber que pudo lucirse con una parte pianística brillante y de grande eficacia.

El pianista Gerold Huber y el barítono Christian Gerhaher en el Teatro de la Zarzuela © Rafa Martín | Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM)
El pianista Gerold Huber y el barítono Christian Gerhaher en el Teatro de la Zarzuela
© Rafa Martín | Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM)

Tras el descanso –y un Nicht Wiedersehen para volver a recrear la atmosfera– aguardaba un reto imponente: Der Abschied, que cerraba el recital y también la propia Canción de la Tierra, y prácticamente la producción musical de Mahler. Y puede que sea el lugar adecuado para resumir las virtudes y fortalezas del dúo Gerhaher/Huber, que, como el lector habrá podido intuir, son incontestables. En primer lugar, la labor de Huber: en este lied como en los precedentes, tuvo una tarea notable. Estas piezas, que conocen también una versión sinfónica, presentan una notable complejidad armónica y tímbrica, sometidas como están a la constante comparación con su versión orquestal. Por otro lado, la versión pianística muestra de forma límpida y trasparente y si el pianista está a la altura –y Huber ciertamente lo estuvo– no desmerece absolutamente en comparación con la riqueza de la tímbrica instrumental. El pianista tiene, por ende, grandes responsabilidades y con ello un grado de implicación en la interpretación que no siempre se da en el repertorio liederístico. Ligado a este aspecto, hay que destacar la solidez del dúo: hay un trabajo común y constante entre los dos que trasluce en la elección y organización del programa, en la estructura de las piezas con un notable cuidado por las dinámicas, los tiempos, los gestos de entendimiento.

Y finalmente, lo que resulta el elemento imprescindible: la voz. Ciertamente se podría afirmar que hay voces más potentes que la de Gerhaher, voces más cristalinas y tal vez incluso voces más bonitas (aunque habría que acotar el significado de uno de los adjetivos más abusados e indeterminados que existen). Pero lo que hace de Gerhaher, uno de los cantantes más apreciados en este repertorio, no son singulares virtudes o parámetros. Al contrario, su voz puede incluso parecer rota y sufrida, porque en efecto está marcada por el texto que atraviesa al propio Gerhaher y que emanan impregnadas de una comprensión profunda de los versos. Por ello, más allá de las cualidades técnicas –que en todo caso, no quepa duda, son bien solventes– Gerhaher impresiona por su capacidad de ajustar su interpretación a lo que está cantando: ninguna palabra carece de sentido e intención, ninguna nota es emitida sin meditar su relación con lo que expresa. Significante y significado están sólidamente entrelazados y en eso consiste la magia de Gerhaher: capaz de evocar imágenes casi impresionistas en las primeras estrofas de este Der Abschied y luego perderse, casi en una voz interior, ensimismado y desesperanzado en la evocación de ese “desleal amigo” hasta el grito susurrado –valga el oxímoron– de ese Ewig final.

No hay forma más sublime de desesperación que la de estas canciones de Mahler y no hay, probablemente, belleza mayor que la que consiste en expresar esa desesperación con tanto compromiso, seriedad y lucidez como la que ofrecen Gerhaher y Huber. Una combinación sin duda arrebatadora, gracias a su capacidad de ligar reflexión y conmoción, de traer al presente la mirada nostálgica, en los pliegues del abismo, de Gustav Mahler.

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