No pintaba mal el 2020 en lo que a homenajes se refiere. Antes de que todo se torciera por el sempiterno conflicto sanitario ya habíamos programado un fantástico año Beethoven. Tal vez haya sonado menos el de Pérez Galdós. Recordamos este año el centenario de su fallecimiento en Madrid, alguna exposición, la atribución de su nombre a una Biblioteca Municipal, y además el reencuentro con Marianela en el Teatro de la Zarzuela, eso sí, en la adaptación para la escena de Serafín y Joaquín Álvarez Quintero. Nos referimos a la Marianela de Jaime Pahissa, estrenada en 1923 en Barcelona, y prácticamente olvidada por nuestros oídos patrios; los argentinos han gozado más de esta gran obra, pues el compositor, se marchó a esas latitudes cuando estalló aquí la Guerra Civil.

Cuesta entender, a decir verdad, cómo este compositor tan completo pasa desapercibido en general por nuestra historia de la música, pues reúne en un solo carácter lo mejor del sinfonismo posromántico y de las vanguardias europeas, sin desterrar el lirismo y el elemento tradicional. Cualquier interesado de la orquestación o del sinfonismo haría bien en estudiar esta composición. Así parecía sugerirlo el director Oliver Díaz, cuando al término del concierto, mostró al público su copia de la partitura. Este, comprendiendo el gesto, reconoció generosamente al compositor.

Los protagonistas Simón Orfila, Adriana González, Alejandro Roy y Luis Cansino
© Javier del Real | Teatro Real

Claro, que al compositor no se le reconoce si quienes interpretan su música no efectúan un trabajo extraordinario. No cabe duda de que el maestro Oliver Díaz ha sabido expresar el tremendo conflicto de la trama proyectando un discurso narrativo que siempre apuntaba hacia delante, manejando con lucidez las dinámicas estructurales del libreto y los vaivenes expresivos de la orquestación. Hay que señalar que esta no es una obra de escenas, sino de actos completos que deben ser meticulosamente organizados para que el espectador no se despiste echando de menos puntos de reposo. Tampoco abundan las grandes arias de lucimiento individual que, generalmente, arrancan aplausos y detienen el devenir de la historia. Esta va resuelta, construyendo el drama de principio a fin, y Díaz supo mantener el orden del pulso aún cuando las ovaciones irrumpieron al término de alguna intervención solista, condicionando la continuidad.

Adriana González en el papel de Marianela
© Javier del Real | Teatro de la Zarzuela

Cabe señalar, también, que la obra se representó en versión concierto. Esto siempre es un problema que afecta al devenir de una historia concebida para la escena, y que debe ser afrontado por una dirección eficiente y por una orquesta hábil. La obra trata graves dificultades emocionales que requieren, sin duda, una orquesta que provea el clima sonoro más propicio para el desenvolvimiento dramático de los cantantes. Sacarla del foso favoreció al impacto sonoro proyectado por la formación. Es un gran mérito de todo el elenco, sin duda, cuando en una ópera no se echa en falta el decorado.

Le faltó algo de carácter al coro, suponemos que por la lejanía respecto al público y por la distancia respecto a sus componentes, pero también porque no abundan en la obra sus intervenciones y estas, realmente, no modifican gran cosa el curso de la trama. Recayó, pues, el peso del elemento vocal en los solistas principales, y particularmente en Alejandro Roy, que interpretó a Pablo, el personaje ciego que tras recobrar la vista siembra (el hombre sin saberlo) la tragedia, al quedarse prendado de su prima. No olvidaremos el momento en que al salir de las sombras exclama “¡Qué abismo habéis abierto delante de mí!”, midiéndose en igualdad a una orquestación apropiadamente desquiciada para el episodio.

El tenor Alejandro Roy en el papel de Pablo
© Javier del Real | Teatro de la Zarzuela

También se lució más de una vez Luis Cansino, el médico milagroso, buscó el aplauso y el público se lo otorgó con generosidad. Adriana González y Paola Leguizamón llevaron el peso expresivo, y aun cuando no hubo representación, supieron conferir a sus personajes la psicología del conflicto: la primera con la aceptación de un destino desafortunado, y la segunda con la expresión de una ingenua generosidad. Simón Orfila sobresalió sin duda, no solamente por la calidad de una proyección vocal que todos compartían, sino por la calidad de una dicción ejemplar, muy apropiada para un personaje que en cierto modo hace las veces de narrador de la historia.

Así que sobresaliente, como ven, este gran esfuerzo de recuperación de una ópera que ya no debe faltar en nuestros teatros, y de un compositor al que hay que otorgarle por méritos un lugar más alto en nuestra música. No se nos olvida mencionar el interesante artículo firmado por Emilio Casares Rodicio en el programa de mano, ni el espectacular y acertadísimo diseño gráfico del mismo, realizado por Javier Díaz Garrido.

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