Ya con Daniel Bianco como director general del Teatro de la Zarzuela se presentó La del soto del Parral, segundo título de la temporada y que forma parte de una política de programación que parece alternar las recuperaciones de primer orden (como Galanteos en Venecia) con la puesta en escena de zarzuelas de gran repertorio. La obra es, si se quiere, un elogio de aldea y menoscabo de corte, con un ambiente rural aligerado con humor y un drama algo arrinconado que, más que hacerse manifiesto, se intuye a la vuelta de la esquina en cada escena, a cuenta de las difíciles cortapisas morales que imprime el ambiente campesino. La música es inspirada, entre lo regional y lo italiano, y el libro atesora algunos aciertos notables como el personaje de Angelita, versión patria de la futura Rebecca de Hitchcock, que monopoliza la trama sin aparecer en ningún momento por escena. El resto del reparto lo conforma un catálogo de antihéroes agrarios que no son otra cosa que arquetipos de Comedia dell’Arte trasladados al mundo campesino.

Escena de <i>La del soto del Parral</i> en el Teatro de la Zarzuela © Fernando Marcos
Escena de La del soto del Parral en el Teatro de la Zarzuela
© Fernando Marcos

La escenografía, creada por Amelia Ochandiano, actualizaba la que ya hizo en la Zarzuela en la temporada 2010/11, y aunque no es un dechado de imaginación en cuanto a movimiento escénico, es bella y evocadora como cuadro fijo por el que evolucionan sus personajes. Su apuesta por integrar en el mundo agrario los elementos naturales, que siempre adquieren una enorme trascendencia sobre las tablas por encima de cualquier otro efecto especial, funciona como motor durante más dos horas sin dar síntomas de fatiga. La romanza de Germán bajo la lluvia fue lo más redondo de la noche a nivel visual, subrayada por el repiqueteo del agua sobre el escenario y manifestando en primer término la realidad bucólica a la que alude.

El montaje también tuvo alguna escena menos acertada, como "¿A la consulta se puede entrar?". No se le debe exigir a una obra que se adelante a su tiempo en cuanto al concepto de mujer que presenta o en la manera en la que se abordan los tics de corte machista del género; pero sí se le puede pedir algo más de tacto en la puesta en escena de estos paradigmas del pasado que la que vimos, sin tener por qué abandonar el tono costumbrista general del paisaje. 

En lo musical, el aspecto vocal estuvo cuidado, con un trío protagonista de nivel donde se incorporó a última hora con naturalidad César San Martín, por indisposición de Javier Franco. Alejandro Roy en el papel de Miguel desplegó su enorme fiato y su buen sentido musical, llevando un número tan exigente como "Mintió su cariño" a buen puerto. Saioa Hernández (Aurora) propuso un personaje melancólico sin llegar a lo atormentado, bien construido dramáticamente y huyendo de sobreactuaciones, lo que facilitaba las transiciones a los números humorísticos. El Germán de César San Martín funcionó con la química suficiente con el resto del reparto y se aprovechó de un papel que prima el registro medio y grave, lugar donde el barítono arropa la voz muy bien con armónicos natural. El coro coqueteó con una ruptura de la cuarta pared pero sin llegar a consumarla, moviéndose tanto dentro como fuera de la escena para intentar solucionar el siempre problemático desplazamiento de la masa coral sobre un escenario sin apenas fondo. Buen nivel general en sus intervenciones y trabajado equilibrio tímbrico, destacando la escena inicial bajo el campanario.

© Fernando Marcos
© Fernando Marcos

La dirección musical corrió a cargo de Martín Baeza-Rubio, que llevó la partitura en ocasiones con fogosidad excesiva, pero siempre dentro de un buen sentido dramático y gusto por lo melódico. Las músicas populares no perdieron su esencia y los concertantes transmitieron la sensación de multitud que el libreto precisa. La ORCAM parece haber subido un escalón su rendimiento esta temporada, y en obras instrumentadas con gusto como es el caso, se agradece muy especialmente. La dificultad principal a nivel orquestal radica en que la música de Reveriano Soutullo y Juan Vert tiene pretensiones puccinianas en algunos rincones, contrapuesta a los arcaizantes colores regionales, y mantener esa mezcolanza  con coherencia fue el principal mérito de orquesta y director.

El público recibió la obra con aplauso, en particular para Alejandro Roy, y sumó un nuevo éxito a una temporada que parece ir bien orientada.