Era difícil, por no decir imposible, anticipar la música que nos traería Tabaré al escenario del Teatro de la Zarzuela en su reestreno más de un siglo después de su última interpretación. La que podríamos denominar como la obra más ambiciosa de Tomás Bretón y, sin duda, también como la más ecléctica, supone un compendio de influencias operísticas que se reúnen en una partitura enorme, de gran complejidad tanto vocal como instrumental con la que el reparto del Teatro de la Zarzuela lidió como buenamente pudo.

Marina Pinchuk, Luis López Navarro, Maribel Ortega, Alejandro del Cerro
© Elena del Real | Teatro de la Zarzuela

Ramón Tebar, director artístico, sudó la gota gorda tratando de acompasar los ritmos imposibles que Bretón crea para representar el choque entre dos culturas que supuso la Conquista de América, así como para crear momentos de gran tensión. En esta idea de una gran obra en constante tensión, en constante movimiento es donde podemos apreciar claramente la influencia wagneriana de Bretón. Un Wagner que también pudimos ver en las extensas líneas vocales que abordaré más adelante. El tratamiento de la cuerda, mezclando ritmos y creando continuos que cimientan complejas estructuras armónicas no puede sino recordarnos a la instrumentación de Mahler, mientras que el tratamiento de los vientos, con líneas más cortas ornamentales y de carácter exótico, nos remite a Bizet, Delibes y los impresionistas franceses. Todo un compendio, como anticipaba, de lo que Bretón podría haber escuchado y estudiado durante el medio siglo que precede al estreno de Tabaré convertido en una ópera en español.

En el coro, pudimos ver también ver guiños a otros géneros, en este caso, a la ópera rusa en cuanto al uso de este como un personaje más de la trama que representó en el primer acto al pueblo charrú. Aunque no siempre estuvo bien balanceado y funcionó mejor el coro solamente masculino en los actos posteriores, Antonio Fauró supo captar la esencia de lo que quería Bretón y hacer que el coro así lo trasmitiera mostrando un gran dinamismo, que fue lo más reseñable de los números de conjunto, repletos de personajes e intervenciones vocales. También a la ópera rusa nos remite la potente entrada que nos brindó con su aterciopelada voz de bajo Luis López Navarro en el papel de Siripo. Sin embargo, fue solo el comienzo de un acto que destacó por su constante crescendo tanto en intensidad, como en volumen. Juan Jesús Rodríguez nos ofrecería un Yamandú aún más autoritario y fuerte que obligaron a Andeka Gorrotxategi a entonar con mayor fuerza y con una línea firme y que demostró gran fiato su presentación en el primer acto. Un acto que termina con una impactante escena de guerra en la que no se echó en falta escenografía, pues ya solo la música nos hace saltar con agilidad de una voz a otra.

Juan Jesús Rodríguez y Andeka Gorrotxategi; Ramón Tebar al frente de la Orquesta y Coro titulares

Fue esta la entrada para los soldados españoles caracterizados por David Oller, Ihor Voievodin, César Arrieta y Javier Povedano. Los cuatro funcionaron muy bien en conjunto, dotando de gran agilidad y dinamismo al segundo acto. Mención aparte merece su capitán, Gonzalo, interpretado por Alejandro del Cerro que destacó ya en su presentación por un excelente sentido de la musicalidad en la construcción de la melodía y que funcionó también muy bien en los números de conjunto, de entre los que se debe destacar la plegaria hacia el final del segundo acto. Un número de estructura coral en el que Maribel Ortega, Marina Pinchuk, Luis López Navarro y el propio Del Cerro demostraron una gran capacidad de cohesión, sabiendo, sobre todo este último destacar los breves ornamentos de carácter solista. La voz de Maribel Ortega estuvo algo apretada en el segundo acto, pero en el tercero nos ofreció unos agudos mucho más sonoros y vibrantes. Una pena que fuese este un acto problemático para un Andeka Gorrotxategi al que, bien por el cansancio vocal de un papel de Tabaré sumamente ambicioso o por alguna flema que inoportunamente se alojó entre las cuerdas vocales —lo que explicaría su constante necesidad de beber agua—, no pudo estar a la altura de su compañera, mostrando una voz un tanto estrangulada.

La escena final resulta un buen resumen de la obra. Llena de acción y con una intensidad creciente que nos dirige con la fuerza de un torrente hacia un extasiante final trágico al más puro estilo de Cavalleria rusticana repleto de sonido y emoción.

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