“Tienes que saber que nací no para compartir con otros odio, sino para compartir amor”. En la tragedia de Sófocles increpa Antígona de este modo a Creonte, por haberla hecho prisionera e impedir dar sepultura a Polinices, adversario hostil y enemigo del reino tebano. El amor, sentimiento que hace iguales a los seres humanos, es el motor de esta versión coreografiada por Víctor Ullate y Eduardo Lao con motivo de la 65 edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, cuyo estreno absoluto tuvo lugar el 19 de julio. Amor, en definitiva, porque la grandeza de sus pasiones hace “esclava” a Antígona, pues no hay mayor tragedia que morir por amor.

<i>Antígona</i> por la Companía de Víctor Ullate © Jero Morales
Antígona por la Companía de Víctor Ullate
© Jero Morales

Lucía Lacarra es quien encarna con justa devoción las conmovedoras adversidades a las que está sometida Antígona. Su silueta es el prototipo codiciado de la bailarina clásica, de líneas infinitas, delicado equilibrio y virtuosa técnica. Aunque, estos atributos no habrían bastado, si en su incursión interpretativa no hubiese permitido explorar todas las parcelas del ser que Antígona compone, así como tampoco acompañarla en su desahogo emocional. En la otra cara de su universo, está Josué Ullate, el Hemón enamorado. El fulgor atlético de su técnica concede pas de deux en los que las extensiones hacen proyectar las extremidades de ambos, portés de atisbado erotismo y solos donde su cuerpo opta por desafiar a la gravedad en los saltos.

En la organización dramatúrgica de la obra, Ullate y Lao no se detienen tanto en reproducir los entresijos de la jurisdicción ateniense, ­debatida en el conflicto entre el poder político y el divino. En cambio, el excelso ego de Creonte y Antígona, como personajes centrales de la disputa trágica, se dispersa cual aureola inherente al imaginario mítico entre las distintas realidades: la de Edipo, la de Yocasta, la de Tiresias, la de Ismene, la de Eurídice, la de Polinices y la de Eteocles. Se podría decir que resulta una presentación nítida de sus designios vitales, pero en la recepción del material coreográfico, se tiende a desviar la intensidad argumental del prototipo clásico concentrado en la figura protagónica de Antígona.

Lucía Lacarra (Antígona) y Josué Ullate (Hemón) © Jero Morales
Lucía Lacarra (Antígona) y Josué Ullate (Hemón)
© Jero Morales

Los antecedentes de la historia son más que un eco alejado del pasado y, el ballet, comienza con una escena dedicada a la anagnórisis de Edipo y Yocasta, cuyos roles están interpretados por Cristian Oliveri y Martina Chávez. La teatralidad danzada de su encuentro, algo introvertido, aunque correcto, ya había sido repuesto por Martha Graham en Night Journey (1947). En ambos casos, Edipo se arranca los ojos frente al espectador en contra de la preceptiva aristotélica. Un castigo ejemplar el de la ceguera, también para Antígona, que hace de lazarillo de su padre. La falta biológica de visión, simboliza para los griegos el conocimiento, la sabiduría, la revelación divina. De ahí que el oráculo Tiresias –Dorian Acosta−, caracterizado con bastón y túnica desgastada, sea la fuente del porvenir clarividente. Por ello adopta el papel de aquellos bailarines de carácter del siglo XIX, donde predomina la mímica.

La corporalidad coreográfica del lenguaje que cuenta este relato mitológico, preserva los principios del ballet, pero también permite la incursión de otros matices: por las pequeñas contracciones del torso, el uso del suelo como recurso expresivo o la gestualidad de manos y brazos que gritan con dolorosa aflicción el trance que persigue a sus protagonistas. En Antígona el contoneo de caderas y hombros, la majestuosidad del gesto y la musicalidad en la interferencia cuerpo y armonía, remiten a la sombra oriental que tanto caracterizó a Maurice Béjart, una de las principales influencias para Ullate. Una danza también fotográfica, que enmarca con quietud escultórica cuadros que esperan, en un breve lapso temporal, a ser fijados en la retina. La India también aparece retratada en la iluminación −diseño de Luis Perdiguero−, con hermosos cenitales que dibujan en el suelo mándalas, proyectadas también entre luces y sombras sobre el cuerpo de los bailarines.

Lucía Lacarra (Antígona), Josué Ullate (Hemón), Martina Chávez (Yocasta) © Jero Morales
Lucía Lacarra (Antígona), Josué Ullate (Hemón), Martina Chávez (Yocasta)
© Jero Morales

El colorismo de los vestidos bocetados por Iñaki Cobos, no es casual y para las figuras de Hemón, Antígona, Ismene, Edipo y Yocasta, se utiliza el púrpura. Un tono que, en la Antigüedad, estaba tan sólo presente en un molusco fenicio, símbolo místico de armonía, poder y sabiduría. Su corte, de ligereza aérea, es sencillo, pero sin llegar a la austeridad, lo que favorece la percepción visual de la coreografía y concuerda con la escenografía. Tan solo una gran cantidad de bidones de aspecto industrial y oxidado, apilados unos sobre otros, son suficientes para construir el espacio. Además de incrementar las entradas y salidas de los bailarines, sirven de “ventana traslucida” por la que hacer pasar luz, así como de trono, de lugar elevado sobre el que ejercer poder, de cadalso y de lecho de muerte.

Ahí se ahorcará Antígona, tras haber interpretado con sublime intensidad un solo en el que aflora todo su dolor, desprendiendo emoción por cada mirada, cada gesto y cada movimiento. El eco de su amor por Hemón no le evita el suicidio. Su acto desencadena más muerte, la de Hemón y la de Eurídice, madre de este, ambos inmolados con el mismo puñal por la consternación de ver apagada la luz que guía su camino.

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