Llegó a Madrid una de las citas más esperadas de la primavera, con nada más y nada menos que L’Orfeo de Claudio Monteverdi, interpretado por uno de los grupos que más se ha volcado en la música del compositor de Cremona en los úlitmos años, Les Arts Florissants. El público de los Teatros del Canal presenció una de las producciones más fieles de las últimas décadas a lo que habría sonado originalmente de esta favola in musica de 1607.

<i>L'Orfeo</i> de Monteverdi a cargo de Les Arts Florissants © Philippe Delval
L'Orfeo de Monteverdi a cargo de Les Arts Florissants
© Philippe Delval

Como bien argumenta en las notas al programa Paul Agnew, que en esta producción tiene la triple faceta de cantante, director musical y director de escena, su intención era la de recrear cómo habría sonado en su estreno en un salón del palacio de Mantua; para ello, utilizó un conjunto reducido de músicos, alejándose de las propuestas que se orientan hacia una dimensión y sonido más 'sinfónico': tan solo dos violines, dos violas, flautas y trombones, y dos grupos de continuo formados cada uno por archilaúd, viola da gamba / violone, y clave / órgano / regal. En cuanto a los cantantes, Agnew también apostó por un mínimo de personal, ya que los mismos solistas realizan los coros de la ópera (de nuevo, como se realizaba originalmente). En cuanto a la puesta en escena, decidió incluir a los propios instrumentistas en ella, formando una magnífica unidad, con los menores recursos de atrezo y escenografía, pero recreando ese ambiente pastoril de la ópera, basándose en iconografía de la época.

Massimo Moscardo (archilaúd) y Cyril Auvity (Orfeo) en una escena de <i>L'Orfeo</i> © Philippe Delval
Massimo Moscardo (archilaúd) y Cyril Auvity (Orfeo) en una escena de L'Orfeo
© Philippe Delval

El reparto estuvo formado casi en su integridad por jóvenes cantantes habituales en las producciones del conjunto francés. Destacable fue la labor de Cyril Auvity en el papel de Orfeo: se trata sin duda de uno de los papeles más complejos y de mayor carga de la historia de la ópera. La segunda parte le pertenece casi en su totalidad. Debido al amplio registro del papel, lo pueden interpretar tanto tenores como barítonos. En el caso de Auvity, tenor, mostró gran solvencia en los graves aplicando el concepto de 'recitar cantando' que Monteverdi crea. Auvity se lució en escenas como el lamento "Tu sei morta" o el complicadísimo, tanto en agilidades como en afecto textual, "Posente espirito". Se trata de una voz limpia como muchas de las que componen el conjunto francés, siempre sujeta a las cualidades afectivas del texto. Hannah Morrison, en los dos papeles que encarnó (Euridice y el archifamoso prólogo de la ópera, La Música), con una voz no demasiado grande, se encontró totalmente dentro del estilo, sin acometer demasiadas agilidades u ornamentaciones fuera de lo que está escrito, como hicieron gran parte de los cantantes, para ofrecer este Orfeo íntimo y emocionante.

Hannah Morrison, Thomas Dunford y Paul Agnew © Philippe Delval
Hannah Morrison, Thomas Dunford y Paul Agnew
© Philippe Delval

En cuanto al conjunto instrumental, cabe destacar los dos grupos de continuo, muy imaginativos y creativos. La labor de Marie Van Rhijn y Florian Carré en los instrumentos de teclado (este último también desempeñando algunas labores de dirección) fue segura y precisa, así como la de Thomas Dunford y Massimo Moscardo en los archilaúdes, realizando numerosas glosas y ornamentaciones (tal vez se les puede achacar el abuso de este recurso, a veces perdiéndose el carácter de instrumento de bajo continuo y no tan melódico y virtuoso, y emborronando el discurso). Nanja Breedijk creó momentos de gran belleza en las realizaciones con el arpa. En cuanto a los instrumentos melódicos, hay que resaltar la gran labor de tocar de memoria, al estar inmersos en la escena. En cada ritornello, sutilmente escrito y situado en la trama por Monteverdi, consiguieron captar su esencia.

Paul Agnew y Les Arts Florissants obraron un milagro en los Teatros del Canal, emocionando al público con este íntimo Orfeo, virtuoso en la transmisión de los afectos con extraordinaria belleza y sencillez, fieles al sentido original que le quiso dar Monteverdi, a la vez que aportaban su propio sello de creación e imaginación.

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