Madrid se humedece, pasa de una primavera atrevida al invierno tardío y con ello el ánimo decae. Pero no hay mejor alimento para alegrar el alma que la danza. Por estos días, desapacibles, como si de un propósito divino se tratara, el Teatro Canal programa una velada sin par. Béjart, el gran Maurice, ya no está, pero su danza flota sobre la ciudad para traernos la luz.

Cuatro son los “momentos” que el Béjart Ballet Lausanne nos regala. Comienza la noche con Le Mandarine merveilleux que tanto recuerda a los personajes de Fritz Lang. La argucia se apodera de la escena, cual cabaret berlinés, en la perdida Dusseldorf. No sabemos si asistimos a una escena de Metrópolis o contactamos con el pasado de la danza. ¿Por qué llamamos a esta coreografía ballet? La pantomima reina durante la corta media hora en el que se suceden los engaños perpetrados por la falsa chica, centro de la trama, y con ella el virtuosismo de cada bailarín se hace palpable en el empeño. Estrenada en 1992, esta coreografía de Béjart recrea una atmosfera enrarecida de la que nadie puede escapar. No hay puntas pero hay clásico, no hay estructuras reconocibles y la teatralidad cae cual telón cediendo a la dura gravedad.

<i>Boléro</i> de Maurice Béjart © Marc Ducrest
Boléro de Maurice Béjart
© Marc Ducrest

La noche avanza y el segundo momento lleva la firma del heredero, el actual director de esta compañía: Gil Roman. Tombées de la dernière pluie nos hace correr por un espacio ficticio que los elementos audiovisuales nos proporcionan. Quizá demasiado video y poca danza. En el escenario, un hombre y diez mujeres viven en el caos mientras se enfrentan a sus debilidades desde sus propias fuerzas. Por un momento la compañía abandona su otrora línea, la bailarina-Béjart, mezcla de monja y boxeadora, desaparece en las sombras de esta pieza de difícil clasificación. En la búsqueda de una fusión que no llega Roman intenta mostrarse solo en el camino, sin la mano del maestro, busca y rebusca un estilo… ¿lo encontrará?

Con Bhakti III, tercer regalo de la noche, nos reconciliamos con la compañía. Vuelve Béjart, el que experimentó y encontró. Esta coreografía, de inspiración hindú, nos revela la visión mística del genio y su interpretación del amor. Con exigente virtuosismo, la pieza explora los límites de la flexibilidad recreando las más diversas figuras que dos cuerpos, fuertemente dóciles, son capaces de mostrar. Aparentemente alejada de todo clásico esquemático, Bhakti III respeta la estructura de un pas de deux, indicando que la fuerza de lo nuevo no tiene por qué reñirse con lo ya establecido.

<i>Boléro</i> de Maurice Béjart © Marc Ducrest
Boléro de Maurice Béjart
© Marc Ducrest

Pero el final no se hizo esperar, el Bolero de Ravel, la creación para las tablas que redondeó la música repetitiva del insigne compositor, sube a escena. No es un secreto que Béjart con su Bolero volvió a la esencia de La consagración de la primavera, pero por fortuna supo dibujarla con otros tonos. La aparentemente imagen fría de una bailarina (Elisabeth Ros) que llena el espacio con brazos sutiles y piernas inteligentes, impregna cada átomo del ambiente. Ros flotó sutil y ágil, comenzó ligera, progresó segura y terminó endiosada. Gracias Béjart por dejarnos este Bolero

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