Como saben bien los que se enfrentan a la referencia inevitable de la lírica circense –Pagliacci– es difícil en estos tiempos recrear una historia de payasos dolientes, haciéndola conectar con el público y sin acercarse a lo risible. Las golondrinas, la producción con la que el Teatro de la Zarzuela ha comenzado su temporada, sale airosa tan solo a medias de este reto.

<i>Las golondrinas</i>, de Usandizaga, abre la temporada en La Zarzuela © Javier del Real | Teatro de la Zarzuela
Las golondrinas, de Usandizaga, abre la temporada en La Zarzuela
© Javier del Real | Teatro de la Zarzuela

Su responsable escénico, Giancarlo del Monaco, se decanta por una visión decididamente oscura de la obra de Usandizaga. La violencia de género en su lectura más contemporánea se muestra ya desde las primeras escenas. Su protagonista, Puck, se presenta como un villano maltratador sin demasiadas complejidades psicológicas y su contrapartida, Cecilia, abandona su faceta frívola y soñadora para ser tan solo asustada víctima. La propuesta acentúa la intensidad dramática a la vez que la reduce a una confrontación de malos y buenos, una simplificación que resta credibilidad a un libreto que la necesita. La escenografía de William Orlandi, en casi absoluta paleta de negros, dota a la acción de un envoltura siniestra, pero sin demasiada magia. No ayuda la dirección de actores de Del Monaco, desordenada y algo caótica, y la persistente presencia de malabarismos arbitrarios en el fondo del escenario. La atracción por lo evidente alcanza su cumbre en la pantomima, una magnífica oportunidad para introducir elementos de cierto calado, surrealistas u oníricos, que se limita a un número de magia de circo. Una propuesta, en definitiva, que no aprovecha las posibilidades de grandeza de esta ópera-zarzuela.

Algo muy diferente a lo que ocurrió en el foso. Lo mejor de la noche estuvo, sin duda, en el trabajo de Óliver Díaz. La composición está llena de agradables sorpresas y de unas complejidades que el director supo aprovechar bien. Consiguió realizar con éxito la siempre difícil combinación de intensidad y claridad. En los episodios más dramáticos, la sala se llenó de unas densidades orquestales evocadoras y teatrales, al tiempo que sacó lucimiento a la riqueza tímbrica de una partitura que, desde sus primeros compases, demuestra que es hija legítima del siglo XX. Pero su mayor logro fue respetar el carácter narrativo de la obra, la orquesta contó la trágica historia de la compañía circense, con más acierto que la escena. La célebre pantomima marcó el cénit de la noche, y como se ha dicho, el mejor momento para cerrar los ojos y dedicarse a disfrutar de sonidos suntuosos.

Los protagonistas de <i>Las golondrinas</i> Puck y Cecilia © Javier del Real | Teatro de la Zarzuela
Los protagonistas de Las golondrinas Puck y Cecilia
© Javier del Real | Teatro de la Zarzuela
El primer reparto ha sido muy elogiado desde el día de su estreno, nosotros asistimos al segundo reparto, que tuvo algunos buenos elementos y en general una actuación que llegó a lo satisfactorio. Raquel Lojendio ofreció un Lina en evolución. Comenzó ligerísima, cantando con buen gusto y delicadeza, en buena sintonía con el carácter ingenuo de su personaje, pero con una evidente falta de cuerpo en la voz y frecuentemente engullida por la orquesta. Según avanzó la actuación, aparecieron algunos tintes más líricos, muy necesarios para el papel. La Cecilia de Ana Ibarra marcó un acusado contrapunto vocal. De corte muy dramático y sacrificando la línea de canto y la homogeneidad tímbrica por los acentos trágicos, esta mezzo atrajo la atención en cada momento sobre el escenario. José Antonio López construyó un Puck oscuro, tiránico y maltratador desde el inicio, creíble –a pesar de los deslices de la dirección escénica– desde su primera aparición. Su voz es poderosa y rotunda, con una clara y excelente dicción pero, en su caso –aún más que en el de Ibarra– el canto legato estuvo totalmente ausente durante la actuación, solo asomando tímidamente en su pieza estrella "Caminar". Con dos poderosos instrumentos y respaldados por buenas dotes dramáticas, la pareja de protagonistas fueron actores que cantan, más que cantantes que actúan.

En definitiva, una actuación orquestal sobresaliente y la confirmación de que tenemos en Óliver Díaz el director musical que La Zarzuela se merece. Y, al menos en el segundo reparto, un comienzo discreto para la temporada con unas esperadas golondrinas que volvieron oscuras, aunque con falta de alturas en sus vuelos.

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