Una historia del siglo XVII para una zarzuela del siglo XX. Esa es la mezcolanza que se da en la obra recién rescatada por el Teatro de la Zarzuela para su temporada. La villana, con música de Amadeo Vives y libreto de Guillermo Fernández-Shaw y Federico Romero, se basa en la obra de teatro de Lope de Vega Peribáñez y el comendador de Ocaña. Estrenada en 1927 en el mismo teatro de la calle Jovellanos, está englobada dentro de un espíritu de profundo respeto hacia el siglo de oro que culminó con la Generación del 27 y su homenaje a Góngora. En el ámbito musical, Vives y Fernández Shaw ya habían hecho un primer acercamiento a la obra de Lope con Doña Francisquita, ambientándola en su época. El caso de La villana es más particular: respetan enormemente el texto y la trama de Lope, manteniendo en los diálogos bastantes secciones de la obra original, así como elementos musicales que nos recuerdan a una época pasada.

Escena de <i>La villana</i> en el Teatro de la Zarzuela © Javier del Real | Teatro de la Zarzuela
Escena de La villana en el Teatro de la Zarzuela
© Javier del Real | Teatro de la Zarzuela

La puesta en escena de esta nueva producción (la obra no se interpretaba desde 1983) fue a cargo de Natalia Menéndez, experta en las obras de teatro siglodorescas. Y así lo demostró, con una puesta de escena bastante austera y tradicional, situada dentro de la época de la obra original. A pesar de la distancia cronológica entre la obra original y la puesta en música del compositor catalán, los temas del abuso, la violencia o el vicio están presentes ya en el teatro del XVII, por lo que la trama se ajusta bastante a los ideales de la zarzuela de principios del siglo XX. Y Natalia Menéndez consigue plasmar esta dualidad de forma magistral en el escenario.

En cuanto a la parte estrictamente musical, el primer reparto, a pesar de contar con cantantes de primer nivel, no llegó a convencer. La villana, personaje protagonista, Casilda, fue interpretada por la mezzosoprano Nicola Beller Carbone con algunas dificultades en la zona grave del papel y texto poco comprensible. Los otros dos personajes principales, el villano, Peribáñez (Ángel Ódena) y el comendador (Jorge de Léon), ofrecieron una mejor interpretación. Debemos destacar la labor tanto musical como actoral de Ódena, con gran presencia teatral y dramática haciendo honor a su papel, y un timbre profundo y elegante. Lo mismo se puede decir del tenor canario. Jorge de León, ya asentado como uno de los grandes tenores líricos de la actualidad, realizó una labor actoral espléndida, con mucho dramatismo, y demostró tener la zona grave de su tesitura dominada, así como la aguda con un cierto timbre nasal. Rubén Amoretti, que encarnó los personajes de David y El Rey, cautivó al público con una una magnífica dicción y fraseo, así como gracia y chispa especialmente en el personaje de David. La ORCAM se mostró consistente bajo la batuta de Gómez Martínez, sin embargo faltó precisamente esa gracia, que aportó parte del reparto, especialmente los personajes cómicos. El coro demostró gran poderío y fuerza, a veces resultando demasiado fuertes y chilladas sus intervenciones.

Esta falta de lucidez se debe también a la obra en sí: nos encontramos ante una zarzuela en tres actos que no tiene ningún gran número, ninguna gran romanza, lo que también limita la interpretación y el seguimiento del público. A pesar de un libreto magistralmente adaptado como siempre son los de Romero y Fernández-Shaw, Vives no logró hacer una obra maestra al nivel de Doña Francisquita, tal vez intentando recrearse en capturar a esa España profunda, árida y austera del teatro de Lope. A pesar de esto, Vives nos dejó una obra de enorme interés y calidad. Bravo al Teatro de la Zarzuela por reponer obras no tan conocidas.