No está de más recordar que el término "réquiem" hace referencia a la misa de difuntos del rito católico, también conocida como misa de réquiem por su primer verso: Requiem aeternam dona eis, Domine (Dales, Señor, el eterno descanso). Sin embargo, el Réquiem de Brahms ni sigue la estructura de la misa, ni está en latín. Los textos de los siete números de la obra están tomados de la traducción alemana de la Biblia y la libre selección de estos pasajes tiene que ver con una reflexión sobre la muerte incluso más allá del contexto religioso. Como el propio Brahms dijo sobre el título: "Eliminaría de muy buena gana la palabra 'alemán' y, sencillamente, pondría 'a los hombres'".

Con esta obra como único número del programa, la Filarmónica de la Ciudad de México nos convocó a esta casi laica meditación sobre la muerte. Por tratarse de Brahms y de esta obra fui gustosamente a este concierto en una de las sedes alternas por las que itinera la Filarmónica esta temporada. Por el programa de mano y por la falta de pantallas supe que no habría supertitulaje y francamente lo eché en falta ya desde antes de empezar. Si bien la traducción de los textos venía incluida en los programas de mano, no es fácil mirar el papel en la sala en penumbra y, en mi opinión, por más que se sepa de qué va el texto, si no se conoce el idioma o se tiene la referencia visual, se pierde una parte importante de la experiencia.

El barítono Carsten Wittmoser
El barítono Carsten Wittmoser

Así las cosas, y con la sala casi llena, empezó la obra. Ese poderoso inicio que surge quedo de las cuerdas graves es cautivador. El director, con una gestualidad sobria y casi didáctica que guía visualmente por el entramado de voces instrumentales, resaltó el sonido de los contrabajos y el resultado fue sensorialmente interesante. Sin embargo, cuando se unió el coro, algo no ensamblaba bien. No sé si era la sala o el tamaño del coro, pero, sobre todo en los pianos y en el registro bajo de las voces femeninas, parecía que la masa coral se separaba y no se establecía un buen diálogo con la orquesta. En cambio, en las secciones forte y en los registros medios y altos todo parecía ir mucho mejor. Los potentes pasajes de este réquiem no sólo sonaban bien conjuntados, sino que incluso el fraseo del coro y la precisión en los finales estuvieron muy correctos.

La aparición de los solistas, sentados al frente de la orquesta, representó una mejora general en la relación voces-orquesta. El barítono, Carsten Wittmoser, con una voz potente muy bien colocada y con una expresividad contenida propia de la profunda reflexión, nos guio por ese texto en el que la persona se pregunta por su destino final. Más adelante apareció la otra solista, la soprano Gabriela Herrera, que con un bello timbre oscuro, no tan potente, pero muy claro, dio voz al consolador mensaje del quinto número. Quizá fue aquí donde mejor se pudo apreciar el diálogo entre solista, orquesta, los pequeños solos instrumentales y el coro.

Gabriela Herrera
Gabriela Herrera

Como el arco en que está construida la obra, esta interpretación alcanzó su mejor momento en los números centrales. En la fuga del VI volvió esa sensación de falta de ensamble que inquietaba un poco, pero se recuperó el rumbo y pudimos llegar a un disfrutable número final.

Fue una experiencia irregular pero sin duda hubo momentos emocionantes. Y como siempre que oigo Brahms, su meditación sobre la muerte quedará resonando en mi cabeza varios días.