La Sinfónica Nacional se unió al festejo del 100 aniversario del nacimiento de Leonard Bernstein, una celebración mundial que ha congregado a diversas organizaciones (#BersteinAt100). Así, en esta propuesta la OSN rindió homenaje al célebre compositor, y aún más célebre director, ofreciéndonos un programa con una selección de sus obras, con la interesante excepción de La pregunta sin respuesta, obra de Charles Ives que está fuertemente ligada a la vida artística de Bernstein (no es gratuito que sus conferencias de la cátedra Norton en Yale llevaran el mismo título que la obra). Además de dirigirla y hacer unas interesantes interpretaciones de su significado musical, a Bernstein se le atribuye, nada menos, haber sido quien redescubrió a este genial compositor norteamericano.

No suele programarse a Charles Ives por estos rumbos, así que la propuesta de este concierto tenía ese incentivo adicional. La pregunta sin respuesta es una obra a la que me rindo desde la primera vez que la oí. No solo atesoro esa primera inolvidable escucha, sino la sensación de admiración que trajo consigo. Nunca la había oído en vivo y esta parecía una muy buena oportunidad. La propuesta de la OSN respetó la dotación instrumental que sugiere en primer lugar el compositor: cuerdas, cuatro flautas y trompeta. Se optó por que esta última estuviera fuera del escenario para tratar de equilibrar los tres planos sonoros de la obra. Es de destacar el pianísimo invariable de la cuerda y el buen trabajo de los cuatro flautistas, así como la enunciación nítida de la trompeta formulando “la pregunta de la existencia”. Sin embargo, no se consiguió que el ensamble fuera del todo equilibrado. Al menos desde el punto de escucha donde yo me encontraba, la trompeta resultó demasiado lejana, y por lo tanto no lo bastante incisiva en su cuestionamiento. Siempre sostengo que la experiencia de la música en vivo es insustituible y lo creo firmemente. Sin embargo, quizás esta sea una de esas piezas que tienen un mejor resultado bajo la magia del estudio de grabación donde su puede jugar con mucha precisión con el equilibrio entre planos.

El flautista Adam Walker © Christa Holka
El flautista Adam Walker
© Christa Holka

Terminada la fascinante obra de Ives nos desplazamos al mundo musical de Bernstein y para hacerlo llegó el invitado especial del día: el flautista Adam Walker, que emprendió Halil imponiendo su presencia con un inicio potente sobre la orquesta, con un sonido robusto, pero sobre todo con una cuidadísima construcción de frases largas en las que parecía no respirar nunca, acompañado de un fraseo corporal que completaba la experiencia. Obra complicada y poco frecuentada, en su flauta se oía fácil y familiar, pero también conmovedora y con un sonido adecuado para lo que narraba a través del instrumento: la experiencia de la guerra. Si el sonido y el fraseo fueron espectaculares en este nocturno para flauta y orquesta, en el encore la experiencia se intensificó en su versión de Syrinx de Debussy. Acompañándolo destacaron los otros protagonistas de la noche: las flautas de la orquesta, que hicieron un excelente diálogo con el solista y, sobre todo, el nutrido grupo de percusiones, que no dejó de hacerse notar en el resto del concierto.

La segunda parte inició con la Obertura Candide, que no consiguió entusiasmarme, aunque fue una correcta interpretación, pero le siguió lo que sin duda fue el mejor número de la sinfónica: las Danzas sinfónicas de West Side Story. Con una orquestación generosa que propicia el lucimiento de todas las secciones, pudimos disfrutar plenamente del solo de flauta, unos metales bien presentes, los contrabajos (que pocas oportunidades tiene de lucirse como sección) y del excelente trabajo de los percusionistas. Todo esto puntualmente comandado por un invitado frecuente y siempre bienvenido, Andrés Salado, que, con una precisión rítmica destacable y un involucramiento con la música y la orquesta tan intenso que hasta perdió la batuta (que salió volando por los aires en un momento de emoción gestual), consiguió uno de esos momentos de gozo musical compartido por músicos y público.

Una nota final. West Side Story no es solo una modernización de la eterna historia de Romeo y Julieta: también es una historia de choques culturales, disputas raciales, inmigración, violencia, y de las aspiraciones por alcanzar el sueño americano. Al ser además una obra con contenido e intenciones políticas, no está de más recordar con su sonido que hoy ser inmigrante latino en Estados Unidos no es ningún sueño. Ningún mambo puede hoy musicalizar esas vidas.