La Orquesta Sinfónica de Navarra, bajo la batuta Michal Nesterowicz, ofreció un concierto muy especial el pasado jueves, en el que el centro de atención cayó sobre la aterciopelada voz de la soprano ukraniana Olga Pasichnyk a través de un programa que nos llevó del s. XVIII al XX.

La soprano Olga Pasichnyk © B. Wielgosz
La soprano Olga Pasichnyk
© B. Wielgosz

La obertura de La flauta mágica, de Mozart, fue la pieza que, como una brisa fresca, daba el empujón inicial a la velada. El carácter brioso de la pieza fue magistralmente llevado a cabo por los instrumentos de viento y su intervención estuvo muy lograda, y especialmente bien pautada. Su precisión se vio respalda por toda la orquesta al ligar esta brillante fuga.

La entrada en escena de la soprano Olga Pasichnyk nos trasladó a finales del s. XX. Los diez poemas de Robert Desnos musicados por Lutoslawski llenaron la sala de sonoridades metálicas y graves con las que se mezcló la voz penetrante de la soprano ucraniana. Pasichnyk estuvo a la altura de una partitura compleja que requiere un esfuerzo vocal continuo. Lució una técnica que le permitió sostener las notas agudas, modular los crescendi y pasar con agilidad al registro más grave. La voz de la soprano empastó a la perfección con la sonoridad de la orquesta y la coordinación entre instrumentistas y cantante fue muy equilibrada. Sin lugar a dudas, la elección del ciclo Chantefleurs et Chantefables fue una opción muy interesante y una manera de disfrutar del talento de la soprano ucraniana que, después del descanso, volvió al escenario para cantar el aria "Bella mia fiamma", K528, de Mozart.

La Sinfonía núm. 6 de Sibelius fue menos impactante que la composición anterior de Lutoslawaski. El arranque suave de la obra de Sibelius generó una sensación placentera y relajada. Junto al clarinete y a las flautas, el oboe volvía a ser uno de los protagonistas. Muy marcada por el director fue también la breve, pero audible, intervención del arpa, y magistral la precisión, en todo momento, de las cuerdas. Muy lograda fue la encadenación de las repeticiones entre los diferentes sectores de la orquesta, acabando en un crescendo armónico inmediatamente interrumpido después por la vuelta a la calma.

En su conjunto, la Orquesta Sinfónica de Navarra no decepcionó y mostró una vez más su versatilidad tanto en géneros musicales, como ante los diferentes directores que se han puesto al frente. En lo que se refiere a Nesterowicz, su dirección fue delicada y muy precisa: sin que nadie prevaleciera sobre los demás, consiguió que todos los componentes de la orquesta fuesen únicos protagonistas de la velada.