El concierto ofrecido por la Orquesta Sinfónica de Navarra el pasado viernes fue un botón de muestra de cómo la música es vehículo de emociones y sentimientos, y generadora de una energía interior que puede alterar de diferentes maneras el estado de ánimo de quien la ejecuta y de quien la escucha. Si Rossini pellizcó haciendo cosquillas, Shostakovich hirió con la dureza de su composición mientras que Brahms alivió finalmente el alma con sus movimientos pausados y de amplio respiro.

Como una caminata para subir a la cumbre de una montaña, el concierto empezaba con la frescura, la jocosidad y el ritmo salteado –pero a la vez preciso– de la breve obertura de L'italiana in Algeri de Rossini. Una alegría inicial pronto interrumpida por la empinada cuesta arriba que significó la ejecución, a cargo del solista granadino Guillermo Pastrana, del Concierto para violonchelo, de Shostakovich. El contraste no podía ser más grande. A pesar de un ritmo igual de rápido que el de la obertura rossiniana, la alegría desapareció de inmediato del escenario para dejar paso a la gravedad y a los tonos metálicos de los instrumentos. La mayor concentración y tensión llegaron a ser palpables.

El violonchelista Guillermo Pastrana © Simon Bielander
El violonchelista Guillermo Pastrana
© Simon Bielander
En la ejecución del concierto, Pastrana fue extremadamente preciso, tanto en la técnica como en la interpretación. Se mostró todo uno con su violonchelo y con la orquesta y fue capaz de transmitir la energía que emana de una obra compleja y técnicamente difícil. Sensacional fue la habilidad demostrada a la hora de tocar los compases que exigían realizar con la mano izquierda el acorde y un pizzicato al mismo tiempo: el sonido fue a tal punto cristalino que daba la impresión de estar acompañado por otro músico. Una vez alcanzada la cumbre, Pastrana cogió de la mano a quien le estaba escuchando y –con una humildad y transparencia encantadoras– hizo que cerrara los ojos y recuperara la calma al son de la Nana de Manuel de Falla.

Al reabrirlos, la Sinfonía núm. 2 de Brahms marcaba el camino de vuelta a través de unas melodías más sosegadas y apacibles para el espíritu. Logrando sintonizar lo antiguo con lo contemporáneo, la alternancia entre los pasos más ligeros y ritmados, por un lado, y los más majestuosos y en crescendo creó en la sala una atmósfera de cálido bienestar. Bajo la batuta de Shao-Chiao Lü, la OSN se esmeró en la ejecución de cada uno de los movimientos que forman la sinfonía, tanto para destacar la peculiaridad de cada uno como para darles la unidad compositiva que la partitura requiere. El protagonismo que esta otorga a los diferentes instrumentos de la orquesta fue sabiamente equilibrado por el director. Tras las cuestas abajo, recorridas a paso ligero para seguir el ritmo de las flautas, clarinetes y oboes, vinieron los caminos más llanos en los que se podía andar con zancadas alegres al ritmo de las cuerdas. Ambos interrumpidos, de vez en cuando, por estos pequeños descansos necesarios para recuperar el aliento y buenos para observar un panorama cuya majestuosidad fue hábilmente descrita por los instrumentos de viento.

El orden con que se ejecutaron las piezas fue como destacar el contraste entre el blanco y el negro para describir, a continuación, todos los matices de gris que puede haber en el medio.