Disfrutar en estos tiempos de restricciones extremas de un concierto en condiciones casi equiparables a las previas a la llegada de la pandemia es un auténtico oasis, no sólo musical sino también vital. Esto está siendo posible en la Casa da Música de Oporto. Así, mientras en Galicia, a sólo unas horas de coche y el mismo día, las instituciones sanitarias limitaban el aforo orquestal a sólo 60 personas en una sala pensada para varios miles de espectadores, Casa da música consiguió cubrir el 50% de su amplio aforo garantizando la distancia de seguridad entre el público asistente sin dejar de adoptar las máximas medidas de higienización.

Si asistir a un evento musical en el emblemático y modernista auditorio pensado por y para la música por Rem Koolhaas, es siempre un placer, en esta ocasión se sumaban alicientes adicionales. Aparte del citado reencuentro con el concierto en estado puro, resultaba especialmente atractivo disfrutar de la Orquesta Sinfónica de Oporto en un programa sinfónico monográfico dedicado a Mendelssohn. Desde la llegada de su maestro titular, Baldur Brönnimann, la orquesta, sin descuidar una de sus señas de identidad fundamentales, la interpretación del repertorio sinfónico más rabiosamente contemporáneo, ha sido capaz, de la mano del director suizo, de sobrevivir a tan exigente especialización, para poder igualmente desenvolverse en un repertorio clásico y romántico, a un nivel interpretativo excelente. Así, disfrutamos de un plantel de primeros atriles muy atractivo, y al mismo tiempo de un conjunto empastado y con un color propio. Es de reseñar, sin embargo, que hubo una cierta limitación en las cuerdas graves, pues estas se reducían a sólo cuatro chelos y dos contrabajos, mientras que el número de violines y violas fue el habitual en este repertorio. Aunque lo cierto es que el disfrute de la interpretación no se vio en absoluto mermado, sí se hubiera enriquecido sin este desequilibrio.

La violinista ucraniana Diana Tischenko ofreció un vibrante Mendelssohn © Alexandre Delmar | Casa da Música
La violinista ucraniana Diana Tischenko ofreció un vibrante Mendelssohn
© Alexandre Delmar | Casa da Música

Las Hébridas constituyó un perfecto vaticinio de lo que iba a ser la velada: recreaciones amenas y equilibradas, profusas en matices. La dirección del ya veterano director británico Douglas Boyd, precisa y eficaz, pero al mismo tiempo muy intensa, se vio correspondida por una respuesta empática y atenta de los músicos de Oporto.

Tras ella llegaba otro de los grandes alicientes del concierto; la intervención de una de las violinistas en más claro ascenso en el panorama orquestal del momento: la joven ucraniana Diana Tischenko. El op.64 de Mendelssohn no podía ser mejor tarjeta de presentación para ella, no en vano Tischenko culminó sus estudios musicales con el Primer Premio de la Academia Felix Mendelssohn-Bartholdy de Berlín, el concurso musical más antiguo de Alemania.

El papel seminal de esta obra en el repertorio para violín y orquesta la convierte en una de esas piezas que todos los melómanos han disfrutado en un buen número de veladas en versiones impecables. Es por ello casi imposible no retornar a ella con cierto temor a lo rutinario, por muy excelente que éste sea. Pero a veces el milagro surge, y esto es lo que aconteció con Diana Tischenko. Desde el attaca del Allegro molto appasionato Tischenko mostró los rasgos que iban a definir a su interpretación: virtuosismo a raudales, pero al mismo tiempo musicalidad, interiorización ¡y exteriorización! de la partitura fuera de lo normal. Lo rutinario brilló por su ausencia. Tischenko subyugó y arrastró al oyente con su interpretación extrovertida y brillante que creció en un continuo ascenso para culminar de forma luminosa. Es significativo que la violinista destaque en una de sus piezas favoritas, la Tercera sinfonía de Mahler, como: “Al final de esta sinfonía es como si brillara una luz”, y efectivamente es esa misma luz la que ella transmitió al público. No fue ninguna sorpresa que una buena parte de este se levantara como un resorte para ovacionarla. Algo que pocas ocasiones he podido ver en concierto, y menos aún en esta obra. Tischenko devolvió generosamente al público la fabulosa y exigente Balada de Ysaÿe.

En el necesario descanso, con el fin de limitar en lo posible la movilidad del público, Casa da Música optó por una acertada medida: la musicóloga Gabriela Canavilhas, autora de las notas al programa, realizó una amena y formativa disertación sobre las obras. Tras ella, retornaron las brumas escocesas de la mano de la Tercera sinfonía de Mendelssohn, una de las pocas sinfonías en la menor, del repertorio, Sexta mahleriana aparte. Aunque existía el riesgo de caer en una cierta monotonía estilística, Boyd estuvo especialmente acertado confiriendo vida propia a la partitura con su dirección enérgica y rica en matices, pero sin caer en el error de acentuar tuttis o dinámicas exageradamente. Sólo en la expresiva introducción del Andante con moto se echó en falta la citada ausencia de la cuerda grave. La acústica del escenario, muy clara pero poco proclive a la reverberancia, acentuó este aspecto, pero en contrapartida permitió disfrutar del brillante diálogo de las maderas en el exigente Vivace. Un Adagio hermosamente fraseado y un ceremonial e intenso Allegro maestoso concluyeron una reparadora y estimulante velada.


El alojamiento en Oporto para Pablo Sánchez ha sido facilitado por la Casa da Música.

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