La siempre difícil tarea de dar a conocer el repertorio (mal llamado) contemporáneo es un quebradero de cabeza para directores y programadores de vocación pública, como es el caso de la ONE. En esta ocasión se ha recurrido a la prudente receta de la pequeña dosis (menos de un tercio del concierto), la buena compañía (obra grande de Bruckner) y el sentido del humor en cuanto a la forma de publicitar el evento: "¿Quién teme a Alban Berg?", se titulaba la sesión en claro juego de palabras con la obra teatral de Edward Albee.

Birgit Kolar y la Orquesta Nacional de España © Rafa Martín
Birgit Kolar y la Orquesta Nacional de España
© Rafa Martín

El concierto para violín y orquesta "A la memoria de un ángel" no es, ni de lejos, una de las piezas más "temibles" de Berg, pero mucho camino quedará por andar cuando la buena actuación de Birgit Kolar se saldó con apenas medio minuto de aplausos y una salida a saludar bastante forzada. La violinista transmitió con sutileza y ternura ese quebranto difuso por la muerte de la hija de Alma Mahler que dejó escrito Berg. No es, claro, un dolor de factura sencilla, pero sigue estando ahí para el que quiera adhesionarse a él si supera la barrera de un lenguaje expresivo poco asimilado. Técnica depurada en las cuerdas dobles y una proyección muy medida destacaron en la lectura de la violinista, arropada por la urdimbre orquestal bien desarrollada, sencilla, y que la ONE va dominando cada vez más al servicio de ese lirismo vienés con resabor decadente, que orquestas como la Sinfónica de Londres o la de Chicago ya han incorporado a su rutina.

La segunda parte la conformaba la Sinfonía núm. 4 en mi bemol mayor "Romántica", de A. Bruckner, uno de esos pilares del repertorio que el oyente pocas veces se cansa de escuchar, quizá por su capacidad para la trascendencia contrapuesta a una estética y concepto de la belleza muy íntima. David Afkham no parece muy proclive a cargar las tintas en lo poético, o al menos no a estas alturas de su relación con la ONE. Transmite una sensación más didáctica, sujetando las secciones en la línea de aquel Böhm maduro, enseñando más que sugiriendo, con una visión sin quimera ni petulancia creativa pero que sabe guardar bien sus equilibrios, planificar los timbres sin excesos y equilibrar los planos con mucha naturalidad. No cuadró mal con la obra esa forma de entender la partitura, porque si algo destaca en la escritura sinfónica de Bruckner es su sentido polifónico aplicado al lirismo, una especie de vehemencia en el sentimiento que pospone sus recompensas hasta la última nota del último movimiento. Por eso, se precisa de la dirección de un oído sabio en dosificar los volúmenes y que sepa transitar sin excesos entre los clímax. Mucho de eso tuvimos, con un primer movimiento donde claramente se privilegiaba el plano sonoro frente al narrativo y que valoraba la precisión rítmica, los ostinatos claros y la mística justa.

El director David Afkham al frente de la ONE © Rafa Martín
El director David Afkham al frente de la ONE
© Rafa Martín

El Andante se centró en la transparencia y eso acabó por sacrificar el sentido contemplativo de este movimiento, caminando sin tensión ni demasiada espiritualidad pero con un empaste que acabó siendo un valor en sí mismo, a falta de todo lo demás. Scherzo dicho sin sobresaltos y un Finale, esta vez sí, sobresaliente, con una sección de primeros violines fantástica y una apuesta general por lo no trágico que supuso la mayor novedad. Aquí sí que se aplaudió con esmero y agrado, valorando el esfuerzo general que requiere una obra con contenidos tan concentrados como ésta. Nuevo éxito de Afkham, con quien el público de Madrid parece haberse vinculado rápidamente.