Los conciertos de la Filarmónica tienen las más de las veces un punto exhibicionista. Y no se me entienda mal, no hablo en sentido peyorativo, sino describiendo una realidad de modelo de negocio: buenas orquestas, con primeros espadas en los podios y tocando repertorio sin el más mínimo riesgo. Y la idea funciona, pero funciona mejor cuando director y orquesta se prestan a ello y proponen una lectura acorde a esos mimbres. La Orquesta Nacional de Francia pasa por un momento especialmente dulce que va ya camino de los siete años desde la incorporación de Gatti, pero que partió de la escalada de calidad que consiguiera Kurt Masur en el anterior ejercicio. Metales precisos y de color tímbrico depurado, maderas con gusto para el fraseo, percusión sin sentido del exceso y una cuerda, históricamente más desaliñada, que ya aprendió a matizar y a abordar dinámicas con gusto. El director italiano marchará a la Concertgebouw en 2016 con los deberes muy bien hechos.

Daniele Gatti y la Orchestre National de France © A. Andolina
Daniele Gatti y la Orchestre National de France
© A. Andolina

El programa se dividía en tres partes. En primer lugar, La mer de Debussy, donde Gatti apostó por un inicio mórbido, que se fue iluminando paulatinamente con toda esa gama de reflejos orquestales que el francés sabía imbricar en su peculiar universo de sensaciones. La lectura se compuso sin excesos decibélicos ni pretensiones programáticas pero desplegando de forma inequívoca toda el discurso tímbrico que esta música precisa. La segunda pieza era La valse de Ravel, una disección de la Viena de principios del XIX con todo lo que ésta significaba de ironía y podredumbre, de vigor rítmico y aliento decadente. El director convirtió este homenaje a Johann Strauss en una parodia afilada, respetuoso con los tempi pero alocado en las dinámicas y los volúmenes. Como resultado, un vals embarrado a sabiendas, una Viena con goteras sin por ello dejar de resultar fascinante.

La tercera parte, tras el descanso, era el punto fuerte del programa con la cuarta sinfonía de Tchaikovsky, una partitura compleja, incoherente en cierto sentido por cuanto tiene de desequilibrada: el compositor defiende con mucha mayor convicción lo oscuro que lo luminoso, el dolor a la sonrisa. Daniele Gatti traiciona un tanto la idea del fatum que sobrevuela toda la obra para presentar un optimismo con esquinas y arrugas pero alegre en su fondo. El director milanés nunca ha destacado por su originalidad en los desarrollos, pero sí por exponerlos de la mejor forma posible. La orquesta planteó los crescendi por oleadas, de tal manera que el viaje hasta el tutti final del cuarto movimiento se realizó de forma muy consciente por parte del espectador, sin sobresaltos ni continuidad. Desde el Scherzo hasta el final, el término que definió la interpretación fue contundencia. Los últimos compases, más que exuberantes, fueron una borrachera de volumen algo descontrolada, pero de cierto mérito y resultados asegurados: la ovación del público duró varios minutos.

Para finalizar la noche, Gatti tuvo, hay que reconocerlo, un bellísimo guiño programático: como propina y después de interpretar la sinfonía que trata de la infalibilidad del destino trágico por antonomasia, sonó la obertura de La forza del destino, con un nivel de ejecución sobresaliente. Gran concierto y buen intento de trocar tanto dolor en un poco de luz.