Un doble programa con atractivo y mucho tirón para el final de temporada de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León (OSCyL): la perla del romanticismo y el preludio de la estética musical de siglo XX, el Concierto para piano y orquesta núm. 2 de Rachmaninov y El pájaro de fuego de Stravinsky. Un programa inicialmente planeado para el japonés Kazuki Yamada, que tras cancelar por motivos personales, se confió a John Axelrod, el actual titular de la Sinfónica de Sevilla. Un rescate desde el sur con unos resultados más que notables.

La pianista Khatia Buniatisvili © E Haase
La pianista Khatia Buniatisvili
© E Haase
La que en su momento fuera niña prodigio del piano, Khatia Buniatishvili, protagonizó la primera parte de la velada. Aún a costa de pecar de frívolos, lo primero que hay destacar de la georgiana es su indiscutible presencia física. Envuelta en un deslumbrante vestido de noche plateado, su entrada al escenario atrajo las miradas del público, cautivadas, como si de un paseo por una glamurosa alfombra roja se tratara. Pero es sobre el piano donde Buniatishvili despliega su fenomenal carisma. Es una de esas artistas que además de interpretar la música con las manos, la actúa con todo el cuerpo. La densa melena al aire complementa el ritmo de la partitura y sus manos se alargan con frecuencia hacia la orquesta para ceder y tomar el paso, casi para tocarlos y establecer una conexión física. No hay sin embargo ningún exceso histriónico en esto, solo la honestidad desde una interpretación sentida y la confirmación de que la buena música también se mira.

El "Rach 2" es una tormenta que a muchos les supera, y con frecuencia se convierte en una oleada que arrasa con la riqueza de la partitura. No fue así en el caso de Buniatishvili que se decantó por una interpretación sin excesos, atenta a los detalles, cristalina, y no por ello falta del espíritu y la pasión necesarios en esta obra. En el primer movimiento, Axelrod construyó un sonido bien empastado, un mar de fondo en la orquesta sobre el que asomaron nítidamente las notas del piano, controlado incluso en la recapitulación, cuando las fuerzas de la composición invitan a lanzarse al caos. En el adagio, Buniatishvili –ejecutando también con todo el cuerpo– mostró un exquisito sentido lírico y un cuidadísimo fraseo, lejos de sentimentalidades empalagosas. Hubo un diálogo algo forzado con las maderas y cómplice con la orquesta en pleno. Virtuosismo controlado para el tercer movimiento con un uso muy moderado, casi instantáneo, del pedal y un infalible final en fortissimo acompañado por el reconocimiento unánime de un público entregado.

Los integrantes de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León
Los integrantes de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León

La calidad continuó tras el intermedio con El pájaro de fuego, una obra nueva para la OSCyL, en la que sin embargo se desenvolvió con soltura. John Axelrod –muchos aficionados comentaban su deseo de tenerle permanentemente en Valladolid– mostró la inteligencia expresiva necesaria para hacer funcionar un ballet en modo orquestal. Aunque la interpretación fue de menos a más, mostró siempre control de los medios requeridos: fluidos cromatismos para los momentos de magia y ensueño, firmeza en los ritmos sincopados y expresivas disonancias para los poderes amenazantes de la Danza infernal, y una radiante exuberancia para la escena final de júbilo. Estupenda manera de acabar una temporada.