Y en el principio era el caos. O, mejor dicho, lo fue un poco antes del inicio, en la entrada a la sala, en el manoseo de los móviles, en la cháchara del respetable y en un ligero retraso. Luego, en el momento que William Christie cogió la batuta se impuso un orden total, meditado y con celestial propósito. Incluso en el primer número titulado explícitamnte “Representación del caos”, la orquesta sonó ya totalmente alineada y una ordenada energía palpitante invadió la sala. Con unos tiempos retardados, los latidos primordiales anunciaron lo que estaba por venir: un espectáculo de luminosidad e ímpetu. Esto pudiera ser el resumen de la interpretación que Les Arts Florissants y su director ofrecieron en el Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo en la primera parada de su gira con esta obra.

Les Arts Florissants y su director William Christie © Julien Benhamou
Les Arts Florissants y su director William Christie
© Julien Benhamou

La primera intervención de la orquesta al completo pareció multiplicar el limitado número de intérpretes para llenar la sala, no de decibelios, sino de fecunda energía. Produjeron un sonido sinfónico intenso y cargado de exaltación que algunas orquestas románticas, con el doble de componentes, no son capaces de producir. La sección de cuerdas conformó el germen y el desarrollo de la interpretación, resistiéndose a ceder el protagonismo a los vientos o incluso a los cantantes. Su timbre ácido y arcaico apuntó a la voz del Creador y, a golpe de arco, hizo que los demás intérpretes siguieran su plan maestro. El bajo continuo quedó relegado a un papel de matices casi invisibles, como sabedor de que con esta obra Haydn contribuye certificar su desaparición. El coro, magnífico, con apenas 25 miembros, consiguió una presencia rotunda e incontestable, no a base de alzar la voz, sino a través de empaste –imposible distinguir trazas de individualidad en las alabanzas– y de un precioso y preciso control de los tiempos.

El trío de solistas mostró una calidad notable, pero dentro ellos es obligatorio destacar sobre todo la redonda y memorable actuación del bajo Alex Rosen. Este joven cantante que recientemente ha terminado sus estudios en la Julliard, sorprendió no solo por la potencia y lozanía de su instrumento –algo que cabría esperar en un cantante de su edad– sino también por el control y la sabiduría dramática con el que lo manejó. Sin tener que dedicar esfuerzo a los pasajes más comprometidos técnicamente, pudo centrarse en construir una interpretación creíble y matizada. Su carisma le hizo el protagonista absoluto en cada una de sus intervenciones. Definitivamente queremos escuchar más de este prometedor artista. La soprano Sandrine Piau es una experta en el repertorio prerromántico y habitual colaboradora de conjuntos barrocos. No tiene el más bello de los colores, pero compensa con un excelente dominio técnico: exhibe fiato largo y facilidad para las agilidades, la afinación en ausencia de vibrato es ejemplar y el dominio de los reguladores, profundamente conmovedor. El tenor Hugo Hymas, como el tercer ángel, estuvo decididamente más solvente en los recitativos que en las arias, como es de esperar en alguien que está haciendo del Evangelista de las Pasiones el núcleo de su carrera.

El espíritu neoclásico, ascendente, confiado y optimista fue la espina dorsal de una interpretación alejada de intenciones tempestuosas o tormentos forzados. El “hágase la luz” funcionó como un mantra interpretativo que, abrazando por momentos lo pastoril, se extendió desde la primera jornada del Génesis hasta la aparición del amor. Y solo entonces, a modo de dúo, Rosen y Piau acariciaron lo sublime, marcaron el cenit de la noche, y nos iluminaron con el verdadero fin de la divina tarea creadora.

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