Si las habituales visitas de Jesús López-Cobos a la temporada de la Sinfónica de Galicia suelen estar protagonizadas por los pesos pesados del postromanticismo –Bruckner, Mahler o Strauss– en esta ocasión el director toresano traía a La Coruña un programa centrado en el período de transición entre el clasicismo y el primer romanticismo. Lo que a priori iba a ser una velada más relajada, menos excitante que las previas de la temporada, se convirtió, sin embargo, en una de esas noches que público y músicos recuerdan largo tiempo, gracias muy especialmente a la deslumbrante interpretación –en la segunda parte del concierto– de la Cuarta sinfonía de Beethoven.

El director Jesús López-Cobos © Javier del Real
El director Jesús López-Cobos
© Javier del Real
Un López Cobos clarividente y en absoluta sintonía con los músicos exprimió al máximo el magnífico momento de forma de los mismos para dar vida a una Cuarta absolutamente inefable. No es Cobos un director propenso a dejarse arrastrar por arrebatos dramáticos y, ciertamente, así se desarrolló su Cuarta: con una intensidad efectiva pero en absoluto efectista. Su renuncia a la pomposidad nos permitió disfrutar de una conmovedora elocuencia construida en base a una sutilísima recreación de la partitura. La belleza y el refinamiento fueron una constante de principio a fin. Maderas y metales en estado de gracia, escuchándose y disfrutándose mutuamente, cuerdas elegantes e incisivas, con un sonido denso que llenó el Palacio de la Ópera –a pesar de su reducido número, pues no llegaban a la treintena– y un López-Cobos en estado de trance hicieron que la música fluyese con una naturalidad casi milagrosa. El director optó por disponer a los violines de forma antifonal, a sus dos lados, realzando su continuo diálogo, muy especialmente en el Andante. Hubo una coherencia interna en los tempi de los cuatro movimientos, y las dinámicas siempre fueron equilibradas, aunque por supuesto con poderosos clímax, perfectamente integrados en un discurso cohesionado.

La primera parte del concierto destacó igualmente por una magnífica prestación orquestal. Fueron, sin embargo, interpretaciones más arriesgadas. Así, en la Sinfonía de Arriaga, López-Cobos infundió a la música una gravedad que resultó un tanto llamativa si consideramos que se trata de una obra de juventud. Gravedad, por otra parte, coherente con el trágico final del compositor. Sea como fuere, técnicamente fue una interpretación acertada, con momentos mágicos como, por ejemplo, el solo de flauta en el Trío del Minuetto o el contrastadísimo Final.

En el concierto mozartiano –núm. 18 en si bemol mayor, K456– López-Cobos, probablemente adecuándose a la peculiar concepción del solista, Jean-Efflam Bavouzet, optó por una interpretación efusiva, extrovertida, que incluso contagió al Andante central. Bavouzet destacó por su bien conocida articulación, muy precisa y asombrosamente fácil. Tal vez este indiscutible virtuosismo fue en cierto modo responsable de la ligereza de su Mozart. Se echó en falta una mayor flexibilidad y, sobre todo, una concepción más imaginativa por su parte.

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