Si algo caracteriza la dirección de Antoni Wit es el brillo que es capaz de conferir a las partituras que interpreta. Y este brillo ha estado presente también en su concierto con la Orquesta Sinfónica de Navarra ofrecido el pasado viernes en el Baluarte, conjuntamente con el Orfeón Pamplonés y con un programa que incluía dos composiciones cortas de Brahms (la Obertura trágica y Nänie) y otra más larga de Mendelssohn (la Sinfonia n. 2). Si algo hizo que la velada se distinguiera de otros conciertos sinfónicos fue el mayor protagonismo sonoro que tuvieron los instrumentos de viento –incluidas las voces del orfeón y de los solistas– respecto a los de cuerda. Es más, orquesta y coro se alternaron de tal manera que dio la impresión de que la primera parte anticipara la segunda, y ésta amplificara aquélla.

El director de orquesta Antoni Wit © Tom Aldridge
El director de orquesta Antoni Wit
© Tom Aldridge

La tónica al concierto la dio, sin lugar a duda, la Obertura trágica: la dirección de Wit le imprimió un ritmo ligero y suficientemente bien marcado por las trompas, así como un carácter majestuoso y holgado, acentuado por el diálogo final entre los arcos y los vientos. A continuación, Nänie abría las puertas del escenario a los componentes del Orfeón Pamplonés que no defraudaron en la interpretación de esta elegía. A pesar de las dificultades rítmicas (que tal vez pueden haber entorpecido la dicción de un texto en alemán), la formación coral de la capital navarra logró trasmitir el pathos más profundo de la composición. El contrapunto entre las diferentes cuerdas del coro, así como el acompañamiento orquestal al canto, enfatizaron el sentido de este lamento sobre la fugacidad de la vida.

El descanso no significó una solución de continuidad al clima que la OSN, el Orfeón y Wit crearon en la sala. Muy al contrario, desde los primeros compases de la Sinfonia n. 2 de Mendelssohn –con el solo del trombón seguido por el eco de las cuerdas– reconectó de pronto al público con la orquesta, creando un clima de atención y emoción creciente. El director supo modular muy bien los diferentes ritmos de la composición y el diálogo entre los diferentes instrumentos de la orquesta, en una especie de solapamiento que dejó al auditorio como en vilo. Por todo esto, la entrada del coro y de los solistas en el cuarto y último movimiento (el más largo) fue la lógica consecuencia de la expansión emotiva que la dirección de Wit había creado hasta aquel momento.

La sonoridad vocal propia del Orfeón no solo contribuyó a aumentar el impacto de la composición sino también a poner el marco adecuado a la intervención de los solistas. Remarcables fueron las de las dos sopranos, cuyas voces –de una tesitura y un color muy similar en calidez– fueron como un chorro de agua limpia. Tanto su actuación como solistas como su actuación en dueto resultó ser un auténtico deleite para el oído: la vocalización fue precisa y clara, las entradas seguras y cristalinas, y la musicalidad del dueto fue una joya armónica. El tenor estuvo a la misma altura que las sopranos: una impostación vocal segura, una vocalización clara y una sonoridad limpia.

El resultado final de este crecendo brillante fue sin lugar a dudas anecdótico, ya que el público no pudo contenerse e intervino aplaudiendo calurosamente antes de que la ejecución terminara. Tras secarse la frente, Antoni Wit se dirigió al público y con un tono de paternal y simpático “reproche” le avisó que la velada no había terminado y que –dada la buena actuación de los cantantes– lo mejor estaba todavía por llegar. Y así fue: los diez o quince minutos que faltaban al cierre del concierto fueron el broche final para que el brillo inicial iluminara la sala antes de que las luces volvieran a encenderse.

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