La música es tal vez la única forma de expresión que, en potencia, podría escapar a la censura. Sin embargo, la experiencia vital y profesional de Dmitri Shostakovich parecen demostrar todo lo contrario, hasta el punto que tocar, dirigir o escuchar una obra del compositor ruso conlleva una emoción muy peculiar. El concierto que ofreció la Orquesta Sinfónica de Navarra el pasado viernes nos sacudió con la ejecución magnética de Robert Lakatos y la sonoridad vigorosa que Manuel Hernández Silva logró con su dirección de la OSN.

Robert Lakatos –ganador en 2015 del Concurso Internacional Pablo Sarasate– protagonizó la primera parte de la velada interpretando el Concierto núm. 1. La sensación que el violinista serbio transmitió desde los primeros compases fue de extrema solidez y equilibrio, atrayendo la atención de los oyentes con una ejecución exacta y una sonoridad muy discreta. Como un imán, fue generando una corriente magnética que cautivó, primero, a los músicos de la OSN. Bajo la batuta de Hernández Silva, parecieron rendirse ante el virtuosismo de Lakatos con un acompañamiento que en ningún momento se superpuso al violín solista y que, al contrario, supo exaltar la técnica y la sensibilidad del joven intérprete.

El violinista Robert Lakatos © Robert Lakatos
El violinista Robert Lakatos
© Robert Lakatos
En ningún momento Lakatos tuvo que levantar la voz del violín: desde el principio de su actuación optó por hablar bajo, pero seguro y firme, y pudo ser claramente percibido por todos. El punto de no retorno de esta primera parte del concierto fue, sin lugar a duda, la ejecución del tercer movimiento. El contraste entre la melodía de fondo de la orquesta –más grave– y la melodía del solista –dulce e hiriente a la vez– creó en la sala un clima de silenciosa y tensa expectación que culminaron en este movimiento. Desde el solo inicial hasta la conclusión con la intervención de la orquesta, el concierto resultó ser un crescendo "agotador". La profunda identificación que el solista demostró tener con la obra nos encandiló (identificación hecha patente tanto por la respiración acompasada del propio Lakatos como por el desgaste de las cuerdas del arco durante la ejecución) y caímos rendidos ante su magnetismo y la madurez musical y psicológica que demostró con esta pieza de Shostakovich.

En la segunda parte del concierto, el autor ruso volvía a los atriles con la Sinfonía "El año 1917" y la OSN como protagonista. La sonoridad desplegada por la orquesta navarra fue impresionante –estruendosa, en determinados momentos– resaltando de esta manera la fuerza descriptiva de una composición pensada para recordar la trascendencia que tuvo, para Rusia, aquel año. Para conseguir tal efecto impactante, fue fundamental el protagonismo que el director supo otorgar a los diferentes instrumentos de viento y a las percusiones. El saber modular el efecto estridente que los primeros pueden producir, así como armonizarlo con el efecto continuo de los instrumentos de cuerda, fue el toque personal dado a la composición por Hernández Silva. Evidente fue, también, su buena sintonía con los músicos de la orquesta: sin ser su director habitual, el lenguaje corporal que utilizó para explicar qué ritmo, sonoridad o expresión dar a la partitura fue claramente entendido y perfectamente ejecutado por la OSN.

Por haber sido un hombre que asumió el reto de convivir bajo el ojo inquisidor de la censura buscando los resquicios para expresar sus inquietudes creativas, las obras de Shostakovich no resultan ser de las más relajantes. Al contrario, quien las escucha puede acabar emocionalmente exhausto. Y si esta fue la sensación que pudo percibirse en el Baluarte el pasado viernes, es igualmente cierto que el vendaval sonoro producido dejó en el auditorio focos vivos de energía y fuerza.

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