Como cada año en vísperas de Semana Santa, Zamora acogió el Festival Internacional Pórtico. Este ciclo de conciertos, que alcanza ya su decimotercera edición, demuestra cómo la constancia y el esfuerzo permiten alcanzar altas cotas de calidad sin caer en derroches fastuosos. El tema elegido este año era el del viaje; un viaje entendido de forma metafórica que inauguró el conjunto aragonés Los músicos de Su Alteza, con las sopranos María Eugenia Boix y Olalla Alemán. El repertorio de este recital estuvo íntegramente vinculado a la Seo zaragozana, toda vez que su título ("Siete últimas palabras de Cristo en la cruz") se tomaba prestado de Las siete palabras de Cristo en la cruz de García Fajer, que se interpretó en la segunda parte del acto. Sin embargo, el concierto era también la metáfora de un trayecto hacia lo desconocido; del viaje postrero, y del viaje que lleva a conocer nuevas músicas.

El director Luis Antonio González
El director Luis Antonio González

El acto se abrió con la primera interpretación en tiempos modernos de la Lección tercera del Jueves Santo de Francisco Javier Nebra (1705-1741), miembro bilbilitano de esta dinastía de músicos que desarrolló su carrera como organista entre Zaragoza y Cuenca. De sus tiempos zaragozanos procedería esta lección, una obra con múltiples secciones, de estilo severo (como corresponde a este tipo de repertorio) aunque con un notable influjo operístico que fue adecuadamente enfatizado por los intérpretes. El viaje hacia lo desconocido continuó con el dúo ¿Por qué, Pedro?, un sentido diálogo entre Cristo y el apóstol Pedro compuesto por Santiago Billoni, compositor romano activo en Nueva España. En esta pieza, también reestrenada en esta ocasión, quedó patente el buen empaste logrado entre las dos sopranos a pesar de las diferentes calidades de sus voces: redonda y bien timbrada, con una tesitura amplia, en el caso de Olalla Alemán y más brillante aunque con menor proyección y algunas deficiencias en los graves en el caso de María Eugenia Boix. La primera parte del concierto se cerró con la Lección segunda del Sábado Santo de José de Nebra (hermano de Francisco Javier), vinculado a la Capilla Real y cuya producción va alcanzando ya un aceptable grado de difusión.

Tras un breve receso al término de la obra de Nebra, San Cipriano quedó en silencio. Las luces se apagaron y el templo quedó sumido en la más profunda oscuridad. Entonces, un haz de luz iluminó un pequeño crucifijo en la pared y una voz profunda enunció la primera de las siete últimas palabras de Cristo en la cruz. La música de García Fajer, magistralmente interpretada, se inicia sin introducción y no es, como en el caso de Haydn, puramente instrumental. Al contrario, las Siete palabras de García se basan en una serie de textos de carácter piadoso que comentan las siete frases evangélicas. El estilo galante, napolitano, envuelve estas palabras, y el pequeño conjunto instrumental (dos violines, viola, violonchelo, contrabajo y órgano) refuerza el carácter operístico de la composición. El enfoque adoptado por Luis Antonio González al apostar por la economía de medios se reveló acertadísimo; casi tanto como el juego de luces y voz en off que acompañó a la interpretación.

Los Músicos de su Alteza con Luis Antonio González al frente © Caroline Doutre
Los Músicos de su Alteza con Luis Antonio González al frente
© Caroline Doutre

Si nos dejamos guiar por las recientes interpretaciones y grabaciones del repertorio de García Fajer, no cabe duda de que este autor está llamado a ser uno de los protagonistas del redescubierto siglo XVIII español en los próximos años. Sus Siete palabras lo confirman. Calificarlas de italianizantes sería quedarse cortos: el desarrollo motívico de algunos pasajes se asemeja más a Haydn que a Porpora o Jommelli, y revela la influencia que el compositor austriaco ejerció sobre sus contemporáneos hispanos. Por otra parte, la singularidad de la obra de García se demuestra en el final. Allí donde Haydn causa espanto, García provoca tristeza y veneración pues, en lugar de representar un terremoto, hace oír una voz desnuda que enuncia las últimas palabras desprovista del acompañamiento instrumental. No puede haber mejor representación de la soledad del fallecido (Cristo) que queda en el sepulcro, ni del vacío absoluto en el que quedan sumidos los parientes y amigos del finado.

Al escuchar las últimas palabras enunciadas por Boix, el público de San Cipriano solo pudo contener la respiración para estallar luego en un estrepitoso aplauso. El conjunto premió este reconocimiento con un coral de Bach, brillante colofón a una velada que el entorno, el repertorio y los intérpretes convirtieron en única. El viaje por unas músicas desconocidas llegó con éxito a su Ítaca particular, pero prendió en el viajero las ansias de surcar nuevos mares. Será preciso esperar hasta el próximo año para poder hacerlo de nuevo.

*****