Han pasado ya 164 años desde que Rigoletto fue estrenada en el teatro La Fenice de Venecia, con un éxito rotundo. Una historia de amor filial, venganza y engaño, con personajes claramente definidos y momentos musicales tan impactantes, que algunos de ellos se cuentan entre las páginas musicales operísticas más conocidas, ejemplo de ello es la famosa aria La Donna è mobile que canta el Duque en el tercer acto.

El Teatro Mayor escogió celebrar sus primeros cinco años de existencia con una producción de la Ópera de Zúrich creada por Tatjana Gürbaca. Una propuesta minimalista y estática con pocos elementos en escena. Dentro de una caja negra límpida y con el suelo inclinado, se ubicaba una gran mesa blanca con sillas a su alrededor. Este fue el espacio que acompañó todos los sucesos que en Rigoletto tienen lugar. Diseños escenográficos como estos no son nuevos en la ópera. Debido a su naturaleza, los focos se orientan hacia el elemento musical y el dramático; pero también llevan a la monotonía. Es por esto que la iluminación, la utilería y el vestuario, son de gran importancia en estos espacios, de tal manera que lo visual adquiera movimiento y dinamismo.

Escena de <i>Rigoletto</i> © Juan Diego Castillo | Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo
Escena de Rigoletto
© Juan Diego Castillo | Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo

Desafortunadamente, ni la iluminación, ni la utilería, ni el vestuario tenían la fuerza necesaria para hacer de esta propuesta escénica una opción visual sólida y que impulsara el elemento teatral. Todos los personajes aparecieron ataviados con trajes de oficina masculinos y reinó la ambigüedad, ¿quién era Rigoletto?, ¿quién el Duque? Resultaba difícil reconocer los personajes. Estoy de acuerdo con no ser literal en las caracterizaciones, con seguridad la joroba de Rigoletto no era necesaria, pero no hasta el punto de dejar al espectador a la deriva. Por el contrario, celebro la construcción de movimientos en escena. El coro tuvo una presencia activa y los solistas supieron aprovechar el espacio disponible, donde interactuaron siguiendo unas maneras muy modernas.

Cuando la propuesta visual es tímida, se requiere, aún más, de cantantes que logren enfatizar el elemento teatral. Recuerdo una entrevista a Leo Nucci, el famoso barítono que el pasado año alcanzó las envidiables 500 interpretaciones en el papel de Rigoletto, en la que contaba que el mismo Verdi afirmaba que lo que buscaba era "la palabra escénica […] actores que cantan y no al revés". En resumen, la música de Verdi, más que un reto musical es dramático. El reparto para este Rigoletto era de gran calidad musical. Una mezcla de artistas nacionales e internacionales. Voces grandes y potentes. Registros amplios, tal como suele exigirlos las óperas de Verdi. Algunos cantantes tocaron al público solo con sus voces. Otros lograron imprimir a sus roles el dramatismo y la teatralidad de los que habla Verdi. Y otros, además, supieron entender el vacío escénico y llenaron el espacio con sus voces.

<i>Rigoletto</i> © Juan Diego Castillo | Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo
Rigoletto
© Juan Diego Castillo | Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo

La hermosa voz de Katerina Tetryakova deleitó a todos, es potente y tiene carácter. Su Caro nome arrancó los mayores aplausos de la noche. Su presencia jovial caracterizó acertadamente a una Gilda juvenil, terca y obstinada. Fue Gianluca Buratto la otra gran voz de la noche. Su actuación en el papel de Sparafucile tuvo la fuerza escénica y vocal que se necesitaba. Un bajo presente que proyectó u oscureció con habilidad las escenas en las que participó. Claudio Sgura se estrenó en el papel de Rigoletto. Su voz tiene ese color maduro, discreto y dramático que requiere el papel de padre y bufón al mismo tiempo. Tal vez por estrenarse en el rol, se le notó a veces ausente. Su Cortigiani fue musicalmente impecable, pero no convenció. Su papel tal vez fue el que más sufrió con la falta de construcción visual. El Duque, Massimiliano Pisapia, tuvo momentos hermosos vocalmente. Su Parmi verder le lagrime y su La donna è mobile alegraron al público.

Una Maddalena (Nino Sugurladze) con carácter, sensual, moderna y humana apareció en el tercer acto; y junto a Rigoletto, Gilda y el Duque nos regalaron un cuarteto sólido y contundente. Las voces colombianas sorprendieron por su calidad, aunque algunas no fueron lo suficientemente potentes. Amalia Avilán hizo una Condesa de Ceprano presente, con actitud y de gran factura. Nelson Sierra estuvo muy acertado en cada intervención. Michael Wilmering, Marullo y Andrés Agudelo, como Borsa, fueron muy plásticos y versátiles, los momentos pícaros y divertidos que Tatjana Gürbaca diseñó estuvieron muy bien medidos y pertinentes. Finalmente, Ana Mora, como Giovanna, entendió bien su rol moderno y nos ofreció un papel joven y dinámico. Su voz, con toda certeza, sorprenderá en un futuro.

La dirección musical de Patrick Fourniller fue un acierto. El trabajo que hizo junto a la Orquesta Filarmónica de Bogotá maravilló por su alta calidad. Escuchamos una orquesta flexible, acertada y, sobre todo, muy musical. El acople, el manejo de las texturas y los colores lograron el objetivo, llevar al espectador a la escena; no distraerlo de la acción, sino acompañarlo en el proceso de entender y devorar la historia. El Coro de la Ópera ofreció, quizá, una de sus mejores interpretaciones de los últimos años. El trabajo vocal fue impecable. Aunque considero que es necesario entrenarse aún más en el elemento plástico. La calidad de su trabajo vocal necesita estar acompañado de una presencia escénica irrefutable.

En definitiva, un Rigoletto desbalanceado entre lo musical y lo escénico, que tomó fuerza en el segundo acto y se mantuvo gracias a la gran construcción musical. Un Rigoletto 'in crescendo'.