En ocasiones, las nuevas visiones sobre los grandes clásicos son controvertidas y la línea existente entre el gozo y la desolación es demasiado fina. En efecto, el primer concierto del año de la Real Filharmonía de Galicia fue ejemplo de ello y sirvió para presentar al joven director Carlos Checa, que se colocaba por primera vez al frente de la orquesta. Un complaciente repertorio, de sobra conocido por los melómanos, hacía presagiar una velada con un marcado carácter cercano y familiar.

La Real Filharmonía de Galicia durante el concierto de Reyes © RFG
La Real Filharmonía de Galicia durante el concierto de Reyes
© RFG

El director catalán abrió el concierto con tres oberturas alla italiana, desbordando energía, aunque por momentos fuera de manera descontrolada, y quizás con cierto nerviosismo. De ese modo las ágiles melodías de Cimarosa, Rossini y Mozart convertían pasajes ágiles en un turbio enjambre, y los accelerando, que parecían no tener fin, no permitían una correcta articulación. Checa quiso echarse el concierto a la espalda con el fin de salir en volandas, pero quizás el repertorio no era el más propicio para ello. Su gesto, lleno de contrastes y bruscos cambios de intensidad, desorientaba a la orquesta que parecía perseguirle sin éxito.

El director Carlos Checa © Luis Noguera
El director Carlos Checa
© Luis Noguera
Esa fogosidad con la que Checa inició su interpretación se fue disipando con las oberturas de Cavalleria rusticana, de Mascagni y Los esclavos felices de Arriaga cediendo el protagonismo que reclamaba la orquesta. Fue entonces cuando mejoró su dirección, se despojó de toda pomposidad y comenzó a encontrarse e integrarse con la formación. Salut d’Amour, op.12 una de las obras más populares de Edward Elgar en su versión orquestal inició la recta final del concierto. La orquesta llenó la sala con la pulcra melodía cargada de ese lirismo tan melindroso, interpretada de manera magistral por la sección de cuerda de la RFG. Con el director centrado, conteniendo los tempi y sin excederse en las dinámicas, interpretaron la Suite Masques et Bergamasques, con un discurso bien hilado, acabó por ser el mejor momento de la noche con un impecable último movimiento, Pastorale.

Como cierre del concierto y a modo de homenaje por el recién inaugurado centenario del magnífico compositor Enrique Granados, interpretaron tres de las Doce danzas españolas. Sonó estable en general y bien compensada, incluso regocijándose en ominosos rubato donde hubo un buen entendimiento entre director y orquesta. La partitura estuvo alejada de efectismos y contenida en la ejecución, sin perder el sentido general del discurso.

El concierto de Reyes que tradicionalmente realiza la Real Filharmonía de Galicia es un regalo para el público, que así lo tomó, y nos mostró un joven director decidido y con personalidad, que estuvo bastante acertado una vez que entró en sintonía con la orquesta.

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