El director Arturo Tamayo debutaba al frente de la Sinfónica de Galicia en el concierto final de las IV Jornadas de Música Contemporánea de Santiago de Compostela. Como cierre a esta convocatoria se programó la recuperación de Clamores y alegorías, obra póstuma de Enrique X. Macías (1958-1995) que no se ha interpretado desde su estreno, en enero de 1996 en el Festival de Canarias. El compositor vigués gozó de reconocimiento en los círculos vanguardistas europeos y obtuvo numerosos galardones nacionales, pero tras su muerte, cayó en cierto olvido. Con el aliciente de ver a uno de los mejores directores de música contemporánea de nuestro país y el rescate de la composición de Macías, arrancó la velada.

Arturo Tamayo
Arturo Tamayo
Tamayo y la amplia plantilla que la obra requiere –está escrita para tres grupos instrumentales asimétricos en continuo diálogo– estuvieron a la altura de la ocasión. Las complejidades rítmicas y tímbricas de la obra, así como las dificultades de sincronización fueron resueltas de forma muy convincente. La interpretación dio vida, con gran impacto, a las fascinantes texturas y colores de la pieza, tanto en sus momentos más sutiles como en los más violentos. Así, pasajes efectivamente clamorosos, de una energía brutal, se entrelazaron con otros más refinados y serenos en los que, para hacerse una idea, Macías cita obras del siglo XX, como el delicado Trío para flauta, viola y arpa de Debussy. Pero en la concepción de Tamayo el discurso es preeminentemente convulso, fatalista, desde los clímax iniciales hasta la enigmática conclusión. Fue una pena que las reducidas dimensiones del escenario no permitiesen realzar la espacialidad sonora de la obra.

La obra de Macías se enmarcó con dos obras camerísticas de la Segunda Escuela de Viena en las que intervinieron los primeros atriles de la orquesta. Tanto en el arreglo de Anton Webern sobre la Ofrenda musical de Bach, la Fuga a 6 voces, como en la Sinfonía de cámara, op.9 de Arnold Schoenberg, los músicos tuvieron que lidiar con las limitaciones del escenario. Ajustado para la obra de Macías, resultaba a todas luces excesivo para las otras dos obras, que sin duda se hubieran beneficiado de una interpretación en la sala de cámara del auditorio.

La obra de Webern, que abría el programa, estableció un puente, entre las modernas exploraciones tímbricas de Macías, el proverbial uso por parte de la escuela de Viena de la Klangfarbmelodie ("melodía de timbres") y la atemporal abstracción bachiana. La interpretación de Tamayo realzó la deconstrucción/reconstrucción de la fuga bachiana, desproveyendo a la obra del refinamiento habitual de muchas interpretaciones. Predominó por tanto la austeridad expresiva y el control dinámico. En la Sinfonía de cámara, op.9 de Schoenberg, la interpretación fue más exuberante, dando vida con una gran fuerza expresiva a la inspirada y vertiginosa sucesión de temas, variaciones y giros rítmicos que caracterizan a esta fascinante obra. No fue, sin embargo, una lectura impulsiva o inquietante, al contrario, Tamayo realzó el carácter sinfónico de la música, imbuyéndola de una cierta solemnidad ajena al mundo expresionista al que pertenece. A esto se unió el sonido seco de la sala que, no sólo restó impacto a la interpretación, sino que incluso realzó ocasionales asperezas.

Un brillante broche de oro para unas jornadas que previsiblemente afrontarán importantes cambios en su próxima edición. Esperemos que la línea marcada por conciertos como el de clausura no se vea interrumpida.

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