Jordi Savall regresaba al Auditorio Nacional, dentro del ciclo de 'Fronteras' del CNDM, con un programa que transitaba por las músicas turcas, armenias, griegas y sefardíes, junto con su agrupación Hespèrion XXI, en formación esta vez de sexteto. En la primera de las tres citas con el CNDM en Madrid, a través de la recuperación del patrimonio musical de estas culturas orientales, el conjunto liderado por Savall ofreció un concierto dando una visión diferente de la occidental sobre el valor de la música.

En un concierto que decidió hacer sin descanso (tan sólo pausas entre diferentes bloques para permitir los aplausos de un público muy entregado), el violagambista de Igualada se mostró en su faceta más humanista como mediador entre culturas y músicas. El conjunto, formado además de por Savall y su fiel compañero de viajes musicales Pedro Estevan, por músicos de las culturas antes mencionadas, fue suficiente para crear un universo sonoro verdaderamente cautivador. Un viaje emocional que nos transportó a aquellas culturas donde la música tiene un papel fundamental y es un modo de vida y medio de subsistencia. El turco Hakan Güngör y el griego Dimitri Psonis, habituales en los más recientes programas de Savall, interpretaban el kanun y el santur –similares a lo que conocemos como salterios– conformaban el motor dinámico del conjunto. Haïg Sarikouyoumdjian regaló los momentos de mayor dulzura y delicadeza del concierto con el ney y duduk, flautas armenias. Yurdal Tokcan fue el tañedor del oud turco, antecesor del laúd, y Pedro Estevan ofreció momentos de gran creatividad desde las percusiones y nos deleitó con verdaderas joyas rítmicas, en las que mantuvo todo el sentido y carácter propios de cada pieza. Y por supuesto, el maestro Savall, que con máxima atención, serenidad y sensibilidad lideraba el ensemble con la lira y la viela, similares al rabel medieval.

Jordi Savall © David Ignaszweski
Jordi Savall
© David Ignaszweski
En el programa, compuesto por cuatro bloques, se alternaban las canciones sefardíes, lamentos armenios, o las danzas turcas con una naturalidad sorprendente, teniendo en cuenta el amplio abanico de culturas y épocas que estaban presentes en este concierto. Momentos solistas del oud o el kanun conectaban cada pieza, manteniendo el hilo narrativo del discurso que caracteriza los programas de Hespèrion XXI. El contraste entre los géneros daba sentido musical a este programa: desde los ostinatos hipnotizantes de las canciones sefardíes, a la energía de las danzas, pasando por la serenidad y la paz de los lamentos. Sin embargo, momentos de gran delicadeza como el lamento armenio Ene Sarére, en la que Haïg Sarikouyoumdjian, con el duduk, era acompañado únicamente por un bordón que realizaba Savall, quedaron algo estropeados por continuas toses del público, que se mostró más receptivo en los movimientos danzantes. Esto no quitó que la ovación de la audiencia, de pie casi en su totalidad, consiguiese una propina que Savall dedicó, consciente de la problemática actual, a todas las personas que huyen de las terribles guerras que están teniendo lugar en Oriente medio.

La labor de Jordi Savall en estos casos es mucho más que musical. Savall nos demuestra mediante proyectos como este que para él (aludiendo al título del ciclo) no existen fronteras. La conexión entre los músicos del conjunto, que se compenetran a la perfección, de la que se destila un máximo respeto y admiración nos muestra cómo el lenguaje que está por encima de todos es el de la música, y es lo único capaz de unir a culturas enfrentadas. Esto se consigue a través del duro trabajo y empeño que pone Savall en cada programa y proyecto que realiza, que, junto con un buen ambiente y entendimiento entre los músicos, crea un nivel de excelencia musical. Y sobre todo, Savall interpreta a la perfección cada música, cada estilo, y sabe, con un conjunto de músicos de un alto nivel, transmitir valores humanos a través de ella.

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