Hay días en que se puede adivinar el desenlace de un match al contemplar la primera parte del encuentro. Durante la pausa entre los actos II y III, en el foyer y en los palcos se comentaba de manera casi unánime que el resultado de este Nabucco se resolvería en los dos últimos actos, cuando ya han presentado sus credenciales los dos grandes protagonistas de la obra de Verdi: Abigaille y Nabucco. En este caso la responsabilidad iba de la mano de Martina Serafin y Ambrogio Maestri que, junto a la heterodoxa pero efectivísima versión de Daniel Oren cumplieron con su cometido acompañados por un coro que supo afrontar el reto que supone esta ópera para cualquier conjunto.

Martina Serafin, en el centro de la escena, y el Coro del Gran Teatre del Liceu © Antoni Bofill | Gran Teatre del Liceu
Martina Serafin, en el centro de la escena, y el Coro del Gran Teatre del Liceu
© Antoni Bofill | Gran Teatre del Liceu

Pero volviendo a la primera parte, desde la obertura director y orquesta dieron muestras de un entendimiento mutuo, levantado los primeros bravi del público.

La escena de Daniele Abbado no agradó del todo, sin una dramaturgia que diera muchas pistas de su intención y con demasiados recursos ya vistos.

El bajo ucranio Vitalij Kowaljow, aunque se entregó en el papel, no supo trasladar a la platea el grado de autoridad que conlleva el rol de Zaccaria, con unos graves algo escasos para el coliseo y problemas para salvar el "muro" de coro y orquesta como en la cavatina "D'Egitto là sui lidi". Aunque con el paso de la velada fue ganando confianza, como se pudo escuchar en la cantinela acompañado de los violonchelos.

Discretos ante los protagonistas estuvieron Alessandro Guerzoni como Gran Sacerdote de Baal y Javier Palacios como Abdallo, y muy meritoria la Anna de la catalana Anna Puche.

El dúo de enamorados que son Ismaele y Fenena no tuvo un voltaje demasiado alto, con un Roberto De Biasio bastante frío y un tanto hierático y una Marianna Pizzolato si bien más que correcta en lo vocal, también algo falta de química con el tenor, aunque supo mantener el tipo en el terzettino que inicia su hermana Abigaille con el "Io t'amava!...".

Pero con la aparición de la Abigaille de la austriaca Martina Serafin subió el nivel; y en la gran escena que es el segundo acto, coronada con el aria "Anchio dischuso un giorno", nos enseñó sus credenciales: una técnica depurada y una fuerza vocal ad hoc para uno de los caballos de Troya del repertorio femenino de la historia de la ópera, con sus saltos imposibles, exigencias belcantistas y máxima entrega de soprano dramática para afrontar la segunda parte. Después de la pausa nos ofreció un memorable gran dúo en "Donna chi sei", haciendo de perfecta partenaire del Nabucco de Maestri. Su Abigaille es fría como el hielo y parte desde el rencor más profundo sin dar atisbos de la debilidad humana que mostrará al final de la ópera. Es más, si algo se echó de menos fue un poco más de follie en ese mar de contradicciones que, como todo ser humano, tiene Abigaille en su cabeza, sin por ello menoscabar una actuación sobresaliente, y que augura grandes triunfos si sabe cuidar su voz escogiendo los roles, y es que la Serafin también blande las lanzas de Turandot, Siglinde, Feldmarschallin etc… máxima exigencia para una voz tan dúctil como potente.

El coro del Gran Teatre del Liceu © Antoni Bofill | Gran Teatre del Liceu
El coro del Gran Teatre del Liceu
© Antoni Bofill | Gran Teatre del Liceu

Ambrogio Maestri fue el gran triunfador de la noche en una ópera donde el propio personaje de Nabucco corre el riesgo de sucumbir ante el vendaval que es Abigaille, pero Maestri tiene la autoridad verdiana suficiente para reinar como triunfador absoluto de la función. Con una fantástica interpretación tanto en lo actoral como en lo vocal, se ganó al público del Liceu. Estuvo especialmente sutil en el cambio psicológico que hace el rey desde la soberbia del primer acto hasta la humanidad del padre en el último, administrando ese caudal de voz que tiene, un barítono que sale con autoridad entre la densa orquestación de Verdi, un papel que nos hace recordar a voces de la edad dorada de la lírica y nos recuerda que tal vez no cualquier tiempo pasado fue mejor. Nos regaló esa cabaletta de bravura que es "O Prodi miei seguitemi".

Mención especial para el coro con la recientemente nombrada directora Conxita García. Nabucco exige un papel muy relevante al conjunto, independientemente del archiconocido "Va pensiero", que aunque se bisea tradicionalmente, fue en este caso con una justificación merecida.

La Orquesta tuvo momentos de gran brillantez, y pese a la gestualidad del maestro Oren, supo dejar espacio para los cantantes, una lectura vivaz, descarnada, con gran abanico de matices que fue agradecida por un público al que le gusta la química que desprende. Un acierto contar con batutas tan solventes como la suya.

Los valientes Serafin y Maestri salieron a redondear una noche que dejó un buen sabor de boca como inicio de temporada en el Liceu.

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