Según el gran Cervantes "segundas partes nunca fueron buenas". Sin embargo, hasta los genios se equivocan y la segunda parte de El Quijote superó la primera. Esto vuelve ocurrir por estos días en el Teatro Real de Madrid, donde luego de un aterrizaje "forzoso" con una coreografía para olvidar, el Staatsballet Berlin se presenta con una "segunda parte" que bien ha valido la pena. El programa ofrecido consta de tres piezas equilibradas: Static Time, And the Sky on that Cloudy Old Day y White Darkness.

<i>Static Time</i> con el Staatsballett Berlin y coreografía de Nacho Duato © Fernando Marcos
Static Time con el Staatsballett Berlin y coreografía de Nacho Duato
© Fernando Marcos

El telón se abre con Static Time, la primera creación de Nacho Duato para la compañía alemana que ahora dirige. Con música de W. A. Mozart, Sergei Rachmaninov, Franz Schubert, Pedro Alcalde y Sergio Caballero, Duato se crece sobre sus hombros y nos ofrece lo mejor de sí. Plagada de elementos que ya son marcas propias, la coreografía es una oda a la creatividad sin límites que se apoya en un trabajo excelente de luces y escenografía. Todo brilla, pero la cúspide se perfila en un dúo masculino, por lo viril, que interpretan el armenio Arshak Ghalumyn y el norteamericano Dominic Hodal. Ambos protagonizan una lucha lírica salpicada de frases coreográficas memorables que dan paso a un cuerpo de baile, esta vez sincrónico, estilizado y potente. Tras una pausa, la sala se inunda con la música de John Adams y el escenario se transforma para recibir And the Sky on that Cloudy Old Day de Marco Goecke. Esta pieza, diferente en todos los sentidos de Static Time, encaja perfectamente en el programa, ejerciendo de magnífica bisagra entre las dos creaciones de Duato. Potente y enérgica, la coreografía de Goecke lleva a los bailarines de la Staatsballet Berlin a un terreno digno de explorar. Con la simulación constante de temblores que recogen una y otra vez todo el cuerpo, los intérpretes logran transmitir un estado de ánimo singular a la par de bello. Goecke, joven aún, se muestra con esta creación maduro y sólido. Capaz de traspasar los límites autoimpuestos de la interpretación, este coreógrafo alemán que ha sido merecedor de importantes premios como el Nijinsky Award en 2006, muestra que mucho más se puede hacer en este terreno.

La obra <i>White Darkness</i> con coreografía de Nacho Duato © Fernando Marcos
La obra White Darkness con coreografía de Nacho Duato
© Fernando Marcos

Y para final se reserva un plato conocido, White Darkness. Creada por Duato durante su época dorada en la Compañía Nacional de Danza, esta coreografía es fiel reflejo de lo que hoy conocemos por danza contemporánea. A decir, una conjunción armónica y brutal de música, escenografía minimalista, luces bestiales y bailarines de raza. En White Darkness tenemos todo eso con el aderezo de esa "moda" de finales del siglo XX que pone a correr, literalmente, a toda la compañía en cuanta coreografía moderna tienen que interpretar. No obstante a la tendencia, esta criatura de Duato tiene vida propia y seguro será longeva. El uso inteligente de los recursos técnicos elevan la creación a niveles sublimes que la hacen disfrutable visualmente. Con ella el programa cierra en un punto alto, público y crítica abandonan la sala complacidos, reconciliados. 

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