El concierto de la Filarmónica, en este caso llevado al Teatro Real, programaba una velada mahleriana de primer orden, con una primera parte muy breve pero especialmente bella (los Lieder eines fahrenden Gesellen), y una segunda de pleno furor sinfónico con la Quinta sinfonía del bohemio, bajo la dirección del cada vez más solicitado Pablo Heras-Casado.

La Orquesta Sinfónica de Madrid y el director Pablo Heras-Casado © Javier del Real | Teatro Real
La Orquesta Sinfónica de Madrid y el director Pablo Heras-Casado
© Javier del Real | Teatro Real

Las Canciones de un compañero de viaje con las que se iniciaba el concierto son un material muy peculiar desde todo punto de vista. La juventud de Mahler, como ocurre con Handel o Schubert, no penaliza la obra, sino que la transporta a un lugar más extremo en cuanto a lo emotivo pero con los contornos de la tonalidad y la forma menos difuminados que años más tarde. El amor hacia Johanna Richter asola la música y la oscuridad aparece más como un compañero de viaje (tal vez indeseado y hedonista) que como un enemigo. Para desplegar los matices a tanto sentimiento desolado se contaba con la voz del barítono sueco Peter Mattei, de una plenitud extraña en estos días y que rara vez se encuentra hoy sobre las tablas de un escenario. El trasfondo del que parte su manera de abordar el repertorio es el dominio técnico en la emisión de la voz, la perfecta colocación de los armónicos naturales y un vibrato de claridad impecable. La amargura asumida de estos versos encajaron a la perfección con la madurez vocal de Mattei y la Orquesta Sinfónica de Madrid se movió en un bien entendido segundo plano, como una pincelada paisajista de Lorraine. Se echó de menos un bis, no por cumplir con el protocolo, sino por extender unos segundos más la magia de los versos finales del último lied: "Amor y dolor, y mundo, y sueño".

El barítono Peter Mattei © Javier del Real | Teatro Real
El barítono Peter Mattei
© Javier del Real | Teatro Real

La segunda parte estaba monopolizada por la Quinta sinfonía de Mahler, una obra con una arquitectura de excepcional volatilidad donde lo popular, lo callejero si se quiere, está imbricado con una determinada manera de entender la instrumentación siempre tendente al desborde y al gigantismo. Hacer de la partitura una construcción coherente lejos de la neurosis de algunos compases requiere de un esfuerzo que en este caso no se vio recompensado. No es que las ideas de Pablo Heras-Casado fueran malas o su planificación poco coherente. Más bien al contrario, pero la orquesta no pudo llevarlo a término hasta bien entrado el Scherzo, donde pareció conectar de repente con el espíritu trágico y travieso a ratos de la partitura. Hasta entonces, se destacaron los tutti, nerviosos e intensos, y la apuesta por recrear algo del sentido original de la música klezmer que inunda el primer movimiento, pero sin encontrar continuidad.

El Adagietto sonó indudablemente bello y reconfortante, haciendo patria de ese "Me he alejado del mundo" de los Rückert Lieder que sustenta el tejido musical del movimiento. Pablo Heras-Casado se sumó al uso interpretativo de los últimos años que extiende los nueve minutos reales de la pieza a cerca de catorce, a base de paralizar el tactus aunque sin dejarlo caer al abismo de la ñoñería. Además, a nivel narrativo resultó una buena pasarela para la fuga del Finale, planificada dinámicamente con mucho cuidado y bien resuelta por la orquesta, que finalmente pareció conformarse con ganar la batalla de los dos últimos movimientos aunque ya hubiera perdido la guerra de la sinfonía.

Muy buena acogida del público, que conecta con el sonido y las maneras de Pablo Heras-Casado aunque no fuera su actuación más redonda en el coliseo madrileño ni tuviera la orquesta un día especialmente lúcido.  

***11