Como si nos halláramos ante una cita bíblica, al principio fue la oscuridad y el verbo. Arrancó el recital fuera de su sitio escénico natural y fuera del sitio vocal que se le presupone. A priori, ni el Teatro Real es lugar propio para el Lied (las inmensidades espaciales no ayudan), ni Dessay una especialista en este repertorio. Y todo parecía confirmar los peores augurios al arrancar con un Erlkönig dislocado, de escaso volumen y poco empaque pianístico. Pero las grandes cantantes, pasadas o presentes, suelen tener la habilidad y la inteligencia de reinventarse utilizando los tropezones a modo de carrerilla: con Nacht und Träume se hizo la luz (una luz invernal, lenta y difusa) y se consolidó esa melancolía pretendida con Gretchen am Spinnrade. Aquí no se trata de añorar lo perdido y glosar los éxitos pasados de la soprano, sino de recomponerse como público al igual que ella lo hizo como artista. De su voz ya no puede esperarse un control completo en el sobreagudo ni una colocación intachable en la coloratura, pero tampoco es necesario. Usando (y abusando un poco) de su sottovoce conmovedor afrontó un Schubert más calmado y minucioso de lo habitual.

Natalie Dessay durante el recital en el Teatro Real © Javier del Real | Teatro Real
Natalie Dessay durante el recital en el Teatro Real
© Javier del Real | Teatro Real

Al igual que ocurría cuando cantaba a Händel, Dessay apostó por el hedonismo sonoro que le da su vibrato natural que crea atmósferas oníricas únicamente manteniendo una nota suspendida y llena de intención. Mendelssohn transcurrió por idénticos cauces, pero el formato del concierto (sin traducción en las pantallas por deseo expreso de la cantante ni tampoco en el programa) hacía que se resintiera un tanto el espíritu del concierto, y que se perdiese lo mejor que tiene el género: la imbricación texto/música.

Natalie Dessay © Javier del Real | Teatro Real
Natalie Dessay
© Javier del Real | Teatro Real
La segunda parte fue una sorpresa, no tanto por el cambio de repertorio (de Lied a mélodie), sino por el cambio de actitud: de la intimidad al riesgo. La soprano decidió incorporar por un lado sus dotes dramáticas (un aspecto en el que ha trabajado mucho estos últimos años) y por otro lanzarse al vacío con agilidades, coloraturas y sobreagudos. Y aunque muchos de ellos no estuvieran bien resueltos, se agradece la osadía y el desenfado. Donde no llegó la voz se aupó un poco en sus tablas escénicas y en su control sobre lo que el público espera de ella. Duparc o Fauré pasaron por el tamiz cuidadoso de Philippe Cassard, deteniéndose en la prosodia y en la gramática musical que le da sentido (gran Extase). La manera de vincular el instrumental Sonnet 104 de Pétrarque con Oh! Quand je dors sirvió de ejemplo sobre como anteponer lo dramático al mero aplauso, y quedó como lo mejor de la noche.

Se cerró el recital con el sentido de humor de la soprano francesa en pleno auge, tanto por la desenfada escenificación de Comment, disaient-ils como por la elección de las propinas (la Chanson Espagnole de Delibes y el Zdes’ khorosho de Rachmaninov, presentado con voz ronca y afectada). Sin exageraciones, el público agradeció la entrega y los momentos mágicos dispersos durante la noche con mucho aplauso. Ha sido un camino largo entre la cantante que enloquecía en Lucia di Lammermoor y la del recital de anoche. La primera no va a volver. Dejemos de esperarla.