Cuentan que un fin de semana glorioso Alicia Alonso bailó un día Giselle, y al otro, Carmen, o quizá haya sido al revés. Sin importar el orden, la distancia de estos dos personajes, en estilo y fondo, hace brillar la hazaña. Un mínimo movimiento de Carmen haría de Giselle una vulgar criatura, en cambio, la levedad de la campesina que muere por amor convertiría en insulsa a la sensual Carmen. Salvando las grandes distancias entre la compañía de entonces y la de ahora, el Ballet Nacional de Cuba, aún en los Teatros del Canal en Madrid, ha querido demostrar su versatilidad programando tres coreografías que recorren todos los extremos de la danza, en una sola noche. Las Sílfides, Celeste y Carmen se juntaron bajo el mismo techo para deleite de quienes aman este arte y pocas veces pueden apreciar estilos diferentes con los mismos protagonistas.

Ballet <i>Las Sílfides</i> © Alfredo Cannatello
Ballet Las Sílfides
© Alfredo Cannatello

Con Las Sílfides, el BNC recupera el estilo neorromántico de Michel Fokine, con quien la propia Alonso colaboró el siglo pasado. La suavidad y perfección de cada una de las bailarinas crea un ambiente de ligereza que se impregna en los espectadores. Al ser un ballet blanco, o quizá deba decir neoblanco, estos seres alados han de parecer incorpóreos, y así lo hicieron. Destacable fueron las variaciones de Sadaise Arencibia, con su bella línea, y de Anette Delgado, quien despunta como una estrella consolidada. Las extensiones y arabesques fueron protagonistas y la luz desapareció dando paso a un aplauso efusivo. Si en esta primera parte la compañía mostró su poderío en el clásico, al subirse por segunda vez el telón tuvimos la impresión de que se presentaba otra agrupación. Con Celeste, coreografía no muy lograda y enmarcada en esa tendencia "moderna" de poner a correr a los bailarines de un lado a otro, el BNC cambia el registro. En escena vemos a bailarines fuertes, vigorosos y prestos para la exigencias de una danza vertiginosa que requiere otra técnica. Con la base del clásico, imprescindible para que cualquier danza funcione, aquí nos encontramos con un cambio drástico de estilo difícilmente asumible por una compañía moldeada para "Lagos" y "Quijotes". El BNC puede con esta encomienda y allí donde antes estuvo una bailarina flor-delicada aparece una fiera-salvaje capaz de abordar el reto elevado de lo contemporáneo.

Viengsay Valdés, Víctor Estévez, Leandro Pérez y Luis Valle en <i>Carmen</i> © Nancy Reyes
Viengsay Valdés, Víctor Estévez, Leandro Pérez y Luis Valle en Carmen
© Nancy Reyes

Y es entonces que llega el final, el postre exquisito, la Carmen. Coreografiada por Alberto Alonso para Maya Plisetskaya, dicen que en muy poco tiempo, con la seguridad rusa vigilando en todo momento y en el frío Moscú, es una creación perfecta. Allí nada sobra y nada falta. En Carmen se recogen esos pequeños detalles que sólo se dan en el sur español, plagado de idiosincrasia propia y tradiciones tan antiguas como el hombre. La Carmen es gitana y rebelde, sus pasos no son redondos, han de tener ángulos. Sus caderas deben hablar y sus brazos, abiertos, han de ser fuertes. La noche del estreno el rol de aquella diablesa que engatusó a tres hombres recayó en Viengsay Valdés, la estrella más brillante del BNC. Sin embargo, Carmen no estuvo en escena. Valdés no sacó a una gitana a bailar. Le faltó desparpajo y sobraron expresiones dramáticas de sufrimiento clásico. Por momentos se veía a una Odette seductora, pero nunca a la cigarrera. En cambio, Víctor Estévez representó un Don José de carne y hueso, creíble en su extensión, virtuoso. A su lado estuvo, a buena altura, Alfredo Ibáñez quien bordó el capitán Zúñiga. Pero falló Dani Hernández, demasiado "príncipe" para lidiar con un toro.

Esta nueva generación de bailarines han de trabajar en profundidad las peculiaridades de la coreografía, compleja y retadora. No obstante a ello, el objetivo inicial se cumple con creces. El BNC vuelve a decirnos que es cantera inagotable de buen hacer.

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