Cuando hablamos de ballet clásico lo primero que nos viene a la mente son los acordes que Tchaikovski compuso para El lago de los cisnes. Luego aparecen las Sílfides, alguna Bella que duerme y la campesina llamada Giselle, pero el misterio de la princesa hechizada es, sin duda alguna, lo más popular. Asistir a un "Lago" es como volver al colegio, es repasar lo que sabemos de danza clásica. Si además la función está a cargo del Ballet Nacional de Cuba entonces la acción se torna en desempolvar un libro antiguo pero sabio, y volver a la esencia de este arte. Como es casi una costumbre por estas fechas, la mundialmente conocida compañía de danza clásica cubana está por Madrid, y desde ya abren fuego en los Teatros del Canal con su buque insignia que no es otro que El lago de los cisnes. Es bueno recordar que El lago cubano es particular, la coreografía que allí se baila responde a una adaptación sobre el original concebida por esa gran diva de la danza que se llama Alicia Alonso y, por lo tanto, el nivel de exigencia técnica llega a ser, en algunos momentos, astronómica. Pero como siempre digo, vayamos por partes.

Anette Delgado y Dani Hernández en <i>El lago de los cisnes</i> © Josep Guindo
Anette Delgado y Dani Hernández en El lago de los cisnes
© Josep Guindo

Luego de crear una atmósfera de misterio con el telón sin alzar, la luz inunda el escenario donde unos cuantos campesinos celebran la mayoría de edad del Príncipe. Durante este primer acto se nos prepara para el drama que viviremos, mientras tanto el cuerpo de baile puede lucir sus galas y aquellas figuras en crecimiento muestran su buen hacer. Sin embargo, nada de esto ocurrió en la noche de estreno en los Teatros del Canal. Con un vestuario que necesita renovarse urgentemente, mis cálculos le asignan alrededor de veinte años, el cuerpo de baile exhibió de todo menos sincronía, alegría y precisión. Nunca antes esta agrupación de gran prestigio se había mostrado tan desgranada y desganada como en esta función. El pas de six fue deslucido y gris, mientras que el pas de trois estuvo plagado de puntas perdidas e improvisaciones notorias. Tampoco estuvo a la altura acostumbrada el Bufón, interpretado por Maikel Hernández, que aunque dio muestras de fuerza e ímpetu, descuidó los detalles que hacen entrañable este personaje. Probablemente, lo único destacable en este primer acto fue el nivel interpretativo mostrado por Carolina García al encarnar la arrogancia de la Reina Madre y el porte de Dani Hernández en el rol de Príncipe. Pero todo cambió cuando los cisnes tomaron la escena. Probablemente por la influencia de la entrada en platea de la mismísima Alicia Alonso, el segundo acto se desligó del desastre vivido minutos antes. Anette Delgado, aplaudida al aparecer, convenció con una actuación contenida a la par que cuidadosa. Sin grandes aspavientos, su Odette, Cisne Blanco, mostró la fragilidad del personaje y el dominio de la técnica. Memorable fue la suavidad con la que desarrolló la esperada diagonal, así como el port de bras que identifica la dramática conversión en cisne marcando el final del acto. A su lado, Dani Hernández, fue un partenaire delicado y dedicado tal y como exige la coreografía. También merece elogios el magnífico trabajo de sincronía y precisión desplegado por el cuerpo de baile, perfecto en todo momento.

Llegamos al tercer acto. En el palacio se celebra el cumpleaños del Príncipe, las candidatas a desposarlo muestran sus galas al heredero mientras él se nota perdido, recordando su encuentro con el ser mítico que es Princesa y Cisne a la vez. Este acto, alargado sin sentido en sus prolegómenos con un sinnúmero de danzas folclóricas, es donde se realiza un gran despliegue de técnica y virtuosismo. Con el anuncio de "alguien" no invitado, aparece la Odille, o el Cisne Negro, interpretada por la misma bailarina que asume el rol del Odette. Si en el segundo acto Anette Delgado estuvo correcta y medida, su Cisne Negro bordó la perfección. Delgado se transformó en una seductora profesional sin descuidar ni un sólo detalle coreográfico. Sus fouettés fueron elegantes y virtuosos, mientras que su vaquita, ese emblemático sello de Alonso, arrebató aplausos y bravos al público asistente. La función, tibia y gris al inicio, cerró el telón con brillo y técnica. El teatro en pie rindió un merecido homenaje a la culpable de todo aquello, la señora Alonso, que saludó al público desde el escenario, confirmando que a sus 94 años levanta pasiones de diva allá por donde va. 

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